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«Avatar: El sentido del agua» es el alegato de tres horas de James Cameron a favor de la pantalla grande

Veronica Loop

Trece años después de reinventar el cine de gran espectáculo y darle luego la espalda, James Cameron regresa a Pandora con la seguridad de un director que nunca dudó ni un segundo de que el público lo seguiría bajo el agua. Avatar: El sentido del agua es enorme, no pide perdón por serlo y se sostiene sobre una única convicción: que el espectáculo, perseguido con suficiente paciencia y precisión, se convierte en una forma propia de narrar.

La secuela encuentra a la familia Sully —Jake, Neytiri y sus hijos— en una paz frágil que el regreso de la Gente del Cielo hace añicos casi de inmediato. Expulsados de los bosques de la primera película, buscan refugio entre los metkayina, un clan que vive en los arrecifes y cuya cultura entera está moldeada por el mar. Lo que sigue es menos una película bélica que un relato de supervivencia sobre la pertenencia, el exilio y el precio de mantener unida a una familia.

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Un océano construido desde cero

La razón para verla es, sin rodeos, el agua. Cameron y Wētā FX dedicaron años a resolver el problema de capturar interpretaciones bajo el agua, y el resultado es una película en la que cada ondulación, cada corriente y cada haz de luz refractada se sienten físicamente reales. Rodadas en 3D a alta tasa de fotogramas, las secuencias sumergidas alcanzan una nitidez y un peso que ningún océano digital había logrado antes; el Oscar a los mejores efectos visuales que ganó fue lo mínimo que podía hacer la Academia. Incluso quienes son inmunes a los encantos de Pandora suelen admitir que, fotograma a fotograma, es una de las películas más bellas jamás filmadas.

Avatar: El sentido del agua (2022)
Avatar: El sentido del agua (2022)

La familia Sully en el mar

Es en la historia donde la película queda más al descubierto. Cameron escribe con trazos amplios y míticos —el padre agraviado, el hijo rebelde, la niña forastera— y con tres horas y doce minutos por delante, los compases conocidos pueden notarse estirados. Aun así, el motor emocional funciona más de lo que se gripa. Zoe Saldaña dota a Neytiri de una intensidad feroz y doliente; Sigourney Weaver, contra todo pronóstico, interpreta a una adolescente na’vi y lo vende casi siempre; la Ronal de Kate Winslet ancla a los metkayina con una autoridad serena. El regreso del coronel Quaritch de Stephen Lang —resucitado como recombinante na’vi a la caza del hombre que lo mató— le da al melodrama una columna vertebral de verdad, y la segunda mitad asciende hasta un clímax de auténtica tensión y pérdida.

Una apuesta por lo abrumador

Estrenada en diciembre de 2022, la película acabó recaudando más de 2.300 millones de dólares, convirtiéndose en la tercera más taquillera de la historia y acallando todos los pronósticos que daban por superado el fenómeno Avatar. Si profundiza en la saga o solo aplaza su ajuste de cuentas es un debate legítimo. Lo que no se discute es el oficio. El sentido del agua es un espectáculo maximalista, sincero y a ratos demasiado largo, hecho por el único director que todavía está dispuesto a jugarse una fortuna a la idea de que el cine debe ser abrumador. En una pantalla lo bastante grande, gana la apuesta casi siempre.

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James Cameron

James Cameron

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