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Stephen Graham responde a ‘Adolescence’ con ‘Letters to Our Sons’: una carta no es una conversación

Martha Lucas
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Desde que se estrenó Adolescence, a Stephen Graham le han preguntado una y otra vez qué pueden hacer los padres, y él ha respondido con la herramienta más antigua de cualquier escritor: la carta. Su próximo libro, Letters to Our Sons, elaborado junto con la psicóloga Orly Klein, reúne a padres —famosos y anónimos— que escriben a sus hijos aquello que nunca han conseguido decir en voz alta. La acogida ha sido unánimemente cálida, y esa calidez está más que justificada. Aun así, conviene fijarse en qué tipo de obra es antes de decidir qué puede lograr.

Una carta a un hijo no es un recipiente neutro. Es una de las formas más seductoras de la lengua precisamente porque va en una sola dirección: James Baldwin escribió a su sobrino; Ta-Nehisi Coates, a su hijo. En ambos casos, dirigirse a un niño era, en realidad, dirigirse al lector por encima de su hombro. La carta confiesa, no conversa. Llega acabada, sin posibilidad de réplica, preparada para la página. Ahí reside su fuerza literaria y también su silenciosa contradicción en un libro que se presenta como remedio contra el silencio masculino.

Adolescence, que Graham cocreó y protagonizó, desconcertó al público porque renunciaba al consuelo de una causa única. A su protagonista no lo hundió una conversación que nunca tuvo; lo moldeó toda una cultura —los móviles, sus iguales, la arquitectura de los espacios en internet— a la que ninguna charla junto al fuego alcanza por completo. La serie situaba la crisis en un sistema. Un libro de padres que encuentran las palabras adecuadas la traslada, con delicadeza, al salón familiar: allí resulta más conmovedora, más fácil de manejar y bastante menos fiel a la realidad.

Nada de esto convierte el proyecto en una maniobra cínica. La presencia de Klein apunta a que pretende ser algo más que un recuerdo para fans, y la invitación a padres corrientes —médicos, obreros de la construcción, hombres en prisión— para que envíen sus propias cartas es la parte que tiene verdadera audacia democrática. La editorial, Union Square & Co., califica el libro de «transformador»; Graham dice que la serie le convenció de que «hacía más falta que nunca la comunicación entre padres e hijos». Probablemente ambos sean sinceros. La sinceridad no es la cuestión.

La cuestión es a quién pretende llegar el libro. Sus nombres más conocidos —el saltador de trampolín Tom Daley y los actores Javier Bardem y Riz Ahmed— garantizan lectores, pero ¿qué lectores? A tenor de lo que sabemos, no parece que un chico atrapado en la lógica de un grupo de chat esté esperando una antología que quizá compre su padre. Quienes adquieren Letters to Our Sons son adultos que ya están predispuestos a escuchar; los hijos a los que alude el título, según el propio diagnóstico del libro, están en un lugar al que difícilmente puede llegar. Una colección puede ofrecer un magnífico ejemplo de una masculinidad vulnerable y no tóxica y, aun así, estar hablando sobre todo a quienes ya están de acuerdo.

No es motivo para descartarla. Romper la costumbre masculina de callar tiene valor, aunque el público se elija a sí mismo, y una forma que halaga a su autor también puede decir la verdad. Leída como literatura —un coro de hombres que intentan, desde el registro más seguro posible, decir lo indecible—, la colección puede ser realmente buena. Leída como respuesta a lo que Adolescence mostró de verdad, es algo más modesto de lo que promete su presentación: un gesto emotivo allí donde el drama insistía en señalar una estructura.

La clave está en la propia forma, y en lo que hacen las cartas: todos los padres de este libro pueden escribir. Ni un solo hijo puede contestar.

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