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‘Sobre ruedas’ vuelve a Netflix y la comedia de taller de Shane Gillis deja de ser la pequeña serie que era

Camille Lefèvre

Un taller de neumáticos en los suburbios de Pensilvania es un lugar extraño para levantar un imperio. Luz fluorescente, una sala de espera con café malo y un encargado incapaz de lograr que su propio primo deje de humillarlo delante de los clientes. Durante dos temporadas esa fue toda la propuesta de Sobre ruedas, y funcionaba precisamente porque nada parecía hecho para durar.

La comedia de cámara única creada por Shane Gillis, Steve Gerben y John McKeever regresa a Netflix para una tercera temporada, y el chiste ha cambiado por debajo sin avisar. La serie sigue a Will (Gerben), que dirige la sucursal de la cadena de talleres familiar en ruinas, y a Shane (Gillis), el primo que trata la autoridad de Will como una ofensa personal que hay que corregir a diario. Lo que cambia es todo lo que rodea al taller.

Ese giro es el verdadero acontecimiento de la temporada. Gillis y McKeever llegan a ella tras firmar un acuerdo global con Netflix, de los que la plataforma reserva para el talento que quiere retener. Una comedia que empezó como un experimento autofinanciado, rodado con poco dinero y con un reparto salido del circuito de podcasts y comedia en vivo de sus creadores, es hoy una franquicia con futuro asegurado.

Nada de esto importaría si la forma no lo sostuviera, y la sorpresa de Sobre ruedas siempre ha sido cuánta disciplina se esconde bajo su aspecto desastrado. McKeever la rueda plana y sencilla: plano fijo, un garaje, caras captadas a media reacción. La cámara no persigue los chistes, los espera, y deja que la escena se pudra un par de segundos más allá de donde una sitcom más pulida cortaría. La comedia vive en la duración, en cuánto aguanta Will un insulto de pie antes de que el silencio se convierta en el remate.

Es una serie de Filadelfia dentro de una tradición concreta. A una hora del bar de Colgados en Filadelfia, comparte con aquella la convicción de que la crueldad, entre cierto tipo de hombre estadounidense, es una forma de cariño: quienes te atormentan son también los que aparecen. Pero donde Colgados escala hacia el delirio, Sobre ruedas se queda pequeña, más cerca de la comedia del no pasar nada, el mecanismo de Seinfeld trasladado de una cafetería de Manhattan a la bahía de un garaje.

Una tercera temporada es donde una serie así se profundiza o se acartona, y Sobre ruedas se ha dejado sitio para crecer. Thomas Haden Church, como el padre Phil, trajo a la segunda temporada una amenaza real que la tercera puede apretar: la sensación de que el taller no solo fracasa, sino que se disputa. El banquillo se amplía —Stavros Halkias, Chris O’Connor y Kilah Fox siguen en el taller, con una larga tanda de invitados del mismo circuito—, pero el motor no cambia. Will quiere que el negocio funcione. Shane quiere ganar. No caben las dos cosas a la vez.

Bajo los gags hay un tema que la mayoría de las comedias estadounidenses evita: el trabajo que no aspira a nada. Nadie en Valley Forge Automotive está de paso hacia algo mejor. El taller es el techo, no el suelo, y el afecto de la serie por quienes lo sostienen nunca se vuelve lástima. Ese es el argumento que Sobre ruedas repite sin anunciarlo: una vida pequeña también es una vida entera, y un mal empleo se soporta si la gente que tienes al lado está, a su torpe manera, de tu parte.

La pregunta que hereda la tercera temporada es si le sienta bien la seguridad. Sobre ruedas se construyó sobre la textura de la precariedad, la luz que parpadea y el aparcamiento medio vacío y la sensación de un negocio a un mes flojo del final. El acuerdo con Netflix retira esa precariedad de la producción mientras la ficción insiste en ella. Si una comedia sobre gente que no puede permitirse fracasar conserva el filo cuando sus autores ya no lo necesitan es lo que la temporada pone a prueba.

Sobre ruedas estrena su tercera temporada en Netflix el 13 de agosto de 2026, con Shane Gillis, Steve Gerben y Thomas Haden Church al frente del reparto bajo la dirección de John McKeever. Llega como esa rara comedia de streaming que ha sobrevivido a sus propias expectativas bajas y que ahora debe averiguar qué es cuando aquello que temía, el cierre, por fin queda fuera de la mesa.

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