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Torvalds llamó a Linux un pasatiempo. 35 años después funciona en todos los supercomputadores del planeta

Adrian Kessler

El mensaje que Linus Torvalds envió a la lista de correo comp.os.minix con 21 años cabe en un párrafo. Estaba trabajando en un sistema operativo libre para clones del 386, escribió, y quería saber qué funciones deseaba la gente. «No será grande y profesional como gnu», añadió. El post completo tiene 174 palabras. El código que lo sustentaba rondaba las 10.000 líneas.

Hoy Linux tiene 40 millones de líneas de código — 4.000 veces el original. La lista TOP500, que clasifica dos veces al año los superordenadores más potentes del mundo, incluye a Linux como sistema operativo en las 500 entradas desde 2017. Android, el sistema operativo móvil que funciona en unos 3.000 millones de dispositivos activos, está construido sobre el kernel de Linux. Los servidores que gestionan la mayor parte de internet público — plataformas en la nube, infraestructura de contenedores, distribución de streaming — ejecutan Linux.

En ordenadores de sobremesa, Linux nunca ha logrado abrirse paso. Windows y macOS siguen acaparando la abrumadora mayoría de usuarios de ordenadores personales, y el raro escritorio Linux suele ser una máquina de desarrolladores. El gestor de paquetes y el modelo de actualización del sistema operativo siguen asumiendo una familiaridad técnica que la mayoría de los usuarios no posee. Linux triunfó donde se suponía que no debía hacerlo, en manos de equipos de infraestructura e ingenieros de plataforma, mientras que el mercado de consumo al que podría haber llegado primero se mantuvo fuera de su alcance.

El patrón no es exclusivo de Linux. Los protocolos fundamentales de internet — TCP/IP, HTTP, DNS — fueron creados por investigadores que no diseñaban un producto comercial. La pila que hoy transporta el tráfico digital mundial fue ensamblada por personas sin un interés particular en la escala que alcanzaría. Torvalds encaja en el mismo perfil: un estudiante trabajando en un problema que tenía delante, sin un plan para las consecuencias.

Lo que ha cambiado es la capa corporativa. La Linux Foundation informa de miles de desarrolladores contribuyentes de organizaciones como Google, Intel, Samsung y Microsoft — una empresa cuyos dirigentes calificaron en su día el software de código abierto como una amenaza existencial para el software comercial. Las compañías que más se benefician de Linux son ahora algunas de sus mayores contribuyentes. El hobby ha adquirido una estructura organizativa.

Torvalds sigue liderando el proyecto desde Finlandia, revisando parches y publicando nuevas versiones del kernel varias veces al año. El anuncio original se publicó el 25 de agosto de 1991; el kernel actual incluye contribuciones de desarrolladores de más de 100 países. El desarrollo de la próxima versión ya está en marcha, siguiendo el mismo calendario que Torvalds ha mantenido durante tres décadas: una ventana de fusión, una serie de candidatos a versión final y una versión definitiva — la misma estructura que inventó cuando el código era lo bastante pequeño como para leerlo en una tarde.

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