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Toma Ikuta domina el kabuki con esfuerzo y emoción

Veronica Loop

La cámara se cierra en el rostro sudoroso de Toma Ikuta mientras repite una secuencia de movimientos kabuki por decimocuarta vez. Es un momento que resume la esencia de Sing, Dance, Act: Kabuki featuring Toma Ikuta: la tensión entre tradición y modernidad, entre el fracaso y la maestría.

Tadashi Aizawa dirige este documental íntimo sobre el actor Toma Ikuta, conocido por sus papeles en cine contemporáneo, mientras se sumerge en el mundo del teatro kabuki junto a su amigo de infancia Matsuya Onoe. La película sigue el entrenamiento exhaustivo de Ikuta para su primera actuación profesional en este arte tradicional japonés.

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Donde la cinta brilla es en su capacidad para mostrar el kabuki como un lenguaje vivo. Las secuencias de práctica revelan la complejidad física y emocional del arte: los pies deslizándose sobre el escenario, las manos formando patrones ritualizados, la voz modulada con precisión milimétrica. La cámara de Aizawa captura estos detalles sin adornos, permitiendo que la belleza formal del kabuki hable por sí misma.

El verdadero motor narrativo es la relación entre Ikuta y Onoe. Sus interacciones – desde discusiones técnicas hasta recuerdos de su juventud compartida – añaden capas humanas a lo que podría haber sido un simple documental de formación profesional. La escena donde Onoe corrige con paciencia infinita el movimiento de muñecas de Ikuta es particularmente reveladora, mostrando cómo se transmite el conocimiento en esta tradición oral.

Sin embargo, la película tropieza cuando intenta equilibrar su doble propósito: ser tanto un retrato íntimo como una introducción al kabuki. Los momentos donde explica conceptos básicos del teatro (como los tipos de roles o la estructura de las actuaciones) pueden sentirse didácticos para espectadores familiarizados con el arte, mientras que quienes buscan profundizar en la psicología de Ikuta podrían encontrar estas secciones dispersas.

La edición es otro punto de crítica. El ritmo irregular – con algunas secuencias de práctica que se extienden demasiado y otros momentos clave que pasan volando – da la sensación de un documental que no terminó de decidir qué quería ser: un estudio antropológico, una biografía en formación o un drama deportivo cultural.

Dicho esto, Sing, Dance, Act cumple su propósito principal: mostrar el kabuki como algo más que un artefacto museificado.

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