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Gallitos vuelve a Netflix con cuatro amigos cambiados y un país que los apuntó al curso sin pasar del prólogo

Martha O'Hara

Mike, Daan, Greg e Ivo hicieron los deberes entre la primera y la segunda temporada. Se sentaron en el círculo, nombraron lo que sentían, escribieron la carta al niño interior, aprendieron el vocabulario que las cenas correctas de un cierto Países Bajos ya pide a los hombres de cuarenta. Volvieron a casa sosteniendo algo frágil. La nueva temporada es lo que ocurre después, que es comprobar que sostener algo frágil delante de los demás es otro oficio distinto al de aprenderlo.

La serie ha dejado de ir sobre cuatro hombres haciendo un curso. Ahora va sobre un país que finge haberlo hecho ya. La incomodidad no nace de Mike intentando decir «me sentí rechazado» sin que se le tuerza la cara. Nace del segundo siguiente: su mujer responde con logística doméstica, su jefe lo deja fuera del comité al que pidió asistir, los amigos de Ivo le devuelven las palabras nuevas y descubren que nada en su rutina ha sido rediseñado para acogerlas. Los hombres han terminado el curso. La sociedad de alrededor, no.

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La estructura de cuatro protagonistas es lo que sostiene el argumento. Anna van der Heide y Anna van Keimpema firman la dirección con la misma paciencia que en la primera temporada, planos largos en cocinas, silencios mantenidos un segundo más de lo cómodo, una cámara dispuesta a quedarse sentada cuando una comedia más ruidosa cortaría. El guión, de Richard Kemper y Luuk van Bemmelen sobre la planta del «Machos alfa» español, hace que el mismo gesto se refracte cuatro veces. Daan prueba la frase y su mujer respira. Greg prueba la frase y su hija adolescente le acusa de actuar. Mike la prueba en la oficina y le entregan una felicitación con maceta y un departamento más pequeño. Ivo la prueba y nadie contesta. El mismo gesto, cuatro retornos. La arquitectura le cuenta al espectador algo que el diálogo nunca dirá: la variable no son los hombres, es el entorno.

Alrededor de los protagonistas, el reparto femenino sostiene el peso emocional. Jennifer Hoffman, Jelka van Houten, Fockeline Ouwerkerk y Eva Laurenssen construyen parejas que no funcionan como espejos del crecimiento masculino sino como personajes con su propio cansancio acumulado, con su resentimiento de una década, con la fatiga de tener que ser testigo además de esposa. Frouke Verheijde, en el papel de Tess, la hija de Greg, ancla a una generación más joven que mira el esfuerzo paterno con el móvil medio levantado y un radar muy fino para distinguir lo sincero del número. Los fichajes nuevos —Peter Blok y Tanja Jess sobre todo— meten una generación mayor en la habitación: el padre boomer, el compañero que nunca pasó por un taller, la versión de masculinidad que no recibió la actualización y no la está pidiendo. La fricción entre los dos registros es donde la temporada encuentra su mejor comedia y su tristeza más callada.

La serie está metabolizando un clima social real. Las encuestas de los Países Bajos, Alemania, el Reino Unido y Estados Unidos describen la misma figura: los hombres jóvenes se desplazan en una dirección sobre temas de género, las mujeres jóvenes en la contraria, y la grieta se ensancha más rápido de lo que cualquier institución logra construir el puente. El negocio del coach de masculinidad ha pasado de chiste a sector. Recursos Humanos ha aprendido el vocabulario; los organigramas, no. Gallitos se planta en ese desfase. Su jugada limpia es no halagar a ninguna parte: las parejas no son villanas por estar agotadas; los hombres no son héroes por intentarlo; el vocabulario nuevo no es una estafa, pero tampoco es todavía un sistema.

Lo que la serie hereda del «Machos alfa» original es el plano arquitectónico: cuatro amigos, un coach, un taller, la fricción entre aprender y vivir. Lo que hereda de la comedia doméstica holandesa de Oogappels o De Luizenmoeder es el registro: silencios, interiores reales, incomodidad nórdica en lugar de comedia física mediterránea. Lo que rompe con ambos, ya con más nitidez en la segunda temporada, es el arco de redención. La temporada se niega a darnos el episodio en el que los hombres aciertan y el mundo se ordena para aplaudirlos. Esa negativa es la tesis.

Roosters - Netflix
Roosters – Netflix

Y la pregunta que la temporada no puede cerrar —y es honesta al no fingir que sí— es para qué sirve «hacer el trabajo» en una sociedad que aún no ha decidido si recompensar al hombre que lo hace. Si lo que quieren en casa es a un hombre más blando y lo que se premia fuera de casa es a uno más duro, cada elección traicionará a alguien. Gallitos no resuelve eso. Lo filma, mantiene el silencio dos segundos de más, y deja la grieta abierta.

Gallitos estrena su segunda temporada en Netflix el 13 de mayo de 2026, con los ocho episodios disponibles desde el primer día. Dirige Anna van der Heide junto a Anna van Keimpema, sobre guión de Richard Kemper y Luuk van Bemmelen, y protagonizan Jeroen Spitzenberger, Waldemar Torenstra, André Dongelmans y Benja Bruijning, con Jennifer Hoffman, Jelka van Houten, Fockeline Ouwerkerk, Eva Laurenssen y Frouke Verheijde. Se incorporan al reparto Peter Blok, Tanja Jess, Sarah Chronis, Freek Bartels, Bo Maerten, Bas Hoeflaak, Kendrick Etmon y Claire Bender. Producción de Pupkin.

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