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Muertos S.L. se despide en Netflix con una guerra por la silla del jefe

Molly Se-kyung

Una funeraria es el último lugar donde una comedia debería sentirse cómoda, y ese desajuste es todo el motor de Muertos S.L. El personal de la Funeraria Tregrossa trata el duelo como un martes cualquiera: un cuerpo que trasladar, un velatorio que cubrir, un cliente afligido al que pasear por la lista de precios. El muerto nunca es el chiste. El chiste son los vivos, y una pequeña jerarquía que no deja de discutir quién manda mientras, en la sala de al lado, alguien espera con los ojos rojos.

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Esa discusión es ahora la trama. La última temporada arranca con la silla de dirección vacía, y Chemi ya tiene un plan para ocuparla. Se ofrece a asumir el cargo «solo por un tiempo», el justo para dejar su huella antes de cederle el puesto a Dámaso. Dámaso, interpretado por Carlos Areces, se pasa los episodios haciendo dos cosas a la vez: sabotear a su nuevo jefe y adularlo. Chemi, al que da vida Diego Martín, empieza a aplicar medidas que tendrían sentido en cualquier oficina y ninguno en un sitio que vende ataúdes.

La serie viene de Laura y Alberto Caballero, la pareja de guionistas detrás de Aquí no hay quien viva y La que se avecina, con Laura Caballero en la dirección. Su método está a la vista: un escenario fijo, un plantel amplio de personajes que quieren cosas pequeñas e inmediatas, y una tarea sencilla que se enreda hasta reventar. El edificio de vecinos era su vieja máquina; la funeraria es la nueva, y le sienta incluso mejor. Alrededor de Areces y Martín, Salva Reina, Amaia Salamanca, Adriana Torrebejano, Aitziber Garmendia y Gerald B. Fillmore completan un cuarto donde nadie hace de contrapunto durante mucho rato.

La decisión de fondo es cuánto se contiene la serie. El humor se interpreta en seco, al volumen de un tanatorio de verdad, con luz apagada y voces bajas, y sin que nadie haga muecas a cámara. El reparto juega el disparate como si fuera drama, de modo que el tono y la conducta tiran en direcciones opuestas y la comedia se escapa por esa grieta. Es más una disciplina que un estilo, y por eso funciona: la serie casi nunca avisa de cuándo va en broma.

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MUERTOS SL. Aitziber Garmendia as Olivia, Adriana Torrebejano as Manuela, Lorea Intxausti as Laia in episode 26 of MUERTOS SL. Cr. Manuel Fiestas/Netflix © 2025

Debajo de la farsa late una ansiedad muy española: la sucesión en la empresa familiar. La pelea por la silla es una pelea por quién hereda un negocio pequeño y en qué condiciones, algo que aquí se reconoce de inmediato. Montar ese conflicto dentro de un negocio que gana dinero con la muerte ajena le añade un filo, el de cobrar por el duelo, jugado no como escándalo sino como el bochorno cotidiano de un oficio que consiste en vender entierros. Está más cerca de A dos metros bajo tierra que de una comedia de plató.

Cerrarla tras cuatro temporadas es lo honesto para una comedia sobre la sucesión: la pregunta de quién se queda la silla se responde cerrando el negocio, no inventando un quinto año. Lo que la serie deja abierto es lo que ninguna funeraria resuelve para los vivos: qué le debe un negocio hecho de finales ajenos a quienes lo sacaron adelante. Muertos S.L., con seis episodios finales creados por Laura y Alberto Caballero y producidos por Contubernio Films, llega a Netflix el 7 de agosto de 2026.

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