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‘Ven a volar conmigo’ en Apple TV+: el primer film de Travolta es un álbum precioso al que le falta una historia

Martha O'Hara

Lo más vivo de Ven a volar conmigo es el aire. John Travolta filma un cielo de finales de los años cuarenta como otros directores filman un rostro: la cabina encendida en ámbar contra una noche azul oscura, las hélices que deshacen la oscuridad en largos arcos plateados, y el continente desplegándose abajo en campos, cuadrículas y algún pueblo diminuto. Antes de que la historia diga una sola frase, la película ya ha confesado qué adora.

Lo que adora es volar, y la devoción es auténtica. Travolta tiene licencia de piloto desde hace décadas, y la pantalla nota la diferencia entre un director que escenifica una afición y uno que filma la suya. Los aviones aparecen fotografiados como objetos de culto: la curva del fuselaje, el temblor de una hélice al arrancar, la soledad particular de una ventanilla iluminada suspendida en altura. La luz es la verdadera protagonista, del azul frío de la cabina al violeta magullado de un horizonte que nunca acaba de oscurecer.

El problema empieza en cuanto la cámara tiene que abandonar la ventanilla. Adaptada del propio libro infantil que Travolta publicó en 1997 y narrada por él en presente, como el hombre adulto en que se convierte el niño, la película sigue al pequeño Jeff y a su madre, Helen, en un vuelo de ida a Hollywood durante la edad dorada de los viajes aéreos. Esa voz que recuerda es la decisión más importante del film y también su talón de Aquiles: como todo está siendo evocado, nada llega a ocurrir de veras. Cada encuentro aparece ya suavizado, iluminado por el perdón de la memoria, convertido en recuerdo antes de poder ser una escena.

Con sesenta y un minutos, es una fábula, no un largometraje, y se mueve como tal. La estructura es un álbum más que un arco: una sucesión de encuentros amables que se presentan, se saborean y se disuelven sin ganar peso. Clark Shotwell, debutante, da a Jeff una dulzura abierta y sin esfuerzo, la interpretación más genuina de la película precisamente porque un niño todavía no sabe actuar la nostalgia. Kelly Eviston-Quinnett dota a Helen de una calidez cansada. Pero el guion les entrega momentos en lugar de escenas: una conversación arranca, encuentra una nota bonita y la cámara vuelve al cielo, como si el cielo fuera el premio y las personas la mera excusa para seguir en la cabina.

El destino es el más antiguo del relato norteamericano. Hollywood es aquí Oz, la ciudad luminosa al final de la línea, y el vuelo nocturno es el camino de baldosas amarillas trazado entre las nubes. Travolta ama ese mito y ama filmar a quienes avanzan hacia él. Su hija, Ella Bleu Travolta, aparece como Doris, lo que convierte el proyecto en un asunto familiar en sentido literal y añade una corriente íntima a una historia de madre e hijo cruzando un país. La película no lo dice en voz alta, y hace bien.

Y sin embargo la ternura se queda sellada tras el cristal. Cuanto más se acerca la cámara al cielo que ama, más remotas se vuelven las personas, hasta que uno admira un recuerdo bellamente iluminado en lugar de habitar una historia. Esa es la pregunta que la película abre y no cierra: si un amor tan privado puede entregarse a desconocidos, o si solo estamos mirando, desde fuera, la felicidad que siempre fue de otro.

Ven a volar conmigo se estrenó fuera de competición en el Festival de Cannes antes de su salto al streaming. Escrita, dirigida, producida y narrada por John Travolta en su debut como cineasta, y con Clark Shotwell, Kelly Eviston-Quinnett, Ella Bleu Travolta y Olga Hoffmann en el reparto, dura sesenta y un minutos y está disponible en todo el mundo en Apple TV+.

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