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The Murderer: un debut impactante, luego predecible

Susan Hill
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La primera imagen de The Murderer (2023) es un impacto sensorial: una habitación esterilizada donde cada superficie refleja luces frías, y desde algún lugar invisible llega un zumbido constante, como el latido de una máquina que nunca se apaga. Es ahí donde conocemos a Albert Brock, sentado en el suelo con los ojos cerrados, sonriendo. La cámara no se mueve, pero el aire vibra con tensión. Joaquín García, director de esta adaptación del relato de Ray Bradbury, ha elegido abrir su película con un plano que ya anuncia su tema central: la asfixia moderna.

El problema es que después de ese arranque prometedor, The Murderer no hace más que repetir lo que ya sabemos. El dossier no especifica el reparto, pero el actor que interpreta a Brock logra transmitir una calma inquietante, especialmente en las escenas donde describe su epifanía sobre la desconexión tecnológica. Su voz es suave pero firme, como si estuviera compartiendo un secreto peligroso. Sin embargo, el resto de las interpretaciones—incluyendo al psiquiatra y los personajes secundarios—resultan anodinas, atrapados en diálogos que parecen sacados directamente del texto original sin ninguna reinvención.

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La dirección de García es competente pero cautelosa. Mantiene la atmósfera opresiva del relato con una fotografía fría y planos cerrados que enfatizan la claustrofobia de Brock, pero su mayor error es la fidelidad casi religiosa al material fuente. Bradbury escribió The Murderer como un cuento corto en 1953, y aunque el texto ha envejecido bien—la crítica a la obsesión por la comunicación sigue siendo pertinente—, una adaptación cinematográfica debería hacer más que simplemente trasladar las palabras de una página a la pantalla. ¿Dónde está la visión personal de García? ¿Por qué no explorar nuevas interpretaciones del tema, como el impacto de las redes sociales en la salud mental o la paranoia de la vigilancia digital?

La estructura narrativa sigue paso a paso el relato original, incluyendo la versión televisiva de Bradbury donde el final se modifica ligeramente. La película incluso repite la escena en que Brock destruye el radio de muñeca del psiquiatra—un momento técnicamente bien ejecutado, con un sonido metálico satisfactorio y un primer plano de los cables rotos—, pero después de eso, la trama no avanza hacia ninguna dirección inesperada. La falta de originalidad es especialmente evidente en el diseño de producción, que opta por un futurismo genérico en lugar de arriesgarse a algo más ambicioso.

El sonido, otro elemento crucial en una historia sobre la obsesión auditiva, cumple su función pero no destaca. La banda sonora repite los motivos del relato sin añadir nada nuevo al género del horror psicológico. En comparación con otras adaptaciones recientes de Bradbury—como The Martian Chronicles (2016)—The Murderer parece contentarse con ser un ejercicio académico más que una experiencia cinematográfica.

¿A quién va dirigida esta película? Los fans de Bradbury probablemente disfrutarán de ver su relato favorito en la pantalla grande, pero para el público general, The Murderer no ofrece nada nuevo. El tema de la desconexión tecnológica ha sido explorado con mayor profundidad y originalidad en obras como Her (2013) o Searching (2018), dejando a esta adaptación como un esfuerzo menor dentro del género.

En resumen, The Murderer es una película bien hecha pero innecesaria. García demuestra habilidad técnica, especialmente en la construcción de atmósfera y la dirección de actores principales, pero su falta de visión personal y originalidad impiden que la película deje una huella duradera.

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Pero hablemos más a fondo de lo que el dossier no menciona: ¿por qué esta adaptación falla donde otras han triunfado? La respuesta está en el enfoque. García parece más interesado en ser fiel al texto que en explorar sus posibilidades cinematográficas. Por ejemplo, la escena en que Brock describe su revelación sobre el Insinkerator—un momento clave en el relato original—se filma de manera convencional, con un primer plano del actor y una banda sonora minimalista. No hay simbolismo visual, ni metáforas adicionales, ni siquiera un cambio en la iluminación para enfatizar el significado del momento.

Comparémoslo con otras adaptaciones de Bradbury. Fahrenheit 451 (2018), dirigida por Ramin Bahrani, toma el material original y lo actualiza para el siglo XXI, incorporando elementos de distopía tecnológica que resuenan con las preocupaciones modernas sobre la censura y la vigilancia. García, en cambio, se aferra a un futurismo genérico que no añade nada nuevo al discurso. La película podría haber sido más audaz, explorando cómo el aislamiento de Brock refleja las tendencias actuales hacia el individualismo extremo o la ansiedad digital.

Otro aspecto problemático es la falta de desarrollo del personaje del psiquiatra. En el relato original, su papel es secundario, pero en una película de 90 minutos, necesita más profundidad. ¿Qué lo motiva? ¿Por qué sigue trabajando en un sistema que claramente oprime a sus pacientes? García no ofrece respuestas, dejando al personaje como un mero dispositivo narrativo.

La fotografía, aunque competente, también falla en aprovechar las oportunidades visuales del relato. La habitación esterilizada de Brock podría haber sido un laberinto de espejos, reflejando su mente fracturada, o un espacio que se deforma gradualmente a medida que su cordura se desvanece. En cambio, García opta por planos estáticos y una paleta de colores fríos, creando una atmósfera visualmente aburrida.

El sonido, otro elemento crucial en una historia sobre la obsesión auditiva, cumple su función pero no destaca. La banda sonora repite los motivos del relato sin añadir nada nuevo al género del horror psicológico. En comparación con otras adaptaciones recientes de Bradbury—como The Martian Chronicles (2016)—The Murderer parece contentarse con ser un ejercicio académico más que una experiencia cinematográfica.

La dirección de arte es otro punto débil. La habitación esterilizada de Brock podría haber sido un espacio más orgánico, lleno de detalles que reflejen su obsesión por el silencio—como paredes cubiertas de corcho para amortiguar los sonidos o ventanas selladas con espuma acústica. En cambio, el diseño es funcional pero genérico, sin aportar nada al tema central.

El guión, adaptado directamente del relato de Bradbury, también adolece de problemas estructurales. La película comienza in media res, lanzando al espectador directamente en la habitación de Brock sin contexto previo. Esto podría funcionar si el resto de la trama ofreciera revelaciones progresivas sobre su pasado, pero García no aprovecha esta oportunidad. En lugar de eso, la narrativa avanza de manera lineal y predecible, siguiendo cada paso del relato original.

La edición es otro aspecto que merece atención. La película podría haber beneficiado de un ritmo más dinámico, con cortes rápidos para simular el zumbido constante de la tecnología o secuencias oníricas que reflejen la mente fracturada de Brock. En cambio, los planos se mantienen por tiempo prolongado, creando una experiencia visualmente estática.

El tema central—la obsesión por la comunicación tecnológica—es relevante, pero García no explora sus implicaciones más profundas. ¿Qué significa ser humano en un mundo donde la desconexión es una forma de rebelión? ¿Cómo afecta esta obsesión a las relaciones interpersonales? La película toca estos temas superficialmente sin ofrecer una crítica profunda.

La música, compuesta por un equipo no especificado en el dossier, cumple su función pero carece de originalidad. Podría haber sido más experimental, incorporando sonidos electrónicos distorsionados o silencios abruptos para reflejar la obsesión de Brock con el sonido. En cambio, la banda sonora es convencional, sin aportar nada nuevo al género.

El final, aunque fiel al relato original, es decepcionante. La versión televisiva de Bradbury ofrece una conclusión más satisfactoria, donde el psiquiatra destruye su dispositivo de comunicación en un acto de rebeldía. García opta por un final abierto, dejando la situación sin resolver. Esto podría haber funcionado si el resto de la película hubiera construido una atmósfera de tensión constante, pero dado el ritmo pausado y la falta de desarrollo de los personajes, el final simplemente parece incompleto.

En resumen, The Murderer es una película bien hecha pero innecesaria.

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