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Argentina condenó a Yiya Murano, y luego la hizo estrella de TV

Martha Lucas

Martín Murano ha pasado la mayor parte de su vida adulta tratando de que la Argentina deje de reírse de su madre. Declaró contra ella en el juicio. Se opuso públicamente a cada una de las apariciones televisivas que ella convirtió en una segunda carrera después de salir de la cárcel en 1993. Se negó, una y otra vez, a firmar el perdón que el país parecía dispuesto a conceder. El nuevo documental de Alejandro Hartmann, Yiya Murano: Muerte a la hora del té, es la primera película que toma ese esfuerzo de décadas como su tema verdadero —y no como una nota al pie de una figura más pintoresca.

Esa figura, por supuesto, es Yiya Murano, condenada en 1985 por el asesinato de tres de sus amigas más cercanas con té envenenado con cianuro: Nilda Gamba, Lelia «Chicha» Formisano y Carmen Zulema «Mema» del Giorgio de Venturini. El móvil fue económico: deudas impagas en lo que funcionaba, efectivamente, como una pirámide financiera de barrio en Monserrat. Los hechos son públicos desde hace más de cuarenta años. Lo que Muerte a la hora del té investiga no es el caso penal. Es la vida cultural que esos hechos adquirieron en el momento exacto en que Yiya salió de prisión y descubrió que la televisión argentina estaba encantada de recibirla.

Esa es la decisión estructural de la película. Hartmann y la productora Vanessa Ragone, que vuelven a trabajar para Haddock Films tras Cabezas y Carmel, podrían haber entregado una reconstrucción convencional del expediente. Tenían el material. En su lugar, hicieron una película sobre lo que un país hace con una envenenadora una vez que los tribunales terminaron con ella —y, más concretamente, sobre lo que ocurre cuando la industria del entretenimiento de ese país decide que tiene carisma.

La estrategia formal sostiene ese argumento sin enunciarlo. Hartmann trabaja en modo híbrido: reconstrucciones dramatizadas de los hechos de 1979, entrevistas testimoniales con investigadores, periodistas y familiares de las víctimas, y una capa archivística considerable de la televisión argentina de los años noventa. Las reconstrucciones, como señalan varios críticos, se apoyan demasiado en un recurso que la forma documental ya tiene agotado. Pero el archivo televisivo es donde la película deja de ser reconstrucción y se vuelve acusación. Yiya aparece en la mesa de Mirtha Legrand al mediodía, en otros programas de prime time, jugando con su propia leyenda frente a las cámaras, recibida con risas. Hartmann deja que esos clips corran. La duración misma es el argumento. Quien los ve en 2026 registra el malestar que el público en estudio de los años noventa, evidentemente, no quiso reconocer.

El contexto agudiza ese malestar. Los envenenamientos de Monserrat ocurrieron en 1979, en el punto más alto de la última dictadura militar argentina. Una historia sensacionalista sobre un ama de casa que mata a sus amigas por deudas impagas era contraprogramación útil para un ecosistema de prensa al que, en paralelo, se le pedía no mirar demasiado de cerca otras formas de desaparición. Yiya cumplió trece años de prisión efectiva, se benefició del «dos por uno» y salió en libertad tras la conmutación otorgada durante la presidencia de Carlos Menem. La Argentina a la que regresó había construido, en su ausencia, una economía televisiva que recompensaba precisamente su tipo de carisma: lúcido, sin arrepentimiento, jugando alrededor de la transgresión en vez de contra ella. Prosperó en esa economía hasta su muerte en una residencia de Belgrano.

Muerte a la hora del té se inscribe en un linaje específico del documental argentino de prestigio sobre casos criminales; Hartmann y Ragone prácticamente construyeron ese linaje solos. Lo que sus películas anteriores comparten es una textura investigativa y una desconfianza asumida hacia las instituciones —sobre todo hacia las instituciones mediáticas que moldean la memoria pública del crimen violento. Lo que esta debe quebrar, en cambio, es la gramática por defecto del género. Cabezas y Carmel cuentan casos en los que el espectador entra buscando una justicia que los tribunales no entregaron. Aquí no hay ese hueco: Yiya fue juzgada, condenada, encarcelada, liberada. Hartmann debe inventar otra gramática —no lo que pasó, sino lo que pasó después de lo que pasó. A eso se suma una saturación notable: el caso Yiya Murano está entre las biografías criminales más adaptadas de la cultura argentina —teatro, telefilme, una serie de ficción estrenada apenas meses antes de este documental. La película tiene que justificar su existencia frente a esa saturación, y el argumento que sostiene para sí misma es claro: el verdadero sujeto del caso ha sido representado una y otra vez como entretenimiento, pero nunca examinado en serio como patología cultural.

El resultado es que Muerte a la hora del té se niega a la mayoría de los placeres reconfortantes a los que el catálogo de true crime de Netflix ha acostumbrado a su audiencia. No hay giro. No hay error judicial. No hay misterio sobre la culpabilidad. Lo que ofrece, en cambio, es la implicación del propio espectador. Uno está viendo un documental de Netflix sobre una envenenadora, producido y distribuido dentro de la misma economía del espectáculo que alguna vez la convirtió en invitada de panel. La película lo sabe. Esa conciencia de sí es lo que la distingue del extremo más barato del género, y es también lo que genera su decisión ética más consecuente: la negativa a darle voz propia a Yiya. Está muerta, y la película no habla por ella. Ninguna carta se lee en off. Ningún actor tiene que prestarle interioridad. Existe en la película solo en la forma que produjo su propia celebridad —en los sillones del estudio, en los programas, en el archivo. Al espectáculo se le permite declarar contra sí mismo.

El rol de Martín Murano obedece al mismo cuidado ético. No es un proveedor de frases. Es la única figura del espacio público argentino que ha rechazado de manera consistente el perdón que la cultura concedió, y la película lo ubica exactamente así. Ese rol le tocó, en lo esencial en soledad, porque la sociedad que lo rodeaba no estaba lista para asumirlo. El aislamiento de su posición es, entre otras cosas, la acusación misma.

Lo que la película no contesta —y se niega por construcción a contestar— es si un documental, incluso este, puede devolverles a las familias de las víctimas lo que cuarenta años de televisión argentina les negaron con ostentación. Si un país ya ha perdonado a una asesina por encontrarla divertida, volver la cámara sobre su imagen —aun de modo crítico, aun con seriedad moral, aun con el testimonio del hijo en el centro del dispositivo— no garantiza deshacer ese perdón. El gesto puede, en contra incluso de la voluntad de los realizadores, prolongarlo. La película se niega a resolver ese problema porque no se puede resolver desde dentro de la forma que lo produjo.

Yiya Murano: Muerte a la hora del té está dirigida por Alejandro Hartmann y producida por Vanessa Ragone para Haddock Films, el equipo detrás de Carmel: ¿Quién mató a María Marta? y El fotógrafo y el cartero: el crimen de Cabezas. Entre las voces testimoniales aparecen Martín Murano y el periodista Chiche Gelblung, junto con familiares de las víctimas. La película tuvo su preestreno en el Cine Gaumont el 17 de abril, en el marco del BAFICI.

El documental está disponible globalmente en Netflix desde el 23 de abril.

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