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Rubikon: un thriller cerebral que ahoga en tensión

Martin Cid
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La niebla tóxica que lo devora todo

La Tierra desaparece bajo una niebla marrón y letal en Rubikon (2022), la ópera prima de Magdalena Lauritsch, un thriller de ciencia ficción que plantea una pregunta sencilla pero inquietante: ¿qué harías si creyeras ser el último superviviente de la humanidad? La soldado Hannah Wagner (Julia Franz Richter) y los científicos Gavin Abbott (George Blagden) y Dimitri Krylow (Mark Ivanir) se enfrentan a este dilema en la estación espacial Rubikon, donde investigaban un proyecto de algas destinado a alimentar y oxigenar a la humanidad. Cuando el contacto con la Tierra se pierde, la tensión moral y física escala rápidamente. Rubikon es una película para los que disfrutan del suspense cerebral, no del espectáculo visual.

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Lauritsch, conocida por su trabajo en cortometrajes de ciencia ficción, demuestra un control notable del ritmo, especialmente en las primeras dos terceras partes del filme. La dirección de fotografía de Andreas J. Becker, con sus planos cerrados y decorados minimalistas, crea una atmósfera claustrofóbica que se adhiere al espectador como el sudor frío de un ataque de pánico. Los pasillos estrechos de la estación espacial Rubikon, iluminados por luces parpadeantes, reflejan no solo el aislamiento físico de los personajes, sino también su creciente desesperación. La elección de Becker de utilizar tonos fríos y desaturados refuerza esta sensación de vacío, recordando al espectador que, en el espacio, nadie puede oírte gritar.

El guion, coescrito por Lauritsch, Jessica Lind, Elisabeth Schmied y Annemarie Pilgram-Ribitsch, confunde el debate moral con la acción. Las discusiones sobre si regresar a la Tierra o permanecer en la estación se alargan hasta volverse redundantes, especialmente cuando los personajes repiten argumentos sin evolucionar significativamente. La resolución del conflicto, aunque predecible, no carece de impacto emocional gracias, en gran parte, a la actuación contenida pero intensa de Richter como Hannah. Richter, conocida por su trabajo en series de televisión alemanas, logra transmitir el desgarramiento entre el deber y la esperanza con una sutileza que merece elogios.

Sin embargo, el elenco secundario tiene menos suerte. Ivanir y Blagden, a pesar de sus intentos por dotar de profundidad a los científicos Dimitri y Gavin, quedan relegados a roles unidimensionales: el pragmático y el idealista. La química entre ellos y Richter nunca llega a encenderse, lo que debilita escenas clave donde la cohesión del grupo debería ser palpable. El personaje de Philipp Jenson (Nicholas Monu), otro científico a bordo de la estación, apenas tiene peso dramático, sirviendo más como un elemento decorativo que como un personaje con agencia propia.

Donde Rubikon realmente brilla es en su fidelidad al género hard sci-fi, un subgénero que ha sido relegado a favor de blockbusters más espectaculares pero menos cerebrales. La atención al detalle en los aspectos técnicos—desde la biología del proyecto de algas hasta el funcionamiento de la estación espacial—elevan la verosimilitud de la trama. Sin embargo, esta precisión también se convierte en su talón de Aquiles: el ritmo se resiente bajo el peso de explicaciones científicas que, aunque interesantes, ralentizan el desarrollo dramático.

La banda sonora es otro punto a favor. Sus pistas ambientales, minimalistas pero envolventes, refuerzan la tensión sin caer en los clichés del género. Los silencios estratégicos son tan efectivos como las notas más estridentes, creando una experiencia auditiva que complementa la narrativa visual.

El tema central de Rubikon es la lucha entre el instinto de supervivencia y la responsabilidad moral. Lauritsch explora esta dicotomía a través de los ojos de Hannah, cuya lealtad a su misión se ve puesta a prueba cuando descubre que sus superiores podrían estar ocultando información crucial. Esta exploración de la ética en situaciones extremas recuerda a clásicos del género como Moon (2009) o The Thing (1982), aunque con un enfoque más contemplativo y menos orientado al horror.

La película también toca temas de aislamiento y soledad, algo que se ha vuelto especialmente relevante en los últimos años. La pandemia de COVID-19 ha hecho que muchos espectadores se identifiquen con la sensación de estar atrapados en un espacio pequeño, sin contactos humanos significativos. En este sentido, Rubikon no solo es una película sobre el fin del mundo, sino también sobre cómo nos relacionamos unos con otros en tiempos de crisis.

El público objetivo de Rubikon son los aficionados al cine de ciencia ficción cerebral y a los thrillers de supervivencia. No es una película para quienes buscan acción rápida o efectos visuales deslumbrantes. Es una experiencia íntima, casi teatral, que requiere paciencia y atención al detalle. Los espectadores que disfrutan de películas como Annihilation (2018) o Arrival (2016) encontrarán mucho que admirar en la precisión narrativa y visual de Rubikon.

Sin embargo, no todo es perfecto. La película podría haber beneficiado de un guion más ágil, capaz de equilibrar el debate moral con momentos de tensión dramática. Algunas escenas, especialmente las que involucran a los personajes secundarios, se sienten redundantes y podrían haberse editado para mantener un ritmo más constante. Además, la resolución del conflicto, aunque emocional, es predecible y carece del impacto sorpresa que podría haber elevado la película a otro nivel.

A pesar de sus defectos, Rubikon es una obra interesante y bien intencionada que demuestra el talento de Magdalena Lauritsch como directora.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

  • Jonas Emilian — Little Knopf

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