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My Name Is Loh Kiwan: una cruda realidad atrapada en un guión disperso

Veronica Loop

La escena inicial de My Name Is Loh Kiwan es una de las más impactantes del año: la separación forzada entre Loh Kiwan y su madre en un puerto chino, bajo la lluvia heladora y los gritos distantes de oficiales. Kim Hee-jin no pierde tiempo en establecer el tono crudo y despiadado que definirá esta historia de refugiados.

Basada en la novela I Met Loh Kiwan, la película sigue a Song Joong-ki como el desertor norcoreano del título, quien tras sobrevivir a una travesía por China llega a Bélgica solo para encontrarse con un nuevo infierno burocrático y social. La dirección de Kim Hee-jin tiene momentos de auténtica potencia visual -el contraste entre los blancos fríos de Bruselas y los tonos cálidos pero opacos del gueto norcoreano- pero tropieza en la ejecución narrativa. La estructura salta entre subtramas (el club de tiro, las redadas migratorias) con una desconcertante falta de cohesión, como si el guion no pudiera decidir qué historia quería contar: ¿un drama de supervivencia, un romance improbable o un thriller político?

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Donde la película brilla es en los detalles específicos del exilio. La secuencia donde Kiwan intenta conseguir comida en un supermercado belga -su confusión ante las normas sociales, la hostilidad silenciosa de los empleados- captura mejor que cualquier diálogo el trauma cultural. También destacan las actuaciones secundarias: Kim Sung-ryung como la madre de Loh (aunque su papel es breve) y Waël Sersoub como el dueño del bar, cuyo acento flamenco añade autenticidad al elenco mayormente coreano.

Sin embargo, los problemas son evidentes. Choi Sung-eun, como Marie, nunca logra trascender el estereotipo de la «mujer rota que encuentra propósito». Su arco romántico con Kiwan carece de química orgánica -la escena del beso en el club de tiro parece más un requisito del género que una evolución natural-. Peor aún son los villanos: desde el tío de Loh (Seo Hyun-woo) hasta los funcionarios belgas, todos son dibujados con trazos tan gruesos que recuerdan a caricaturas. La decisión de incluir un tiroteo en un club subterráneo no solo resulta absurda sino que interrumpe el tono realista que el resto del filme intenta mantener.

La música de Kim Tae-seong es quizás el mayor logro técnico: los violines agudos durante las escenas de tensión recuerdan a Shostakovich, mientras que las melodías electrónicas en los momentos de calma añaden una capa de modernidad. Pero incluso aquí hay inconsistencias -la banda sonora se vuelve repetitiva después del segundo acto-.

My Name Is Loh Kiwan quiere ser muchas cosas: un retrato desgarrador del exilio, una crítica a la burocracia europea, un romance entre culturas. Logra momentos memorables pero fracasa en integrarlos en un todo coherente.

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