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Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One: acción frenética sin alma

Martin Cid
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El tren de Roma no llega nunca a tiempo en Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One, pero lo que sí se retrasa es nuestra capacidad para parpadear. Christopher McQuarrie convierte la ciudad eterna en un parque de atracciones para adultos, con Tom Cruise colgado del exterior de un vagón acelerado como si fuera una escena dirigida por John Woo. Es cine de acción en estado puro: sin aliento, sin descanso y sin tiempo para el desarrollo emocional.

El problema es que ese ritmo frenético se extiende a toda la película, convirtiéndola en una sucesión de set pieces deslumbrantes pero desconectadas. La trama sobre una inteligencia artificial descontrolada (el «Entity») podría haber dado pie a algo más interesante que un villano genérico, pero McQuarrie y su co-guionista Erik Jendresen la tratan como un MacGuffin más, un pretexto para saltar de una persecución en moto por Roma a un enfrentamiento en un tren de mercancías. Hayley Atwell, como Grace, aporta algo de humanidad al caos, pero incluso su relación con Ethan Hunt (Cruise) se resuelve con un beso robado entre explosiones.

Donde Dead Reckoning sí destaca es en la ejecución técnica. Lorne Balfe eleva el listón de las bandas sonoras de acción con una partitura que mezcla sintetizadores ominosos y coros épicos, perfectamente sincronizada con las coreografías de peleas (especialmente memorable es el combate entre Cruise y Pom Klementieff en un club nocturno). Las decisiones de cámara también son audaces: los planos subjetivos durante la secuencia del tren o los travellings fluidos por los mercados de Abu Dhabi crean una inmersión que pocas películas de acción logran.

Pero esa misma técnica a veces se convierte en su peor enemigo. La película presume de su presupuesto récord ($291 millones) con escenas como el choque de trenes en Noruega, pero algunas toman decisiones cuestionables: ¿realmente necesitábamos ver a Cruise colgándose de un helicóptero sobre el desierto saudí? Más allá del espectáculo visual, hay lagunas narrativas que incluso los fans más acérrimos tendrán dificultades para justificar. El arco de Esai Morales como Gabriel, por ejemplo, se resuelve con un giro tan predecible como anticlimático.

Dead Reckoning funciona mejor cuando abraza su absurdidad: la persecución en moto entre Cruise y Vanessa Kirby en el centro de Roma, o la secuencia final en el metro de Nápoles, son momentos donde el equilibrio entre ridículo y épico alcanza su punto óptimo. Pero cuando intenta añadir capas emocionales (como la relación entre Ethan y Grace), la película tropieza con sus propios pies. Atwell merece más que ser otro interés romántico descartable, pero McQuarrie prioriza siempre las explosiones sobre los personajes.

En el fondo, Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One es un entretenimiento audaz pero desequilibrado. Cruise sigue siendo una fuerza de la naturaleza a sus 61 años, y McQuarrie demuestra por qué es uno de los mejores directores de acción del momento.

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El tren de Roma no llega nunca a tiempo en Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One, pero lo que sí se retrasa es nuestra capacidad para parpadear. Christopher McQuarrie convierte la ciudad eterna en un parque de atracciones para adultos, con Tom Cruise colgado del exterior de un vagón acelerado como si fuera una escena dirigida por John Woo. Es cine de acción en estado puro: sin aliento, sin descanso y sin tiempo para el desarrollo emocional.

El problema es que ese ritmo frenético se extiende a toda la película, convirtiéndola en una sucesión de set pieces deslumbrantes pero desconectadas. La trama sobre una inteligencia artificial descontrolada (el «Entity») podría haber dado pie a algo más interesante que un villano genérico, pero McQuarrie y su co-guionista Erik Jendresen la tratan como un MacGuffin más, un pretexto para saltar de una persecución en moto por Roma a un enfrentamiento en un tren de mercancías. Hayley Atwell, como Grace, aporta algo de humanidad al caos, pero incluso su relación con Ethan Hunt (Cruise) se resuelve con un beso robado entre explosiones.

Donde Dead Reckoning sí destaca es en la ejecución técnica. Lorne Balfe eleva el listón de las bandas sonoras de acción con una partitura que mezcla sintetizadores ominosos y coros épicos, perfectamente sincronizada con las coreografías de peleas (especialmente memorable es el combate entre Cruise y Pom Klementieff en un club nocturno). Las decisiones de cámara también son audaces: los planos subjetivos durante la secuencia del tren o los travellings fluidos por los mercados de Abu Dhabi crean una inmersión que pocas películas de acción logran.

Pero esa misma técnica a veces se convierte en su peor enemigo. La película presume de su presupuesto récord ($291 millones) con escenas como el choque de trenes en Noruega, pero algunas toman decisiones cuestionables: ¿realmente necesitábamos ver a Cruise colgándose de un helicóptero sobre el desierto saudí? Más allá del espectáculo visual, hay lagunas narrativas que incluso los fans más acérrimos tendrán dificultades para justificar. El arco de Esai Morales como Gabriel, por ejemplo, se resuelve con un giro tan predecible como anticlimático.

Dead Reckoning funciona mejor cuando abraza su absurdidad: la persecución en moto entre Cruise y Vanessa Kirby en el centro de Roma, o la secuencia final en el metro de Nápoles, son momentos donde el equilibrio entre ridículo y épico alcanza su punto óptimo. Pero cuando intenta añadir capas emocionales (como la relación entre Ethan y Grace), la película tropieza con sus propios pies. Atwell merece más que ser otro interés romántico descartable, pero McQuarrie prioriza siempre las explosiones sobre los personajes.

En el fondo, Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One es un entretenimiento audaz pero desequilibrado. Cruise sigue siendo una fuerza de la naturaleza a sus 61 años, y McQuarrie demuestra por qué es uno de los mejores directores de acción del momento.

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La película fue producida durante la pandemia, con filmaciones en Noruega, Reino Unido y Emiratos Árabes Unidos, y un presupuesto que la sitúa entre las más caras de la historia. Ese dinero se nota en pantalla: cada secuencia de acción está meticulosamente coreografiada y ejecutada, pero a veces parece que McQuarrie está más preocupado por mostrar cuánto puede gastar Paramount que por contar una historia coherente.

La relación entre Ethan Hunt y Grace (Atwell) es un ejemplo claro. Atwell aporta calidez y humanidad al caos, pero su arco narrativo se siente incompleto. Su química con Cruise es palpable, especialmente en escenas como la persecución a pie por las calles de Roma, donde la cámara subjetiva nos hace sentir parte del pánico y la adrenalina. Sin embargo, su conexión emocional se desarrolla entre explosiones y disparos, lo que dificulta que el público se involucre realmente.

El diseño de producción también merece mención. Los escenarios varían desde el desierto saudí hasta los mercados de Abu Dhabi, cada uno meticulosamente recreado para sumergir al espectador en un mundo de alta tecnología y espionaje. La secuencia del club nocturno, donde Cruise se enfrenta a Pom Klementieff, es especialmente destacable por su uso del espacio y la iluminación.

La banda sonora de Lorne Balfe es otro punto fuerte. Combina sintetizadores modernos con coros épicos, creando una partitura que eleva cada secuencia de acción. La música no solo acompaña las imágenes, sino que las potencia, haciendo que incluso las escenas más simples se sientan grandiosas.

Sin embargo, la película no está exenta de defectos. La trama sobre el «Entity» podría haber sido explorada con más profundidad. En lugar de eso, se convierte en un MacGuffin conveniente para justificar las secuencias de acción. Esai Morales como Gabriel es un villano interesante, pero su arco narrativo se resuelve demasiado rápidamente, dejando al espectador con la sensación de que hay más historia por contar.

La persecución en moto entre Cruise y Vanessa Kirby en el centro de Roma es uno de los momentos más memorables de la película. La coreografía es impecable, y la cámara captura cada giro y salto con una claridad que pocos directores logran. Sin embargo, incluso esta secuencia se siente un poco desequilibrada, ya que la película pasa rápidamente a la siguiente escena sin dar tiempo al espectador para procesar lo que acaba de presenciar.

El final en el metro de Nápoles es otro ejemplo del equilibrio entre ridículo y épico que McQuarrie logra en sus mejores momentos. La secuencia es caótica, llena de explosiones y giros inesperados, pero también tiene un sentido de urgencia y peligro que mantiene al espectador al borde de su asiento.

En última instancia, Mission: Impossible – Dead Reckoning Part One es una película diseñada para fans de la acción pura. No es una obra maestra narrativa, ni tampoco intenta serlo. Es una montaña rusa de emociones, llena de momentos memorables y secuencias de acción impecablemente ejecutadas.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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