Música

Muere Dave Marsh a los 76 años, el gran creyente de Bruce Springsteen

Alice Lange

Dave Marsh dedicó su carrera a rechazar la pose que casi todos los críticos acaban aprendiendo a adoptar: la distancia fría que transmite que el escritor está por encima de la música, evaluándola desde una posición segura. Marsh nunca quiso esa distancia. Escribía sobre rock and roll como un creyente escribe sobre una fe: como algo que merece ser defendido, discutido y, cuando el momento lo exigía, por lo que ir a la guerra. Bruce Springsteen fue el artista al que defendió con mayor ferocidad, pero el asunto de fondo siempre era el mismo: que esta música importaba lo suficiente como para que personas serias se la tomaran en serio.

Esa convicción explica que su muerte suponga más que la pérdida de una firma. Marsh ayudó a inventar la idea de que un crítico de rock podía tomar partido y seguir siendo imprescindible; que la defensa apasionada, ejercida con suficiente rigor y peso moral, era una forma de crítica y no una traición a ella. Es el escritor que construyó la biblioteca sobre Springsteen, y también aquel contra el que se definió una generación posterior.

Se formó en la sala más estruendosa de la crítica musical estadounidense. Criado en Pontiac, dejó Wayne State para escribir en Creem, aprendió el oficio junto a Lester Bangs y después llevó aquella energía combativa a Rolling Stone, The Village Voice y Newsday. Cuando centró toda su atención en Springsteen, el resultado no fue un tributo de fan, sino el primer intento verdaderamente ambicioso de defenderlo en formato libro: la biografía que sostenía que un compositor de bandas de bar de Nueva Jersey pertenecía al canon estadounidense, y logró imponer ese argumento.

Lo que las necrológicas reverentes suelen suavizar es hasta qué punto esa defensa estaba estrechamente ligada a su objeto. Marsh se casó con Barbara Carr, que se convirtió en una de las corepresentantes de Springsteen; según su propio relato, fue él quien presentó a Jon Landau a Springsteen, poniendo en marcha una de las asociaciones más decisivas del negocio. La cercanía que hacía íntima su escritura también la volvía inequívocamente partidista. Marsh lo sabía y jamás se disculpó por ello, porque para él la alternativa —el crítico que finge flotar al margen de aquello que ama— era la auténtica deshonestidad.

Puede trazarse una línea recta desde esa postura hasta las disputas que consumieron la crítica musical después de él. Todo el debate sobre el «rockismo» de las décadas posteriores —la acusación de que los críticos habían convertido un canon estrecho de guitarras y autenticidad en una jerarquía moral— fue, en buena medida, una discusión con el modelo que encarnaba Marsh. Incluso colegas que lo admiraban lo calificaban de gruñón y combativo; escribió reseñas capaces de despellejar a un artista que consideraba acomodado. La calidez del creyente y el filo del ejecutor eran el mismo instrumento.

Y nunca fue solo un hombre de Springsteen. En The Heart of Rock & Soul clasificó los 1.001 mejores singles jamás grabados y situó «I Heard It Through the Grapevine» de Marvin Gaye en el número uno, un monumento de creador de listas al soul, el doo-wop y los discos de grupos femeninos que amaba tanto como cualquier himno de estadio. A través del boletín Rock & Rap Confidential y de toda una vida de trabajo contra la censura, insistió en que escribir sobre música era inseparable de escribir sobre poder: quién logra ser escuchado, quién es silenciado, quién decide qué cuenta.

Marsh murió el viernes en su casa de Connecticut, a los 76 años, tras vivir varios años con una enfermedad cerebral degenerativa; la noticia fue confirmada por su amigo Jeffrey St. Clair y por sus compañeros de SiriusXM, donde había seguido siendo una presencia habitual en E Street Radio. Él y Carr soportaron la clase de pérdida que reordena una vida cuando la hija de ella, Kristen Ann, murió de sarcoma a los 21 años, y crearon en su nombre el Kristen Ann Carr Fund. Springsteen y Steven Van Zandt estuvieron entre los primeros en lamentar su fallecimiento.

Los homenajes lo llamarán el gran biógrafo de Springsteen, y lo fue. Pero lo más difícil de reemplazar es la postura en sí: la del crítico que consideraba la neutralidad una salida fácil y hacía sentir que preocuparse tanto por una canción de tres minutos era la única respuesta seria posible ante ella. El sector pasó años discutiendo esa idea. Va a echar de menos tener a alguien con quien merezca la pena discutir.

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