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Venom: un final caótico sin redención

Martin Cid
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Venom: The Last Dance abre con una imagen icónica: Tom Hardy como Eddie Brock, tambaleándose en un bar mexicano mientras el symbiote Venom se ríe de sus propios chistes macabros. El local es un caos de botellas rotas y risas grotescas, una metáfora perfecta para la película misma—desenfrenada, excesiva, pero con destellos de algo más profundo que nunca llega a florecer. Kelly Marcel, en su debut como directora, quiere cerrar la trilogía con un espectáculo de acción cósmica y humor ácido. Y hay momentos donde lo logra.

La dinámica entre Hardy y Venom—una mezcla de gruñidos guturales y sarcasmo—sigue siendo uno de los puntos más fuertes del film. La escena en el avión, donde Eddie y Venom caen al desierto mientras esquivan a un Xenophage, es pura adrenalina visual. Marcel utiliza planos amplios para capturar la escala grotesca de las criaturas alienígenas, diseñadas con una estética que recuerda a The Thing de John Carpenter pero sin la misma textura orgánica. El symbiote, con sus dientes afilados y ojos que parpadean en la oscuridad, es una criatura que merece más desarrollo del que recibe.

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Pero el mayor problema de The Last Dance es su guion. Marcel intenta resolver tres años de continuidad confusa—Knull, el Codex, los Xenophages—y termina enredándose en explicaciones farragosas. La introducción tardía del villano Knull (un diseño de CGI que parece sacado de un videojuego de PlayStation 2) carece de peso emocional o visual. Chiwetel Ejiofor, como Strickland, es el mejor actor del reparto, pero su arco—el científico que duda de sus métodos—se siente repetido después de Venom: Let There Be Carnage. Su interpretación es digna de un drama político de la BBC, no de una película donde los symbiotes escupen chistes sobre comida rápida.

Donde la película brilla es en los momentos íntimos entre Hardy y Venom. La escena en Las Vegas, donde Eddie se reencuentra con Mrs. Chen (Peggy Lu), tiene un toque de humanidad que falta en el resto del metraje. Pero incluso ahí, la edición acelerada impide que esos instantes respiren. Marcel parece más interesada en pilas de acción que en desarrollar los personajes secundarios. Juno Temple, como Dr. Teddy Paine, y Stephen Graham, como Detective Mulligan, quedan reducidos a esbozos de personajes, con arcos que se resuelven en diálogos apresurados.

El mayor problema es la estructura. The Last Dance quiere ser épico y personal a la vez, pero salta entre subtramas—la persecución militar, la búsqueda del Codex, el conflicto interno de Eddie—sin darle tiempo al espectador para conectar emocionalmente. La decisión final de Eddie y Venom, aunque teóricamente desgarradora, llega después de una secuencia de acción tan fría como un laboratorio de Area 51.

Comparada con sus predecesoras, The Last Dance es la más ambiciosa pero también la menos coherente. El primer Venom (2018) era un caos divertido; Let There Be Carnage (2021) mejoró el equilibrio entre acción y humor. Esta tercera entrega intenta abrazar el cosmos del universo Spider-Man, pero se ahoga en su propia mitología.

A quién va dirigida? A los fans de Hardy y Venom, sin duda. Pero incluso ellos encontrarán difícil ignorar los defectos estructurales. La película es un desfile de criaturas alienígenas, chistes sobre comida y escenas de acción exageradas, pero carece del corazón que hizo memorable al primer film.

MCM Score: 6.0/10 — craft 2 / story 1 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 0

(Nota: genre_fit en 0 por la falla en equilibrar el tono entre comedia, drama y ciencia ficción.)

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La secuencia de apertura de Venom: The Last Dance es un torbellino de caos simbiótico: Eddie Brock y Venom, borrachos en un bar mexicano, desatan una pelea que destrozaría cualquier otro set. El local se convierte en un campo de batalla de cristales rotos y risas grotescas, con Hardy gruñendo líneas como «¡No soy tu mascota!» mientras el symbiote escupe sarcasmo entre tragos de tequila. Es una escena que resume el tono de la película—desenfrenado, excesivo, pero con un núcleo emocional que nunca llega a concretarse.

Kelly Marcel, en su debut como directora, tiene ambición: quiere cerrar la trilogía con un espectáculo de acción cósmica y humor ácido. Y hay momentos donde lo logra. La dinámica entre Hardy y Venom—una mezcla de gruñidos guturales y sarcasmo—sigue siendo uno de los puntos más fuertes del film. La escena en el avión, donde Eddie y Venom caen al desierto mientras esquivan a un Xenophage, es pura adrenalina visual, con planos que capturan la escala grotesca de las criaturas alienígenas. El diseño de estos monstruos—dentados, viscosos, con ojos que parpadean en la oscuridad—recuerda el trabajo de Rob Bottin en The Thing, pero sin la misma textura orgánica.

Pero The Last Dance tropieza con su propia mitología. El guion intenta resolver tres años de continuidad confusa—Knull, el Codex, los Xenophages—y termina enredándose en explicaciones farragosas. La introducción tardía del villano Knull (un diseño de CGI que parece sacado de un videojuego de PlayStation 2) carece de peso emocional o visual. Chiwetel Ejiofor, como Strickland, es el mejor actor del reparto, pero su arco—el científico que duda de sus métodos—se siente repetido después de Venom: Let There Be Carnage. Su interpretación es digna de un drama político de la BBC, no de una película donde los symbiotes escupen chistes sobre comida rápida.

Donde la película brilla es en los momentos íntimos entre Hardy y Venom. La escena en Las Vegas, donde Eddie se reencuentra con Mrs. Chen (Peggy Lu), tiene un toque de humanidad que falta en el resto del metraje. Pero incluso ahí, la edición acelerada impide que esos instantes respiren. Marcel parece más interesada en pilas de acción que en desarrollar los personajes secundarios. Juno Temple, como Dr. Teddy Paine, y Stephen Graham, como Detective Mulligan, quedan reducidos a esbozos de personajes, con arcos que se resuelven en diálogos apresurados.

El mayor problema es la estructura. The Last Dance quiere ser épico y personal a la vez, pero salta entre subtramas—la persecución militar, la búsqueda del Codex, el conflicto interno de Eddie—sin darle tiempo al espectador para conectar emocionalmente. La decisión final de Eddie y Venom, aunque teóricamente desgarradora, llega después de una secuencia de acción tan fría como un laboratorio de Area 51.

Comparada con sus predecesoras, The Last Dance es la más ambiciosa pero también la menos coherente. El primer Venom (2018) era un caos divertido; Let There Be Carnage (2021) mejoró el equilibrio entre acción y humor. Esta tercera entrega intenta abrazar el cosmos del universo Spider-Man, pero se ahoga en su propia mitología.

A quién va dirigida? A los fans de Hardy y Venom, sin duda. Pero incluso ellos encontrarán difícil ignorar los defectos estructurales. La película es un desfile de criaturas alienígenas, chistes sobre comida y escenas de acción exageradas, pero carece del corazón que hizo memorable al primer film.

MCM Score: 6.0/10 — craft 2 / story 1 / performances 2 / originality 1 / genre_fit 0

(Nota: genre_fit en 0 por la falla en equilibrar el tono entre comedia, drama y ciencia ficción.)

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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