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Federico García Lorca, el poeta de Granada cuyas tragedias rurales siguen llenando teatros 90 años después

Penelope H. Fritz
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Federico García Lorca
Federico García Lorca
Photo: Maitane Azurmendi / CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons
Nacimiento5 de junio de 1898
Fuente Vaqueros
Fallecimiento19 de agosto de 1936 (38)
OcupaciónPoeta y dramaturgo

Cada agosto, hay quien sube por el camino que une Víznar y Alfacar, en los cerros que dominan Granada, con flores para un hombre al que nadie ha logrado enterrar. A Federico García Lorca lo fusilaron allí, o muy cerca, en las primeras semanas de la Guerra Civil, y su cuerpo no ha aparecido nunca. Este verano se cumplieron noventa años de su muerte, y el poeta que escribió sobre la muerte con más lucidez que casi nadie en español sigue, en el sentido más literal, desaparecido.

Lo que dejó es más fácil de encontrar. Sus romances se aprenden de memoria en las aulas, de Sevilla a Buenos Aires, y sus tres tragedias rurales, Bodas de sangre, Yerma y La casa de Bernarda Alba, vuelven una y otra vez a escenarios de varios continentes. Lorca soldó las formas más antiguas del cante andaluz con la vanguardia europea, y lo hizo con tanta naturalidad que sus versos suenan a copla popular y a poesía moderna a la vez.

Nació el 5 de junio de 1898 en Fuente Vaqueros, un pueblo agrícola de la vega, al oeste de Granada, hijo de un terrateniente acomodado y de una maestra. Primero fue la música: estudió piano durante seis años y solo se volcó en serio en la escritura cuando murió su profesor, Antonio Segura Mesa, en 1916. En Madrid vivió en la Residencia de Estudiantes, donde trabó amistad con Salvador Dalí y Luis Buñuel, y en 1922, ya de vuelta en Granada, ayudó al compositor Manuel de Falla a organizar el Concurso de Cante Jondo, un certamen pensado para rescatar del abandono el cante hondo del flamenco.

De aquella obsesión salió Poema del cante jondo, escrito en esos años y publicado solo en 1931. El libro que lo hizo famoso fue Romancero gitano (1928), una serie de romances poblada de gitanos, guardias civiles, lunas y navajas, escrita en el viejo metro del romance castellano pero iluminada por metáforas que nadie se había atrevido a usar antes. Recorrió todo el mundo hispanohablante, lo convirtió en una figura pública y lo encasilló como folclorista, una etiqueta que acabó detestando. Dentro de la Generación del 27, los poetas que abrieron el verso español al surrealismo y la vanguardia, fue el rostro más reconocible.

El éxito llegó con una crisis íntima: una relación rota con el escultor Emilio Aladrén y una distancia cada vez mayor con Dalí. En 1929 la familia lo mandó a Nueva York, donde se matriculó en la Universidad de Columbia y vio de cerca el crac de Wall Street. Los poemas que escribió allí, reunidos en Poeta en Nueva York y publicados en 1940, cuatro años después de su muerte, son los más oscuros y experimentales de su obra, una visión quebrada de la ciudad moderna que va de Harlem a la Bolsa. De esos mismos meses es El público, una obra sobre el amor entre hombres y sobre el propio teatro, tan adelantada a su época que no se estrenó hasta 1978.

De regreso en España en 1930, se encontró con una república recién nacida y con una vocación inesperada. Desde 1931 dirigió La Barraca, una compañía universitaria financiada por el Estado que llevaba en camión los clásicos del Siglo de Oro a pueblos que nunca habían visto una función; Lorca dirigía y a veces actuaba. Su propio teatro avanzaba en paralelo: Mariana Pineda, con decorados de Dalí, se había estrenado en Barcelona en 1927; la farsa La zapatera prodigiosa subió a escena en 1930, y en 1931 escribió Así que pasen cinco años. Después llegaron las tragedias. Bodas de sangre se estrenó en Madrid en marzo de 1933: una novia huye a caballo con su antiguo amante el día de su boda mientras la Luna y una mendiga que es la Muerte recorren el escenario. Yerma, estrenada en diciembre de 1934 con la actriz Margarita Xirgu, sigue a una mujer devorada por el deseo de tener un hijo, y Doña Rosita la soltera llegó en 1935.

Una larga estancia en Buenos Aires en 1933, donde Bodas de sangre fue un éxito, le dio tribuna para su conferencia más citada, Juego y teoría del duende. El duende, sostenía, es un poder oscuro que hunde sus raíces en la tierra, y no existe gran arte sin una conciencia viva de la muerte. Sus últimos poemas estuvieron a la altura: Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (1935), elegía por un amigo torero; Seis poemas galegos (1935), escritos en gallego; Diván del Tamarit, publicado en 1940, y los Sonetos del amor oscuro, poemas de amor que solo compartió con sus amigos y que no se publicaron hasta 1983.

En el verano de 1936 terminó La casa de Bernarda Alba, en la que una viuda impone ocho años de luto a sus cinco hijas tras los postigos cerrados. Semanas después estalló la sublevación militar. Lorca estaba en Granada, en la casa de veraneo de la familia, la Huerta de San Vicente, y se refugió en casa del poeta Luis Rosales, cuyos hermanos eran falangistas. Lo detuvieron a mediados de agosto y lo fusilaron milicias del bando nacional, probablemente el 18 o el 19 de agosto de 1936, junto a un maestro y dos banderilleros. El régimen de Franco mantuvo prohibida su obra hasta 1953. La casa de Bernarda Alba se estrenó en el exilio, en Buenos Aires, el 8 de marzo de 1945, con Xirgu en la compañía.

La búsqueda de sus restos se ha convertido en una historia en sí misma. Las excavaciones de 2009, 2014 y 2016 no encontraron nada. Este año el hispanista irlandés Ian Gibson, que lleva más de medio siglo detrás del caso, ha publicado No me encontraron (Aguilar), construido a partir del diario que llevó durante la primera excavación oficial y de lo que vino en los quince años siguientes. Sigue convencido de que el poeta yace bajo la fuente del parque de Alfacar.

Mientras tanto, la obra no deja de viajar. Leonard Cohen llamó Lorca a su hija y en 1986 convirtió Pequeño vals vienés, de Poeta en Nueva York, en Take This Waltz. Carlos Saura llevó Bodas de sangre al cine flamenco en 1981, y la versión de Yerma de Simon Stone en el Young Vic de Londres, en 2016, le valió a Billie Piper el premio Olivier a la mejor actriz. En 1936 Lorca dio su propia definición: el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace tan humana que habla y grita, llora y se desespera.

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