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Avatar: Fuego y ceniza — la Pandora de Cameron arde con fuerza, pero también con rutina

El tercer viaje de James Cameron a Pandora es un prodigio técnico levantado sobre una historia que ya conoces de memoria, y aun así sigue siendo lo más grande que cabe en una pantalla.
Camille Lefèvre

Hay un momento, en el corazón volcánico de Avatar: Fuego y ceniza, en que el plano se llena de brasas y luz de ceniza y recuerdas, con algo muy parecido al asombro, que James Cameron sigue manejando el lienzo más grande del cine. Entonces un personaje suelta una frase que jurarías haber escuchado dos películas atrás, y el hechizo parpadea. Ese tira y afloja —asombro y déjà vu intercambiando golpes durante tres horas y dieciocho minutos— es la experiencia entera, y es la razón de que la película sea a la vez el espectáculo de la temporada y el capítulo más divisivo que ha parido la saga.

La tercera entrega saca a Jake Sully (Sam Worthington) y a Neytiri (Zoe Saldaña) de los arrecifes para meterlos en el fuego. Todavía en carne viva tras la muerte de su hijo mayor, la familia Sully choca con el Pueblo de las Cenizas, un clan na’vi calcinado y expansionista gobernado por Varang (Oona Chaplin), la primera antagonista de esta saga que resulta de verdad peligrosa y no un mero blindaje con piernas. Por primera vez Pandora no es un paraíso que defender, sino un horno al que sobrevivir, y el cambio de elemento le entrega a Cameron una paleta fresca de negros, rojos y grises asfixiantes que ataca con evidente deleite.

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En puro oficio, Fuego y ceniza es apabullante. La simulación del fuego, los paisajes volcánicos, los Mercaderes del Viento haciendo flotar sus aeronaves medusa por un cielo magullado: es, plano a plano, el blockbuster más hermoso en años, y el BAFTA a los Mejores Efectos Visuales Especiales que se llevó se queda corto antes que generoso. Cameron y su equipo no se han limitado a renderizar fuego; le han dado peso, temperatura y amenaza. En una pantalla IMAX de verdad o de alta tasa de fotogramas, no hay rival actual para lo que esta película le hace a un muro de luz.

Y sin embargo el guion no para de buscar los mismos compases. Familia en peligro, paraíso amenazado, un forastero que aprende humildad, un tercer acto que se resuelve más o menos con la forma que ya intuías en el primer rollo: Fuego y ceniza repite el ritmo estructural de sus predecesoras tan de cerca que hasta los críticos más afines echaron mano de la palabra «piloto automático». A sus 198 minutos le cabe de todo menos la sorpresa, y los tramos entre set-pieces se descuelgan de un modo que el Cameron más afilado nunca permitió. Es la primera vez en una generación que una de sus películas llega para partir de verdad la sala en dos.

El reparto aguanta el tipo. Saldaña sigue siendo el núcleo incandescente de la empresa, y le da a Neytiri un duelo que el pipeline digital transmite sin diluir; Worthington está más firme y más triste que antes. Pero es la Varang de Chaplin quien se lleva la función bajo el brazo: una villana de convicción y no de cliché, furia envuelta alrededor de una herida real. La Ronal de Kate Winslet, la Kiri de Sigourney Weaver y el eternamente reciclado Quaritch de Stephen Lang tienen cada uno sus momentos, aunque el reparto sea ya tan numeroso que algunos hilos quedan ardiendo a fuego lento en lugar de resolverse.

Avatar: Fire and Ash
Avatar: Fire and Ash. © 20th Century Studios / Disney.

¿Y dónde nos deja todo esto el veredicto? Fuego y ceniza no es la revelación que fue la primera Avatar, ni la máquina emocional impecable de El sentido del agua; la crítica le dedicó las reseñas más frías de la saga mientras el público la empujaba más allá de los mil quinientos millones de dólares y la convertía en la cuarta recaudación de diez cifras en la carrera de Cameron. Ambos bandos tienen razón. Es una historia conocida contada con un dominio del espectáculo que nadie más con vida posee hoy por hoy, y si este año vas a ver una sola película en la pantalla más grande y atronadora que encuentres, el argumento a favor de esta se escribe solo. Lleva paciencia para el metraje; el fuego merece la pena.

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