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Juego de espías: La ciudad eterna no sabe a qué público quiere y solo se sostiene por su pareja protagonista

La secuela de Peter Segal (2024) reúne a Dave Bautista y Chloe Coleman, pero se pierde entre comedia familiar y thriller.
Martha O'Hara
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Una secuencia a bordo de un avión privado, construida en torno a un envenenamiento, muestra lo que falla en Juego de espías: La ciudad eterna antes de que la película llegue a su mitad. La secuela de Peter Segal, continuación de Juego de espías (2020), nunca decide a quién se dirige. La web de Roger Ebert lo resumió sin rodeos: demasiado tonta para los adultos y demasiado adulta para los niños. A lo largo de sus 101 minutos cuesta llevarle la contraria. Una comedia infantil sobre un agente áspero y su joven protegida choca una y otra vez con un thriller de clasificación PG-13, y ninguno de los dos cede.

El planteamiento es sencillo. J.J., agente veterano de la CIA al que da vida Dave Bautista, se reúne con Sophie, interpretada por Chloe Coleman, para frenar un complot nuclear dirigido contra el Vaticano. Es disparatado, y eso no es un problema: la comedia de espías siempre ha vivido de apuestas ridículas. Lo que falla es la voz. Una escena funciona como una excursión familiar llena de pullas, y la siguiente como una aventura internacional al estilo Bond con amenaza real, sin que la película encuentre cómo unirlas. La secuencia del avión es el peor ejemplo, porque pide reír y preocuparse a la vez y no consigue ninguna de las dos cosas. Según algunas fuentes, Ciudad del Cabo hace de buena parte de Italia, algo que encaja con una película que nunca está del todo donde dice estar.

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Los protagonistas son la mejor razón para quedarse. Bautista tiene el timing cómico de un hombre enorme, y se siente más cómodo cuando J.J. se ve superado por una adolescente que cuando se enfrenta a un villano. Coleman da a Sophie la mordacidad justa para que la pareja no caiga en la rutina de telecomedia. Sus escenas juntos son las únicas en las que la película parece saber lo que quiere, y por eso duele más que el argumento los arrastre enseguida hacia la siguiente set piece.

El reparto secundario es desigual, aunque animado. Anna Faris, como Nancy, parece pasárselo en grande, y esa soltura levanta cada escena en la que aparece. Kristen Schaal aporta a Bobbi su ritmo extravagante de siempre. Flula Borg, como Crane, es un contrapunto digno para Bautista, más de lo que puede decirse del guion que lo rodea. Ken Jeong, como David Kim, recibe poco más que su propio registro habitual. Taeho K, como Collin, y Billy Barratt, como Ryan, apenas tienen trabajo. Craig Robinson y Tamer Burjaq, como Connelly y Boris, rellenan sobre todo los márgenes.

La acción cumple y no pasa de ahí. Persecuciones y peleas llegan puntuales, limpias y fáciles de olvidar, y ninguna sorprende. El humor se apoya en chistes que se ven venir una escena antes. Algunos funcionan, porque el reparto sabe vender una frase, pero demasiados sirven solo para tapar el hueco hasta el siguiente giro. Es una lástima, porque la primera película funcionaba precisamente por su escala más pequeña y más rara.

El complot nuclear es el verdadero problema de tono, y no por ser absurdo. Un plan para arrasar una ciudad, puesto junto a un chiste sobre el móvil de una adolescente, obliga al público a sostener dos estados de ánimo que se anulan entre sí. Un espectador joven encontrará la amenaza demasiado sombría para disfrutarla, y uno adulto encontrará los chistes demasiado flojos para que le importen.

Aun así, la película no es desagradable. Es inofensiva, y la química entre sus protagonistas es real. Quien disfrutó con la primera entrega y quiera hora y media más con estos dos la tendrá, junto con una buena Faris y unas cuantas risas. Quien espere algo más afilado debería buscar en otra parte.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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