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El Mundial más largo de la historia no lo ganará quien deslumbre, sino quien aguante

Jack T. Taylor

Conviene imaginar el cuerpo al final de todo. Un lateral que ha jugado seis partidos en menos de cuatro semanas, que ha volado de una ciudad a nivel del mar a otra a más de dos mil metros de altitud, que ha dormido en cuatro hoteles y que ahora debe encarar una subida por la banda con el aire pesándole sobre el pecho. Ese jugador, y no el que firma la jugada para el resumen, es quien decide este torneo.

La primera edición repartida entre tres países es también la más grande y la más exigente que se ha montado nunca: cuarenta y ocho selecciones, doce grupos y un continente entero de viajes metido en un solo verano. Calor en el sur, altitud en el centro, humedad en las costas. El equipo que levante la copa no será el que juegue más bonito durante noventa minutos. Será el que conserve las piernas y la cabeza cuando las piernas empiecen a fallar. El talento te lleva a cuartos. El temple te saca de ellos.

Conviene leer a los candidatos con esa pregunta: cuando esto se ponga feo, largo y caluroso, ¿quién resiste?

España: tener el balón para respirar

Los campeones de Europa han construido algo más raro que el brillo: una forma de ahorrar energía sin devolver nunca el balón. El equipo de Luis de la Fuente no toca para deslumbrar, sino para descansar de pie y obligar al rival a correr donde correr mata. En el centro está Lamine Yamal, todavía un adolescente y ya el futbolista más sereno de casi cualquier campo que pisa.

La duda no es técnica. Es si este grupo ha tenido que sufrir de verdad alguna vez. La posesión es un escudo precioso hasta que el rival marca primero y te obliga a salir, al tramo del partido donde la calma se mide contra el pánico. Ahí sabremos si la serenidad de España es carácter o solo una manera de jugar.

Argentina: una voluntad que no se dobla

La campeona llega con lo que no se entrena: la memoria de haberlo hecho ya. Lionel Scaloni mantuvo la columna de la selección que llegó hasta el final la otra vez, y con ella la misma negativa a perder un partido que ha decidido no perder. Ninguna selección revalida este título desde hace más de sesenta años. Argentina lo mira menos como historia que como un desafío.

El precio está en el calendario. El núcleo tiene un año más y el hombre hacia el que se inclina toda la máquina administra su físico partido a partido. Si Argentina gana, ganará como siempre: tarde, con tensión, sostenida por una voluntad colectiva que decide que el marcador no se negocia.

Francia: la máquina que gana sin gustar

Didier Deschamps no pide que admiren a su equipo. Pide que avance. Francia carga con más pólvora ofensiva que nadie, ordenada alrededor de Kylian Mbappé, pero su arma real es la negativa del técnico a entrar en un duelo de igual a igual. Se repliegan, absorben y salen con una velocidad que convierte un error ajeno en gol. No es bonito. Ha llegado a las dos últimas finales. La eficacia fría viaja bien con calor.

Brasil: la disciplina, por fin impuesta

Por primera vez, Brasil ha entregado la selección a un extranjero, y no a uno prudente. Carlo Ancelotti llega con una especialidad nada vistosa: lograr que los vestuarios más talentosos y temperamentales del mundo jueguen los unos por los otros. A Brasil no le ha faltado talento en las dos décadas sin ganar; le ha faltado columna. El experimento es si la calma de un italiano puede imponerse sobre una cultura que confía antes en la improvisación que en la estructura.

Inglaterra: la apuesta fría por la función

Thomas Tuchel tomó la decisión más dura de todos estos técnicos. Dejó en casa a algunos de los nombres más brillantes de su país y eligió un grupo pensado para cumplir una función alrededor de Harry Kane, no para llenar un cartel. Se lee como un hombre que ha decidido que las décadas de fracaso inglés fueron un problema de funcionamiento, no de talento, y que prefiere ser difícil de batir antes que fácil de querer. Inglaterra ya recurrió al pragmatismo otras veces. Esta vez Tuchel se juega su prestigio a que funcione.

El argumento

Si hay que mojarse con un caso y no con una certeza, el caso es España: no por ser la más vibrante, sino porque el equipo que nunca devuelve el balón es el que menos corre en un escenario diseñado para reventar los pulmones. El control es la forma más infravalorada de resistencia.

Pero si se pregunta a qué selección nadie quiere cruzarse, la respuesta honesta es la campeona. España puede estar hecha para sobrevivir al torneo. Argentina está hecha para sobrevivir al momento. La resistencia te lleva a la final. La última noche, ante la mayor multitud que este deporte ha reunido jamás, decide quien se niega a perder. Eso no se mide. Eso se descubre.

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