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Interstellar: Nolan convierte la relatividad en el reloj más cruel de la ciencia ficción

Jun Satō

Una nave cuelga ante un muro de agua bajo un cielo color pizarra, y por un instante no se mueve nada salvo el oleaje que crece detrás. Entonces una ola del tamaño de una cordillera empieza a alzarse y lo único que se oye es una respiración dentro de un casco y un órgano sosteniendo una nota larga y temblorosa. Interstellar está hecha de imágenes así —una pequeña figura humana frente a algo lo bastante vasto para borrarla— y confía en que la imagen cargue con el sentido.

La apuesta de Christopher Nolan es que la física dura puede emocionar igual que un primer plano. La película envía a un antiguo piloto a través de un agujero de gusano para buscar un mundo al que la humanidad pueda huir, y su verdadero tema es el tiempo: cerca de un agujero negro, una hora en la superficie cuesta décadas en la Tierra. La relatividad deja de ser un concepto de manual y se vuelve el reloj más cruel del género: cada minuto de la misión son años de la vida de sus hijos que no recuperará.

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La imagen y el sonido

Fotografiada por Hoyte van Hoytema en IMAX de 70 mm y película anamórfica, la imagen es enorme y extrañamente táctil: hielo, polvo, maizales, el plástico rayado de una cabina. El agujero negro, Gargantúa, es el centro: lo creó la firma de efectos Double Negative a partir de ecuaciones que aportó el físico Kip Thorne, y su halo de luz curvada se acercó tanto a la ciencia real que dio para artículos publicados. Sobre todo ello, Hans Zimmer toca un órgano de iglesia y cambia la fanfarria habitual del cine espacial por algo más cercano a la liturgia. Aquí el oficio no es decoración: es el argumento.

Rostros que hacen los cálculos

Matthew McConaughey le da suelo a la película. La escena en la que ve de una sentada veintitrés años de mensajes en vídeo de sus hijos —que envejecen ante él mientras él no— es lo mejor que ha hecho, una interpretación construida casi por entero a base de escuchar. Jessica Chastain sostiene la furia de la hija adulta, Michael Caine aporta el peso de una vieja certeza que se pudre hasta volverse mentira, y a Anne Hathaway le toca la frase más arriesgada del filme: que el amor podría ser una fuerza capaz de cruzar dimensiones. Que uno la acepte o no es el gozne sobre el que gira toda la película.

Una década después su huella está en todas partes: en cómo el cine comercial volvió a tomarse en serio la física real, en una generación que conoció la expresión “dilatación del tiempo” en una sala de cine y no en un aula. Metió el agujero de gusano y el teseracto en la conversación corriente y demostró que una gran producción de estudio podía levantarse sobre una ecuación y aun así vender entradas por cientos de millones. Pocas películas de ciencia ficción han apuntado desde entonces tan alto con tan poca ironía.

Interstellar (2014), dirigida por Christopher Nolan
Interstellar (2014), dirigida por Christopher Nolan.

Por qué merece la nota

No es impecable. El tercer acto busca lo sublime y a veces atrapa sentimentalismo; el guion sobreexplica su propia física y luego pide que el mayor salto se acepte por fe. Esos límites son reales y la mantienen justo por debajo de la primera línea. Pero la ambición es honesta y el oficio es total: una película dispuesta a parecer ingenua con tal de sentir algo, y que en gran medida lo consigue. Funciona como espectáculo, como idea y, en la escena más callada de McConaughey, como duelo.

Interstellar se estrenó en 2014, dirigida por Christopher Nolan y escrita junto a su hermano Jonathan, fotografiada por Hoyte van Hoytema y con música de Hans Zimmer. La protagonizan Matthew McConaughey, Anne Hathaway, Jessica Chastain y Michael Caine, dura 169 minutos y ganó el Óscar a los mejores efectos visuales entre cinco nominaciones.

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Christopher Nolan

Christopher Nolan

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