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Rite of the Shaman: Un drama visualmente hipnótico pero narrativamente frágil

Veronica Loop
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La lluvia azota los árboles del bosque mientras Kai, un adolescente mudo, avanza entre la maleza con pasos firmes pero vacilantes. Su silueta se recorta contra el cielo plomizo en un plano que Alicia Oberle Farmer sostiene por segundos más de lo necesario, dejando que el sonido ambiente —el crujido de las hojas, el susurro del viento— hable por sí mismo. Esta escena inicial de Rite of the Shaman (2022) es una declaración de intenciones: la directora no está aquí para contar una historia convencional sobre duelo o herencia cultural, sino para sumergir al espectador en un mundo donde los silencios pesan más que las palabras.

Kai (Tyrell Oberle), protagonista mutante y cuidador de su madre enferma, es el eje alrededor del cual gira este drama independiente. La película explora cómo el joven intenta reconciliar su realidad —el bullying escolar, la soledad— con los recuerdos de su abuelo chamán, cuya sabiduría ancestral se convierte en su único faro en medio de la tormenta. Farmer, conocida por su trabajo previo en cortometrajes sobre identidad cultural, demuestra aquí un control técnico notable, especialmente en las secuencias que transcurren en entornos naturales. Los planos aéreos del bosque y los primeros planos detallados de Kai interactuando con elementos orgánicos (hojas, piedras) no solo son estéticamente impactantes, sino que refuerzan el tema central: la conexión entre lo humano y lo espiritual.

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Donde Rite of the Shaman brilla es en su representación honesta de la adolescencia marginada. Oberle, hijo de la directora, entrega una actuación física impresionante —sus gestos, miradas y movimientos corporales transmiten frustración, dolor y esperanza sin necesidad de diálogo—. La escena en la que Kai se enfrenta a sus acosadores en el baño del colegio es particularmente poderosa: la cámara se mantiene fija mientras los agresores rodean al protagonista, creando una tensión palpable. Sin embargo, no todos los actores logran este nivel de convicción. Janice Spencer-Wise, como Rebekah (presumiblemente la madre de Kai), tiene momentos sólidos, pero su personaje resulta menos desarrollado que el del joven protagonista.

El mayor desafío de la película es su estructura narrativa. Aunque la premisa —un adolescente que busca seguir los pasos de un chamán— es intrigante, la ejecución adolece de inconsistencias. Las transiciones entre las secuencias oníricas (flashbacks del abuelo) y la realidad cotidiana son bruscas en ocasiones, lo que dificulta la inmersión emocional. Además, algunos arcos secundarios —como el de Aspen (Lauren Catherine), una compañera de clase con quien Kai establece una conexión tenue— nunca llegan a cuajar, dejando la sensación de que hay subtramas incompletas.

A nivel temático, Rite of the Shaman se posiciona como un ensayo visual sobre la herencia cultural y el conflicto generacional. Farmer evita caer en clichés al no idealizar la figura del chamán: las visiones de Kai son ambiguas, a veces incluso perturbadoras, reflejando su lucha interna por reconciliar lo tradicional con lo moderno. La película también cuestiona el papel de la comunidad en el proceso de duelo —¿hasta qué punto los rituales ancestrales pueden sanar heridas contemporáneas?—. Sin embargo, este enfoque introspectivo puede alienar a espectadores que busquen una narrativa más lineal o un mensaje claro.

El sonido es otro pilar fundamental. La banda sonora, compuesta por una mezcla de instrumentos indígenas y electrónica ambiental, añade capas de significado a las escenas clave. Por ejemplo, el uso del tambor chamánico durante los flashbacks crea una atmósfera hipnótica que contrasta con la música minimalista de las secuencias escolares. No obstante, hay momentos en los que este diseño sonoro se vuelve excesivo: diálogos importantes quedan ahogados bajo capas de percusión o coros étnicos.

Rite of the Shaman no es una película para todos los públicos. Su ritmo contemplativo y su enfoque intencionalmente ambiguo la hacen más adecuada para cinéfilos que aprecian el cine de autor que explora identidades marginales. Quienes busquen un drama convencional sobre superación juvenil o una historia clara de redención espiritual pueden sentirse frustrados. Eso sí, quienes disfruten de obras como Past Lives (2023) —que también examina la intersección entre tradición y modernidad— encontrarán mucho que valorar aquí.

La dirección de Farmer es, en definitiva, el mayor activo de esta producción independiente. Sus decisiones visuales y temáticas demuestran una voz autoral única, aunque aún en desarrollo.

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