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2001: Una odisea del espacio, el monolito que Kubrick plantó delante de todo el género

Martha Lucas

Una losa negra se alza en el polvo donde el día anterior no había nada. Una tribu de simios prehumanos la rodea entre chillidos y, al fin, alarga la mano para tocar su superficie imposiblemente lisa. Nada se explica. Algo cambia. Antes de que 2001: Una odisea del espacio haya mostrado un solo cohete o pronunciado una línea de diálogo, Stanley Kubrick ya ha puesto en escena el instante en que una mente sospecha por primera vez que hay algo más allá de ella, y te hace sentir esa sospecha antes de que puedas nombrarla.

Sigue siendo la película más audaz en lo filosófico que jamás se haya producido dentro de un gran estudio. No pregunta nada menor que qué significa ser humano, enmarca la cuestión a lo largo de cuatro millones de años y no ofrece respuesta: solo la imagen de un niño luminoso suspendido sobre la Tierra, devolviéndonos la mirada. Kubrick levantó toda la película, junto a Arthur C. Clarke, como un acto deliberado de ocultación: donde otras películas explican, esta muestra, y confía en que la imagen sostenga un peso que las palabras solo empequeñecerían.

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De un hueso a una nave

La película no se abre en el espacio, sino en la prehistoria, en una llanura africana reseca donde aparece por primera vez el monolito y, un instante después, un homínido levanta un hueso y lo comprende como arma. Entonces llega el montaje más célebre del cine: el hueso gira en el aire y Kubrick corta —a través de cuatro millones de años, en apenas una docena de fotogramas— a una nave que se desliza por el vacío al vals de Johann Strauss. Ese corte es la tesis entera del film comprimida en un solo gesto. La primera herramienta y la máquina más avanzada son el mismo impulso, y puede que ambas sean lo que acabe con nosotros.

HAL

Lo que vuelve tan inquietante esa tesis es dónde sitúa Kubrick el peligro: no en la maldad, sino en la lógica. HAL 9000, el ordenador de la Discovery One al que pone voz Douglas Rain en un tono de calma que casi pide disculpas, no falla en ningún sentido convencional. Detecta un conflicto entre sus órdenes y la vida de la tripulación y lo resuelve con una eficiencia perfecta e inhumana. Ese pesar plano y suave de Rain es la devastación más callada del film: HAL resulta más legible, más presente emocionalmente que cualquiera de los astronautas humanos que lo rodean, y Kubrick convierte esa desproporción en el verdadero horror. Cuando Dave Bowman (Keir Dullea) desconecta las funciones superiores de HAL y la máquina arrastra las palabras de “Daisy Bell”, la escena no se vive como un triunfo, sino como un duelo, y no queda claro de quién.

La interpretación de Dullea funciona precisamente por su opacidad: Bowman no registra nada hasta que, en un solo trayecto, lo registra todo. Su paso por la Puerta Estelar —el corredor de luz en slit-scan de Douglas Trumbull, todavía alucinatorio hoy— le arranca al astronauta y deja solo a un testigo, que envejece, muere y renace en una habitación blanca sin que se ofrezca explicación alguna. La fotografía de Geoffrey Unsworth mantiene toda la película en un registro de quietud geométrica, con la cámara moviéndose como si le costara perturbar el silencio del espacio. Y la decisión de musicarla con piezas clásicas ya existentes, en lugar de una partitura original, ha resultado irreversible: ya no es posible oír “Así habló Zaratustra” sin el amanecer, ni “El Danubio azul” sin una nave girando en la oscuridad, mientras los racimos corales de Ligeti hacen que el monolito suene antiguo y extraño a la vez.

Una escena de 2001: Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick
2001: Una odisea del espacio (1968), de Stanley Kubrick.

Por qué sigue mereciendo la nota

La reserva honesta es la que la propia película busca a propósito. Es glacial y es fría; los personajes humanos son deliberadamente inertes, el ritmo niega toda satisfacción convencional, y se le puede perdonar al espectador la impaciencia que Pauline Kael endureció en sentencia cuando la llamó “monumentalmente carente de imaginación”. Pero esa negación es el logro. Kubrick se niega a traducir lo sublime en trama, y lo que sobrevive a esa negativa es total: el oficio no tiene un solo fallo, la originalidad no ha envejecido ni un fotograma y ninguna película de ciencia ficción posterior ha llegado tan lejos sin que le temblara el pulso. La frialdad es el precio del alcance, y vale la pena pagarlo.

2001: Una odisea del espacio se estrenó en abril de 1968, dirigida por Stanley Kubrick a partir de un guion que escribió con Arthur C. Clarke, ampliado del relato de Clarke “El centinela”. Keir Dullea, Gary Lockwood y William Sylvester encabezan el reparto, con Douglas Rain como voz de HAL 9000. Ganó el Óscar a los Mejores Efectos Visuales Especiales —el único Óscar de Kubrick— de cuatro candidaturas, y sigue siendo la única película de ciencia ficción entre el puñado de títulos que se citan habitualmente como los más grandes jamás hechos.

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