Cine

undertone llega a los cines: la escéptica que escucha morir a su madre

Penelope H. Fritz

Una mujer está sentada en su antiguo cuarto con los auriculares apretados contra las orejas, escuchando con todas sus fuerzas un sonido que le han asegurado que no es humano. Al fondo del pasillo, detrás de otra puerta, su madre se está muriendo. Los dos ruidos le llegan a través de la misma pared delgada, y durante sus noventa y cuatro minutos undertone se niega a decirle, a ella y al espectador, de cuál de los dos hay que tener miedo.

El debut de Ian Tuason aparece vestido de thriller de pódcast. Evy Babic conduce un programa de fenómenos paranormales junto a su amigo Justin, y ella es la escéptica de la pareja, la que desmonta cada crujido y cada susurro que les mandan sus oyentes. Entonces vuelve a casa para cuidar a su madre, y llega una nueva tanda de grabaciones: un matrimonio, en algún punto de la ciudad, registra los ruidos que han empezado a recorrer su casa de noche. Evy escucha como siempre, a la caza del truco. Esta vez el truco le devuelve la mirada.

Dos caras, una pared

Lo que mantiene la película en pie es una sola regla dura que Tuason se impone y nunca rompe. Solo dos personas aparecen en pantalla durante todo el metraje: Evy y su madre. Los demás existen únicamente como voz. El compañero de programa es una voz. Al matrimonio acosado se lo oye, jamás se lo ve. El médico es una línea telefónica. Lo que habita la otra casa se escucha, nunca se muestra. Hasta los oyentes de Evy llegan como un muro de voces que compiten entre sí. Al público lo empujan a la posición exacta de Evy, inclinado hacia un altavoz, montando al monstruo a partir de respiraciones y estática porque no va a venir ninguna imagen a hacer el trabajo por él.

Aquí es donde la premisa deja de ser un truco. Tuason llegó al cine desde el terror sonoro inmersivo de 360 grados, y construye la película sobre un hecho que los autores del género conocen y rara vez se atreven a sostener: un sonido que no logras ubicar es peor que un rostro que sí puedes mirar. Un rostro en pantalla es finito. Lo ves, lo mides, te acostumbras. Un sonido sin origen no para de crecer, y la mente le inventa un cuerpo, y el cuerpo que le inventa es siempre el que más teme. Una puerta que quizá se abrió, quizá no. Una segunda capa que respira bajo una voz que creías reconocer. La cámara se queda pegada a Evy mientras lo peor sucede en los bordes del encuadre, justo fuera de campo, exactamente donde se posa siempre la atención de quien cuida: la mitad en la tarea que tiene delante, la mitad en el dormitorio del pasillo, esperando a que la respiración cambie.

El otro acecho

Porque el segundo acecho de undertone es el cotidiano. Evy ha vuelto a casa a ver desaparecer a su madre, y la casa donde creció se ha convertido en un sitio donde pasa las noches en vela descifrando ruidos. ¿Es el viento? ¿Es la caldera? ¿Es el último aliento que lleva semanas temiendo? La grabación maldita y la madre que muere no son dos tramas que corren en paralelo. Son el mismo miedo con dos caras. La película no deja de preguntar cuánto cuesta pasar las noches pendiente de un sonido que no puedes detener y que no soportas perderte.

El escepticismo de Evy es el motor, no un defecto que haya que corregir. Ella insiste en que las grabaciones tienen explicación, y la película le permite tener razón y estar aterrada a la vez, porque una explicación jamás logró que un sonido que asusta dejara de asustar. Saber qué hace la caldera a las tres de la mañana nunca ayudó a nadie tendido en la oscuridad esperándola. El relato lo respeta. No la castiga por dudar y no la premia por creer. Simplemente la mantiene escuchando, que es lo único que no puede dejar de hacer.

La casa es suya

Tuason no ha escondido de dónde viene la película. Rodó undertone en la casa real de su infancia, en un barrio obrero de Toronto, la casa donde cuidó a sus dos padres después de que recibieran diagnósticos terminales con apenas unos meses de diferencia. Las paredes de la película son sus paredes. El pasillo que Evy no puede dejar de vigilar es el que él vigiló. Esa historia no se posa sobre la película como un dato de dossier de prensa. Es la presión que late debajo de cada escena, la razón por la que el acecho se lee menos como una amenaza que llega de fuera y más como algo que la casa absorbió y reproduce en voz baja. Una casa donde alguien murió guarda el sonido de aquello. Cualquiera que se haya sentado en una sabe que el cuarto conserva la grabación, le des al play o no.

También explica la paciencia de la película. El terror suele correr hacia la revelación; undertone se niega. Avanza hacia un final que Evy ya sabe que llega, el que sabe que llega cualquiera que cuida a alguien, y gasta su tensión en la espera más que en la sorpresa. Los sustos funcionan, pero no son el asunto. El asunto es el largo tramo de nada que hay entre uno y otro, la parte del cuidado que nadie graba: las pastillas contadas, las sábanas cambiadas, las horas de silencio rotas por un ruido del cuarto de al lado que te para el corazón antes de que hayas decidido qué era.

Una década escuchando

El marco del pódcast es mucho más que decorado, y esta es la parte que las comparaciones más ruidosas siguen pasando por alto. Algunos críticos echaron mano de Hereditary, la referencia de A24 en terror sobre el duelo; otros de Pontypool, la película canadiense que convirtió el sonido en contagio. Ambas apuntan a la superficie. Lo que undertone hace de verdad es devolverle un hábito de masas a quienes lo practican. Llevamos una década aprendiendo a dormirnos con la voz de un desconocido narrando la muerte de otra persona, tratando el duelo en audio como contenido que se consume a oscuras con los auriculares puestos. La película adopta esa misma postura, la que probablemente tiene el espectador, y pregunta qué pasa cuando la grabación deja de ser la tragedia ajena y se vuelve la propia, en bucle dentro de una casa de la que no puedes salir, con un horario que no elegiste.

Cuidar, lo entiende la película, ya es una forma de escuchar. Es un monitoreo constante, de baja intensidad, de la respiración de otra persona, y quienes lo hacen están entrenados para oír la catástrofe en cada crujido antes de tener tiempo de avergonzarse por ello. undertone simplemente le da a esa escucha una forma de terror y deja que el público sienta, durante noventa y cuatro minutos, lo que es hacerlo toda la noche, cada noche, sin saber cuál es el sonido para el que llevas tiempo preparándote.

Esa es la pregunta que la película abre y no piensa cerrar. A un acecho se le sobrevive. Puedes echar sal en las puertas, quemar la cinta, irte de la casa, y lo peor se queda en el edificio del que saliste. Lo otro no se deja atrás. Cuando las grabaciones por fin se detienen y la segunda puerta del pasillo se queda en silencio, undertone pregunta qué devuelve en realidad la supervivencia a quien sigue sosteniendo los auriculares, y si el peor sonido de la película es el que suena o el que no.

undertone, dirigida por Ian Tuason y distribuida por A24, está en cines, con una duración de noventa y cuatro minutos.

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