Televisión

Las cuatro estaciones vuelve a Netflix con la silla que Steve Carell ya no puede ocupar

Martha O'Hara

Seis amigos hacen las maletas para una villa italiana reservada hace meses. Uno de ellos —el que dejó a su mujer por una chica de la edad de su hija y murió atropellado antes de descubrir que iba a ser padre otra vez— no sube al avión. Los otros cinco sí, y han decidido que el viaje sigue adelante. Las cuatro estaciones vuelve, y la comedia coral adulta que Tina Fey construyó a partir de una película de Alan Alda de hace cuarenta años aterriza en Netflix con una silla vacía que no piensa retirar de la mesa.

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La primera temporada usó el mecanismo de la serie —tres parejas, cuatro vacaciones compartidas al año— para sacar a la luz las traiciones ordinarias de los matrimonios largos. Nick (Steve Carell) abandonaba a Anne por Ginny, una higienista dental que podía ser su hija, y el grupo dedicaba ocho episodios a decidir qué clase de amigos estaban dispuestos a ser mientras eso ocurría. La segunda temporada necesita el mismo mecanismo para una tarea más pesada. Nick muere al final de la primera temporada, atropellado mientras vuelve al barrio que eligió por encima de su matrimonio, y su póliza de seguro, su hijo en camino y su segunda vida a medio construir son la herencia que reciben los cinco que quedan. Los nuevos episodios retoman los viajes —un fin de semana de invierno en la costa de Nueva Jersey, después la semana italiana en la que Nick tenía que estar— y plantean, sin formularla en voz alta casi nunca, una pregunta incómoda: si un ritual que dura décadas, como las vacaciones trimestrales, es la amistad misma o si la amistad eran las personas que estaban dentro de él.

La decisión que sostiene la temporada es la contención. Tina Fey dirige los dos primeros episodios, su debut detrás de la cámara televisiva, y su instinto es dejar el plano un segundo más de lo que el chiste pide. Lang Fisher y Tracey Wigfield —sus dos cocreadoras, con créditos repartidos entre 30 Rock, Yo nunca y Saved by the Bell: The College Years— firman los pulsos de personaje más finos. La sorpresa mayor, sin embargo, está en otra silla de dirección. Shari Springer Berman y Robert Pulcini, los responsables del cine indie estadounidense con American Splendor o The Extra Man, dirigen dos capítulos dentro de este artefacto de Tina Fey y su registro plano, ligeramente despojado de elevación cómica, se desliza por debajo del diálogo como si fuera otra serie. Las réplicas llegan en su tempo habitual de comedia; el encuadre tiene la cadencia de algo más observacional. Esa doble exposición es lo que permite a la temporada sostener el duelo sin caer nunca en la solemnidad. Colman Domingo dirige otro episodio y sus escenas tienen un trato distinto del silencio, más cercano al teatro que al ritmo de sala de guion.

Basta con mirar las escenas de cena para entender el argumento de la temporada antes de que ningún personaje lo verbalice. El formato que Alda diseñó en 1981 —tres parejas, seis personas— se compuso alrededor de una mesa para seis. Si se resta uno y la geometría se rompe, y si no se sustituye nunca del mismo modo, cada plano de grupo es una composición de duelo a la que el diálogo está autorizado a no aludir. La segunda temporada sigue rodando la mesa larga. El asiento vacío no siempre está en el extremo previsible. A veces lo ocupa un invitado puntual —Steven Pasquale entra en un papel recurrente que la temporada dosifica con cuidado— y la forma en la que nunca encaja del todo en la distribución de los puestos es a la vez el chiste visual y el argumento emocional. No se le dice al espectador qué sentir respecto de esa silla. El diseño de producción no le permite dejar de notarla.

Hay un motivo por el que la serie golpea más fuerte de lo que una comedia vacacional debería. El informe del Surgeon General estadounidense sobre la soledad, publicado en 2023, identificó a los adultos de mediana edad como uno de los grupos con menos amistades activas del país, y la evaporación postpandemia de la infraestructura social entre semana —oficinas, recogidas escolares, asistencia religiosa, invitaciones improvisadas un viernes— les golpeó especialmente. Lo que vino a sustituir esa red floja fue la amistad agendada: el viaje reservado con un año de antelación, el grupo de WhatsApp que organiza la logística. Las cuatro estaciones recoge ese paisaje empobrecido y lo presenta como cálido —tres parejas que han organizado el calendario de su vida adulta en torno a cuatro vacaciones compartidas— hasta que uno cae en la cuenta de que es un parche. El viaje es la única estructura que les queda a estas personas para seguir estando en la vida unas de otras. La segunda temporada obliga a la serie a reconocer lo que su propio formato siempre dio por descontado.

El linaje pesa. El Big Chill de Lawrence Kasdan (1983) es la referencia inevitable para cualquier reencuentro entre amigos atravesado por una muerte; Treintaytantos lo convirtió en televisión semanal; Grace y Frankie lo tradujo al registro confortable de Netflix para un público mayor. Lo que Las cuatro estaciones hace de manera distinta es mantener la comedia como registro principal. El Big Chill dejaba que la comedia viviera dentro de una arquitectura esencialmente elegíaca; aquí la arquitectura es cómica y el duelo se limita a amueblar las habitaciones. Es la maniobra más difícil, y el logro técnico más sostenido de la temporada.

Netflix vende Las cuatro estaciones como producto de consumo confortable: seis personajes en los que el público ya ha invertido, dos destinos vacacionales brillantes (la costa de Nueva Jersey en invierno, Italia en verano), ocho episodios que pueden despacharse en un fin de semana. La serie cumple el contrato en la superficie y lo rompe por debajo. Lo que se obtiene es comida reconfortante consumida en una mesa larga con un ausente. Quien viene a por la primera lectura se lleva una segunda servida sin estridencias, y la distancia entre ambas es donde vive el sentido de la temporada.

Vale la pena nombrar el contexto de plataforma. La biblioteca de comedia adulta de Netflix es estructuralmente más fina que la de HBO, FX o Apple; la compañía ha tirado históricamente de miniseries de una sola tanda y se ha apoyado en la acción, el true crime y los formatos de citas para fidelizar audiencia. Renovar Las cuatro estaciones a las pocas semanas de su estreno en mayo de 2025 y devolverla a la misma ventana de mayo en 2026 es una decisión deliberada para construir un ritmo de comedia de retorno en una categoría en la que Netflix nunca ha competido bien. El instrumento es un equipo creativo con marca (Fey, Fisher, Wigfield) y una propiedad con herencia literal —la película de Alan Alda, que Alda mismo visitó en la primera temporada en un papel breve— en lugar de una apuesta por un formato nuevo.

Dentro del reparto, el trabajo emocional está repartido de manera desigual. Kerri Kenney-Silver, como Anne, la viuda de Nick, carga con la tarea más difícil: interpretar a una mujer humillada en público por su marido y atada ahora a él de manera permanente por el hecho de que ha muerto. Erika Henningsen, que vuelve como Ginny, la prometida embarazada de una generación más joven que el resto, es el examen silencioso de la temporada: la disposición del grupo a hacerle sitio mide si el ritual va sobre Nick o sobre sí mismo. La pareja formada por Colman Domingo y Marco Calvani absorbe casi todo el trabajo práctico de sostener los viajes, los amigos que reservan los restaurantes y reorientan la conversación cuando alguien frágil se queda atrás. Tina Fey y Will Forte, como Kate y Jack, encarnan esa versión del matrimonio largo en la que seguir juntos es a la vez la tarea entera y el chiste.

La pregunta que abre Las cuatro estaciones en la segunda temporada y se niega a cerrar es la que cualquier grupo de amigos de larga duración acaba teniendo que mirar de frente: si el ritual iba de las personas, o si las personas iban del ritual. Nick es el caso de estudio. Su muerte no termina con los viajes. Los viajes continúan. ¿Demuestra eso que el ritual siempre fue más grande que él, o demuestra más bien que a los supervivientes no les queda otro sitio donde poder seguir siendo amigos? La temporada se instala en ambas lecturas a la vez. La honesta es que dependerá de quién ocupe la silla la próxima vez y de si alguien se atreve a pronunciar su nombre cuando se sirva el vino.

La segunda temporada de Las cuatro estaciones se estrena en Netflix el jueves 28 de mayo de 2026, con los ocho episodios disponibles desde el primer día. Reparto que regresa: Tina Fey, Will Forte, Colman Domingo, Kerri Kenney-Silver, Marco Calvani y Erika Henningsen, con Steven Pasquale incorporado en un papel recurrente. Creada y dirigida por Tina Fey, Lang Fisher y Tracey Wigfield. La temporada cuenta con Fey, Fisher, Wigfield, Colman Domingo y la dupla indie Shari Springer Berman y Robert Pulcini en la realización.

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