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Baby Fever: Una premisa audaz que se queda en promesas vacías

Veronica Loop
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El primer plano de Baby Fever es una pesadilla ética convertida en farsa: Nana (Josephine Park), doctora de fertilidad con prisas biológicas, roba un vial de esperma de su exnovio mientras el laboratorio gira a su alrededor en un borrón de luces y botellas vacías. La cámara se aleja mostrando la clínica desierta, los monitores parpadeantes, y ese acto desesperado que cambiará todo. Es una secuencia potente —visualmente clara, narrativamente audaz— pero también un espejo del problema central de la serie: promete más de lo que puede cumplir.

Creada por Amalie Næsby Fick y Nikolaj Feifer, esta dramedy danesa estrenada en Netflix en 2022 intenta fusionar el humor ácido de Fleabag con la profundidad emocional de Insecure, pero queda atrapada entre dos aguas. La premisa es irresistible: una experta en reproducción asistida que se auto-insemina con esperma robado a su ex, Mathias (Simon Sears), mientras intenta reconstruir una relación que ella misma sabotó. El problema no es la idea, sino cómo la ejecutan.

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Josephine Park carga el peso de la serie sobre sus hombros y lo hace con una actuación que oscila entre lo sublime y lo agotador. Nana es un personaje complejo —una mujer inteligente pero autodestructiva, profesionalmente competente pero emocionalmente caótica— y Park logra transmitir esa dualidad en cada mirada o gesto. Su escena en el episodio tres, cuando confiesa la verdad a su mejor amiga Simone (Olivia Joof Lewerissa) entre lágrimas y risas nerviosas, es un momento de actuación pura: sin cortes, sin maquillaje dramático, solo una mujer rota que intenta justificar lo injustificable.

El mayor acierto de Baby Fever es cómo aborda la presión social sobre las mujeres para convertirse en madres. Nana no es una heroína convencional; es egoísta, manipuladora y a veces francamente desagradable. Pero bajo esa capa de autoprotección hay un miedo genuino: el reloj biológico tictacando, la soledad de los treinta y tantos, la presión familiar (encarnada por Charlotte Munck como su madre Helle). La serie no juzga sus decisiones —al menos al principio—, y eso le da una honestidad que muchas comedias románticas evitan.

Donde la serie tropieza es en su estructura fragmentada. Los seis episodios de la primera temporada saltan entre el drama médico, la comedia romántica y momentos de humor negro forzado (como esa escena de vómito que parece sacada de otra serie). La dirección de los primeros episodios captura bien el tono caótico del inicio —los planos cerrados en el laboratorio, los ángulos inclinados durante las conversaciones incómodas—, pero a medida que avanza la temporada, la dirección pierde coherencia. La segunda temporada (2024) introduce nuevos personajes y un colega del hospital cuya relación con Nana nunca termina de cuajar, diluyendo aún más el enfoque.

El mayor error es cómo maneja las relaciones secundarias. Simone, interpretada por Olivia Joof Lewerissa, tiene potencial para ser un contrapunto interesante a Nana —una mujer que también lucha contra su reloj biológico pero desde una perspectiva diferente—, pero su arco se reduce a una serie de citas fallidas y decisiones precipitadas. Mathias, el exnovio, es un personaje plano: atractivo pero sin profundidad, interesado en Nana solo cuando conviene a la trama.

La dirección de actores también deja que desear en momentos clave. Simon Sears hace lo que puede con un papel mal escrito —Mathias oscila entre el interés romántico genuino y el hombre infantil que no quiere asumir responsabilidades—, pero incluso él tiene momentos de brillantez, como esa escena en el episodio cinco donde confronta a Nana sobre su embarazo en medio de una fiesta. Es un momento tenso, bien filmado, con un primer plano de Mathias que muestra toda la confusión y el dolor detrás de sus palabras.

Donde Baby Fever sí acierta es en los detalles médicos. La serie no se limita a mostrar clínicas esterilizadas y procedimientos quirúrgicos; también explora las implicaciones éticas del trabajo de Nana, como cuando discute con su colega Niels-Anders (Mikael Birkkjær) sobre el uso de esperma anónimo. Esos momentos dan profundidad a la premisa y justifican por qué Nana es una doctora de fertilidad en lugar de cualquier otra profesional.

El mayor problema es que, al final, Baby Fever no sabe qué quiere ser: ¿una comedia romántica con toques oscuros? ¿Un drama médico sobre las presiones de la maternidad? ¿Una sátira sobre el mundo de la reproducción asistida? Intenta abarcar demasiado y termina siendo un producto desigual. La primera temporada tiene momentos brillantes —como cuando Nana confronta a Mathias en su apartamento, o esa escena final donde Simone descubre la verdad—, pero también episodios que se sienten relleno, como el arco de Anette (Maria Rossing), una paciente cuya historia no va a ninguna parte.

La segunda temporada intenta corregir el rumbo introduciendo nuevos conflictos —como el regreso del exnovio de Mathias o los problemas legales de Nana—, pero llega demasiado tarde. Para entonces, ya hemos visto cómo la serie maneja las crisis: con diálogos ingeniosos, momentos emocionales bien actuados, pero sin un plan claro hacia dónde ir.

Baby Fever es una serie dirigida a un público específico: mujeres en sus treinta y tantos que enfrentan presiones sociales similares a las de Nana. Para ellos, la serie tiene un valor catártico —una forma de reírse de los miedos más profundos mientras se identifican con el caos emocional—. Pero para quienes buscan una comedia romántica convencional o un drama médico bien estructurado, Baby Fever puede resultar decepcionante.

La actuación de Josephine Park es lo suficientemente buena como para justificar ver la serie, pero incluso ella no puede salvar los episodios débiles. La dirección visual es competente en los primeros episodios, pero se vuelve predecible. Los diálogos son ingeniosos en momentos clave —como cuando Nana intenta explicar su embarazo a Mathias con una analogía sobre el vino—, pero también hay escenas enteras donde los personajes hablan en círculos sin llegar a ningún lado.

El mayor logro de Baby Fever es cómo aborda la presión social sobre las mujeres para convertirse en madres. La serie no ofrece respuestas fáciles —no hay finales felices ni lecciones morales—, pero sí plantea preguntas incómodas: ¿hasta dónde estarías dispuesta a llegar para tener un hijo? ¿Qué sacrificios estás dispuesta a hacer? ¿Y cuánto de eso es realmente por ti, y cuánto por lo que la sociedad espera?

Esas son preguntas poderosas, y Baby Fever merece crédito por abordarlas. Pero también merece crítica por no llevar esas ideas hasta su conclusión lógica. La serie termina con un cliffhanger que sugiere una posible tercera temporada —¿logrará Nana reconquistar a Mathias? ¿Qué pasará con el bebé?—, pero incluso ese final se siente más como un recurso para mantener al público interesado que como una decisión narrativa orgánica.

Baby Fever es una serie desigual, pero no está exenta de méritos. Josephine Park ofrece una actuación memorable, y la premisa es lo suficientemente interesante como para mantenerte enganchado durante los seis episodios. Pero si buscas una comedia romántica bien estructurada o un drama médico con profundidad, Baby Fever puede resultar decepcionante.

La serie tiene momentos brillantes —como esa escena en el episodio tres donde Nana confiesa la verdad a Simone, o cuando Mathias confronta a Nana sobre su embarazo—, pero también episodios enteros que se sienten relleno. La dirección visual es competente, pero no innovadora. Los diálogos son ingeniosos en momentos clave, pero también hay escenas donde los personajes hablan en círculos sin llegar a ningún lado.

En un mercado saturado de dramas románticos y comedias ligeras, Baby Fever destaca por su audacia temática pero fracasa al no explotar todo su potencial. Su mayor logro es la actuación de Park, que eleva material que, en otras manos, habría sido olvidable. Pero incluso ella no puede salvar los episodios débiles o las decisiones narrativas cuestionables.

En última instancia, Baby Fever es una serie dirigida a un público específico: mujeres en sus treinta y tantos que enfrentan presiones sociales similares a las de Nana. Para ellos, la serie tiene un valor catártico —una forma de reírse de los miedos más profundos mientras se identifican con el caos emocional—.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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