Actores

Paul Newman, el actor que se pasó cincuenta años discutiendo con su propia cara

Penelope H. Fritz

La obra es el alegato. Basta repasar los papeles que Newman eligió por su cuenta —Hud Bannon, Eddie Felson, Frank Galvin, Sully Sullivan— para ver dibujarse una figura que no tiene nada que ver con la portada de la prensa. Son hombres equivocados, o más pequeños de lo que aparentan, o que están malgastando algo que les fue regalado. El rostro más fotografiado de Hollywood pertenecía al actor más alérgico a lo que ese rostro parecía prometer.

Paul Leonard Newman venía de Shaker Heights, Ohio, un barrio acomodado de Cleveland donde la familia regentaba una tienda de artículos deportivos. Su padre era judío húngaro de segunda generación; su madre, eslovaca católica que con los años derivó hacia la Christian Science. Sirvió como artillero y operador de radio en bombarderos torpederos del Pacífico durante los dos últimos años de la guerra, terminó la licenciatura en teatro y economía en Kenyon College en 1949, hizo un año en la Yale School of Drama y aterrizó en Nueva York para descubrir que Marlon Brando ya había ocupado la habitación. Se pasó la primera década oyendo cuánto se le parecía.

El sistema de estudios le entregó El cáliz de plata en 1954, un desastre de capa y espada de la Warner por el que años después publicaría un anuncio en la prensa pidiendo perdón. Se quedó en televisión, siguió estudiando con Lee Strasberg, y consiguió Marcado por el odio de Robert Wise solo porque James Dean acababa de matarse en la carretera 466 y Wise necesitaba un rostro. Newman interpretó a Rocky Graziano como un niño feral metido en un cuerpo adulto, no como un púgil sentimental, y el papel se le pegó. Dos años después estaba en Cannes ganando el premio al mejor actor por El largo y cálido verano, de Martin Ritt, frente a la actriz con la que se acababa de casar en Las Vegas. Joanne Woodward sería su socia los siguientes cincuenta años.

Las interpretaciones que lo volvieron imprescindible cupieron en un quinquenio: Fast Eddie Felson en El buscavidas, de Robert Rossen; Hud Bannon a las órdenes de Martin Ritt; Luke Jackson en La leyenda del indomable; y Butch Cassidy junto a Robert Redford en Dos hombres y un destino. Los estudios siguieron vendiéndolo como galán. Newman, por debajo, construía otra cosa: una galería de hombres norteamericanos que no terminaban de ocupar el espacio que les abría su físico. Hud es un encantador que se va revelando podrido por dentro. Luke es el romántico de las cadenas, al que la institución desmonta despacio, a propósito. El público venía por los ojos y se quedaba por la denuncia.

La lectura habitual del Newman canonizado pasa por alto que él se consideraba un actor limitado trabajando muy duro contra ese límite. Lo dijo en entrevistas y por escrito. Bebió durante años. Le costaba mirarse en pantalla. Cuando la Academia le entregó el Oscar honorífico en 1986, por una carrera, lo recibió como una incomodidad y no se presentó; en la siguiente edición ganó el Oscar al mejor actor por El color del dinero, también sin pisar el escenario. Hollywood se felicitaba por haberlo notado al fin. Newman ya estaba en el problema siguiente. Su personaje favorito no era Hud ni Eddie Felson. Era el de El castañazo, una comedia bocazas de hockey de segunda división donde la cámara lo pillaba más libre que en ninguna otra parte. Ese papel lo eligió él.

El trabajo detrás de la cámara está menos contado y dice lo mismo de otra manera. Dirigió seis largometrajes: Raquel, Raquel en su debut de 1968, después Sometimes a Great Notion, El efecto de los rayos gamma sobre las margaritas, el telefilme The Shadow Box, Harry & Son y, en 1987, la adaptación de El zoo de cristal. Woodward protagonizó cinco. Eran películas domésticas sobre mujeres acorraladas y hombres que no las miraban, y las mejores —Raquel, Raquel y la de las margaritas— defendían que la vida interior merece cámara. Nunca se dirigió a sí mismo en un papel que pensara que podía cargar.

Lo que sí cargó fue una empresa. Fundó Newman’s Own en 1982 con el escritor A. E. Hotchner, en principio como una broma sobre vinagretas, e institucionalizó la broma destinando el cien por cien de los beneficios después de impuestos a obra benéfica. Al cerrar el año del centenario, en enero de 2026, las donaciones acumuladas habían superado los seiscientos millones de dólares. El Hole in the Wall Gang Camp que cofundó en 1988 para niños con enfermedades graves se transformó en la SeriousFun Children’s Network, con sedes en cincuenta países. La aritmética es más difícil de descartar que la filmografía: el actor que sospechaba que su cara confundía a la gente usó esa misma cara para sostener, año tras año, una estructura que le ha sobrevivido.

Dejó de actuar entrados los ochenta. Puso voz al Doc Hudson de Cars en 2006 y al año siguiente anunció su retirada, citando problemas de memoria. El cáncer de pulmón se lo llevó en septiembre de 2008 en Westport, Connecticut. El cine último es el de un hombre eligiendo cómo quiere ser recordado. En Camino a la perdición interpretó a un patriarca católico tranquilo, casi arrepentido. Tres años después, en Empire Falls para HBO, encarnó a un padre de pueblo bebiéndose algo que ya había perdido, y ganó el Emmy. Entre medias volvió a Broadway con Nuestro pueblo, de Thornton Wilder, y consiguió, a los setenta y ocho, una nominación al Tony por el papel escrito para un hombre haciendo balance de su vida.

El año del centenario, entre enero de 2025 y enero de 2026, fue la primera lectura completa del canon hecha en público. Las memorias póstumas que sus hijas y el editor David Rosenthal armaron a partir de las cintas de Stewart Stern —las que Newman creía haber quemado— se publicaron en 2022 con un título que suena a corrección personal: The Extraordinary Life of an Ordinary Man. El mismo año apareció el documental en seis partes de Ethan Hawke sobre Newman y Woodward. El retrato que llega quince años después de su muerte es menos pulido que el de la publicidad y se acerca mucho más al lugar que él intentaba señalar. La cara era una herencia. El trabajo, y la fundación, fueron la respuesta.

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