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El buscavidas: Paul Newman descubre que el juego nunca fue el billar

Jun Satō

El humo cuelga en el cono de luz sobre el tapete verde, y un joven en mangas de camisa recorre la mesa como si el resto de la sala no existiera. Va suelto, tiene talento, está un poco demasiado satisfecho de sí mismo: se le lee el don en la muñeca y el problema en la sonrisa. Antes de que termine la larga noche en el salón Ames habrá jugado una partida de más, y la película dejará, sin ruido, de tratar sobre el billar.

El buscavidas es la tesis de Robert Rossen de que el verdadero rival de un hombre nunca está al otro lado de la mesa. Fast Eddie Felson puede ganar a casi cualquiera con un taco en la mano; a quien no puede ganar es a sí mismo. Adaptada de la novela de Walter Tevis, la cinta usa una sola partida maratoniana como puerta a algo más antiguo y más duro: la distancia entre el talento y el carácter, entre ganar y merecer la victoria.

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La sala y el juego

Arranca con uno de los grandes duelos del cine estadounidense: Eddie contra Minnesota Fats, una sesión de toda la noche que se prolonga hasta el día siguiente mientras suben las apuestas y se espesa el humo. Jackie Gleason interpreta a Fats como un estudio de la quietud —planchado, impecable, económico— y el contraste lo dice todo. Eddie tiene el don; Fats tiene la disciplina. Eugen Schüfftan lo rueda en un blanco y negro de foco profundo, el tapete y la tiza y los rostros cansados iluminados como un combate de boxeo, hasta que la propia sala se convierte en personaje: irrespirable, ritual, despiadada.

Cuatro interpretaciones que no pestañean

Newman le da a Eddie todo su encanto y luego se lo va arrancando capa a capa, en uno de los papeles que definen su carrera. La película está cargada a su alrededor: Piper Laurie como Sarah, la mujer herida y lúcida que lo ama y lo ve por dentro; George C. Scott como Bert Gordon, el apostador-mánager cuya idea del “carácter” es lo más frío del relato. Los cuatro protagonistas fueron nominados al Oscar, y se entiende por qué: aquí nadie actúa de cara a ti, todos escuchan.

La película prácticamente inventó el drama moderno de salón de billar y le regaló al idioma una figura permanente en “Fast Eddie”. Newman volvió al personaje un cuarto de siglo después en El color del dinero, de Martin Scorsese, y se llevó por fin el Oscar que esta interpretación había merecido. La fotografía de Schüfftan ganó en su año, y también la dirección artística, pero el legado más hondo es de tono: casi todo el cine posterior sobre un perdedor con talento que aprende lo que cuesta ganar está, en algún punto de su sangre, saldando una deuda con esta.

Paul Newman como Fast Eddie Felson en El buscavidas (1961)
Paul Newman en El buscavidas (1961), de Robert Rossen.

Por qué sigue mereciendo la nota

El romance arrastra algo del melodrama de su época, y la contabilidad moral se subraya de vez en cuando más de lo necesario: esos son los límites, y son reales. Pero el oficio es total y las cuatro interpretaciones son impecables, y la idea central corta tan limpio como entonces: se puede ganar todo y perder, y perder todo y por fin ganar. Es una película sobre el fracaso que es, en sí misma, una obra casi perfecta.

El buscavidas se estrenó en 1961, dirigida por Robert Rossen a partir de un guion que escribió con Sidney Carroll, adaptado de la novela de Walter Tevis. Eugen Schüfftan la fotografió en blanco y negro; encabezan el reparto Paul Newman, Jackie Gleason, Piper Laurie y George C. Scott. Nominada a nueve Oscar y ganadora de dos, dura ciento treinta y cuatro minutos y no ha envejecido un solo día en lo que importa.

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