Cine

Terror on the Prairie: un western desigual pero intenso

Martin Cid

La escena que abre Terror on the Prairie es un clásico del género: una familia en medio de la nada, el viento azotando las planchas de madera de su cabaña, y cuatro jinetes acercándose al galope. Gina Carano, como Hattie McAllister, levanta su escopeta con una determinación que no deja lugar a dudas: esta mujer no va a ser víctima fácil. Es un momento prometedor, cargado de tensión y con ese aroma a polvo y sudor que define el western más auténtico.

Dirigida por Michael Polish —conocido por su trabajo en Twin Falls Idaho— la película sigue a Hattie y su familia mientras intentan sobrevivir en las llanuras de Montana. La premisa es sencilla: una familia contra un grupo de forajidos, pero el guión de Josiah Nelson añade capas de drama personal que podrían haber elevado la historia por encima del estándar del género. El problema es que, a pesar de los esfuerzos, Terror on the Prairie termina siendo un ejercicio desigual.

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La película funciona mejor cuando se centra en la dinámica entre Hattie y su familia. Carano —mejor conocida por su papel en The Mandalorian— demuestra una vez más que puede sostener una película con su presencia física y su mirada intensa. La escena en la que se enfrenta a los forajidos por primera vez, con un shotgun en las manos y el miedo transformándose en rabia, es uno de los pocos momentos donde la dirección de Polish brilla. Las decisiones de composición —como los primeros planos de Carano con el paisaje infinito detrás— refuerzan su soledad y determinación.

Sin embargo, el resto del elenco no logra mantener ese nivel. Donald Cerrone, como Jeb McAllister, tiene un papel secundario que nunca se siente desarrollado. Su arco —el conflicto entre la lealtad a su familia y sus errores pasados— podría haber sido interesante, pero el guión lo trata con mano demasiado ligera. Nick Searcy, como The Captain, es el típico villano de western: cruel sin matices, motivado por una venganza que se explica en un flashback forzado.

El mayor problema de la película es su estructura. La primera mitad avanza con un ritmo adecuado, pero una vez que los McAllister huyen al bosque, la narrativa se desinfla. Las escenas en el interior del bosque carecen de tensión —los forajidos deberían ser una amenaza constante, pero sus apariciones son demasiado espaciadas y poco convincentes—. La resolución, con un tiroteo final que parece sacado de otro western de serie B, no logra la catarsis necesaria.

A nivel técnico, la fotografía es lo más destacado. Los paisajes de Montana —inmensos, áridos, hermosos— son capturados con una paleta de colores terrosos que evoca el espíritu del western clásico. Pero incluso aquí hay fallos: algunos planos están tan oscuros que los detalles se pierden, y en las escenas nocturnas es difícil distinguir lo que ocurre.

Terror on the Prairie no es mala, pero tampoco es memorable. Es una película que podría haber sido algo más con un guión más pulido y un enfoque más consistente.

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