Cine

Por qué dividir la Palma de Oro es una rareza en Cannes: las reglas que imponen un único ganador

Cannes solo ha compartido su máximo premio siete veces, la última en 1997; su principio de una película, un premio mantiene la Palma indivisible por defecto
Jun Satō

La Palma de Oro está concebida para coronar a una sola película. Cuando el público pregunta por qué Cannes reparte tan pocas veces su máximo galardón entre dos títulos, la respuesta tiene menos que ver con el temperamento del jurado que con la arquitectura del certamen: la competición está construida para emitir un veredicto único e inequívoco sobre el año en el cine. Una Palma compartida —ex aequo, dos películas sosteniendo el mismo trofeo— es justamente la excepción que el sistema está diseñado para evitar.

Ese diseño descansa sobre una regla discreta pero decisiva. Según el reglamento del festival, la película que se lleva la Palma no puede recoger ningún otro premio en competición —el llamado principio de una película, un premio— y el galardón mayor se aparta de los empates desde el principio. Un jurado que ama dos películas se enfrenta así a una elección forzosa: dar la Palma a una y derivar la otra hacia el Gran Premio, el Premio del Jurado o un premio de dirección o interpretación. La estructura empuja el consenso hacia un solo nombre en lugar de una corona dividida.

La historia demuestra lo poco que los jurados traspasan ese muro. En la era moderna el máximo premio se ha compartido solo siete veces, la más reciente en 1997, cuando La anguila de Shohei Imamura y El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami salieron de la Croisette como co-laureados. Los empates anteriores se leen como una lista de pulsos que ningún jurado supo resolver: Apocalypse Now de Francis Ford Coppola junto a El tambor de hojalata de Volker Schlöndorff en 1979, All That Jazz de Bob Fosse empatada con Kagemusha de Akira Kurosawa en 1980, El piano de Jane Campion con Adiós a mi concubina de Chen Kaige en 1993. Cada reparto señaló un año en que dos visiones se juzgaron realmente inseparables, y han pasado casi tres décadas sin que se repita.

Los premios menores, en cambio, están hechos para ceder. La mejor dirección, la mejor interpretación y el Gran Premio se han concedido ex aequo, y por eso los jurados decididos a honrar a más de una película empujan el reparto hacia abajo, lejos de la Palma. El rodeo más célebre llegó en 2013, cuando el jurado otorgó La vida de Adèle a su director y a sus dos actrices protagonistas a la vez, una ruta deliberada para sortear la regla del premio único. La crónica de MCM sobre los premios de Cannes 2026 reflejó la misma lógica en miniatura: el jurado dividió la mejor dirección entre Los Javis y Paweł Pawlikowski mientras dejaba intacta la Palma, la de Fjord de Cristian Mungiu.

Esa es la verdadera función de la singularidad de la Palma. Obliga a un jurado de artistas a comprometerse con una sola película como gesto definitorio del año, sin matices ni crédito compartido. La rareza del reparto no es un accidente del gusto, sino el premio haciendo exactamente aquello para lo que fue creado: comprimir doce días de competición en un único nombre, leído una sola vez.

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