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Malignant: terror grotesco y sin pretensiones

Martin Cid
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La secuencia inicial de Malignant es un golpe directo al sistema nervioso: Madison Mitchell (Annabelle Wallis), una mujer embarazada, despierta cubierta en sangre, su cabeza late con dolor mientras la cámara se desplaza por los pasillos de su casa como si fuera un intruso. La escena establece el tono perfectamente—desorientación, terror visceral y una narrativa que no pide permiso para saltar al vacío.

James Wan, director de The Conjuring y Saw, vuelve a demostrar su habilidad para crear imágenes inquietantes y situaciones grotescas. Malignant (2021) es un ejercicio de estilo puro, una película que se regodea en lo absurdo mientras juega con los tropos del horror corporal y el thriller psicológico. La premisa es simple pero efectiva: Madison sufre visiones de asesinatos brutales, solo para descubrir que son realidades aterradoras vinculadas a un pasado olvidado. El guion de Akela Cooper, basado en una idea original de Wan e Ingrid Bisu, mezcla elementos de ciencia ficción y terror sobrenatural, creando una mitología única que, aunque no siempre coherente, resulta fascinante por su audacia.

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Lo mejor de Malignant es su descarada falta de pretensiones. No se toma a sí misma demasiado en serio, lo que permite momentos de humor negro absurdo—como la revelación del gemelo parásito, Gabriel, que emerge de la espalda de Madison como una parodia gore de un nacimiento demoníaco. Wan utiliza planos detallados para capturar la transformación física de Madison, como cuando su columna vertebral se rompe en formas imposibles, una secuencia que es tan repulsiva como fascinante. La película abraza su locura con escenas de acción exageradas y efectos prácticos sangrientos que recuerdan al estilo visual de The Fly (1986) o Tetsuo: The Iron Man. Wan demuestra un control técnico impecable, especialmente en las secuencias de terror corporal, donde la cámara se mueve con precisión quirúrgica para enfatizar cada detalle grotesco.

El tercer acto es donde la película encuentra su ritmo más frenético. La secuencia final, en la que Gabriel toma el control y se enfrenta a los detectives Shaw (George Young) y Moss (Michole Briana White), es un tour de force visual. Wan utiliza tomas largas y efectos prácticos para crear una batalla épica dentro del cuerpo de Madison, combinando elementos de horror clásico con acción moderna. La escena culmina en un final que, aunque predecible, es tan descaradamente ridículo que resulta memorable. Es el tipo de secuencia que divide a la audiencia: algunos la encontrarán demasiado exagerada, mientras que otros la disfrutarán por su audacia.

Sin embargo, el guion tropieza en su propio exceso. La trama está llena de agujeros lógicos—por ejemplo, ¿cómo es que un gemelo parásito con control eléctrico y habilidades telepáticas no fue detectado antes?—y la resolución depende demasiado de giros inesperados que, aunque divertidos, carecen de coherencia emocional. El tercer acto se convierte en una orgía de violencia sobrenatural que pierde el foco narrativo, priorizando el shock sobre el desarrollo de los personajes. La película intenta abarcar demasiados temas—desde el trauma infantil hasta la identidad y la dualidad humana—pero no logra profundizar en ninguno de ellos.

Annabelle Wallis brilla como Madison, entregando una actuación física convincente y transmitiendo desesperación incluso cuando el diálogo es débil. Su interpretación es el ancla emocional de la película, aunque el guion no siempre le da material suficiente para trabajar. Maddie Hasson, como la hermana Sydney, aporta equilibrio emocional, pero su relación con Madison nunca se explora lo suficiente. El reparto secundario, incluyendo a George Young y Michole Briana White como los detectives Shaw y Moss, cumple su función sin destacar. Sus personajes son arquetípicos—el detective escéptico y la oficial empática—but they serve their purpose in moving the plot forward.

La película también peca de predecible en algunos momentos, especialmente en cómo maneja la revelación del villano. Aunque el giro final es memorable por su audacia visual, carece del peso emocional que justifique la escalada de horror anterior. La trama se desmorona bajo su propio peso, y lo que podría haber sido una exploración profunda de temas como el trauma y la identidad se convierte en un espectáculo de efectos especiales.

Malignant es un viaje de montaña rusa que prioriza el entretenimiento sobre la profundidad, pero ese es precisamente su encanto. No pretende ser arte—es una película de terror campy que sabe exactamente qué botones pulsar para generar reacciones visceral. Wan dirige con mano segura, creando una experiencia cinematográfica que, aunque imperfecta, es innegablemente entretenida. La película está dirigida a los fanáticos del horror clásico y moderno, aquellos que disfrutan de las secuencias de terror corporal y no temen reírse de lo absurdo.

La banda sonora de Malignant merece mención especial. Compuesta por Joseph Bishara, la música eleva las escenas de terror con un sonido ominoso y envolvente. Los efectos de sonido son igualmente impresionantes, creando una atmósfera de tensión constante que mantiene al espectador al borde del asiento.

En resumen, Malignant es una película que no tiene miedo de ser ridícula. Es una experiencia visualmente impactante que, aunque no siempre logra mantenerse coherente, ofrece suficientes momentos memorables para justificar su existencia.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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