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Jewel: un ensayo visual sobre el apartheid que olvida a sus personajes

Martin Cid
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La primera toma de Jewel (2022) es un plano fijo: una cámara que recorre lentamente los rostros grabados en un memorial, nombres y fechas que hablan de violencia pasada pero nunca olvidada. Esa mirada fría y meticulosa —casi periodística— define el estilo de Adze Ugah, director sudafricano que aquí explora la herida colonial a través de una historia de amor entre dos mujeres marcadas por esa historia. Michelle Botes, como la fotógrafa blanca, y Connie Chiume, como la mujer local, son los polos de un drama que quiere ser íntimo pero termina siendo, ante todo, ideológico.

El problema no es la ambición. Ugah y Glenrose Ndlovu, coautores del guion, tienen claro lo que quieren decir: el pasado nunca muere en Sudáfrica, y las relaciones personales —incluso las más sinceras— están condicionadas por ese trauma colectivo. El conflicto racial, la culpa histórica y la imposibilidad de reconciliación sin justicia son temas que la película aborda con crudeza, casi como si cada plano estuviera cargado de una urgencia política. Pero ahí está el primer fallo: Jewel se siente más como un ensayo visual sobre el apartheid que como una historia de personajes. Las escenas entre Botes y Chiume tienen momentos de ternura genuina —un roce de manos, una mirada sostenida—, pero siempre parecen al servicio de un mensaje mayor, nunca del desarrollo emocional entre ellas.

La cinematografía es, sin duda, lo más logrado. Ugah opta por planos largos y composiciones simétricas que recuerdan al cine de Claire Denis o a la primera hora de Parasite: hay una belleza fría en esos paisajes sudáfricanos, donde el verde exuberante contrasta con las ruinas de un pasado violento. Es una elección audaz para una película de bajo presupuesto (Netflix no suele invertir mucho en producciones locales fuera del star system), pero que a veces cae en lo pictórico. Demasiadas tomas parecen pensadas para ser admiradas, no para contar algo concreto sobre los personajes.

Botes y Chiume son las únicas que logran escapar de ese riesgo. Botes, especialmente, tiene un momento memorable cuando su personaje visita el memorial por primera vez: hay una mezcla de fascinación y horror en su mirada que la actriz transmite sin palabras. Es uno de los pocos instantes donde Jewel deja de predicar para simplemente mostrar. Chiume, por su parte, aporta una presencia calmada pero intensa, como si su personaje llevara el peso de siglos de opresión sobre sus hombros.

Pero el guion tropieza en la estructura. La película salta constantemente entre el presente y el pasado sin siempre justificar esos cambios. Hay secuencias enteras —como los flashbacks del masacre— que podrían haber sido sugeridas, no mostradas con tanto detalle. Ugah parece querer decirlo todo de golpe: el trauma histórico, la culpa blanca, el amor queer en una sociedad conservadora, la memoria colectiva. Pero al final, Jewel se siente más como un collage de ideas buenas que como una película cohesionada.

¿A quién va dirigida? Probablemente a un público ya convencido del mensaje. Los críticos que celebraron su estreno en festivales sudáfricanos destacaron su «valentía política» y la «frescura visual», pero otros señalaron lo predecible de su narrativa: una fotógrafa blanca redime su culpa colonial amando a una mujer negra, mientras el espectador recibe lecciones sobre historia local. No es que sea falso —al contrario, hay sinceridad en cada plano—, pero falta riesgo emocional.

Comparada con otras películas recientes sobre trauma histórico —como The Woman King— Jewel se queda corta en profundidad psicológica. Donde esas cintas lograban que el espectador sintiera, no solo pensara, Ugah se queda en la superficie.

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La dirección de Ugah es consistente pero a veces rígida. Hay una escena, hacia la mitad del metraje, donde las dos protagonistas discuten en un café: el plano fijo y la iluminación plana hacen que el conflicto parezca más teatral que orgánico. Es un ejemplo de cómo Jewel prioriza el simbolismo sobre la naturalidad. Los diálogos, escritos por Ndlovu y Ugah, funcionan mejor cuando son breves —un intercambio de miradas dice más que cualquier monólogo—, pero en los momentos clave, como la revelación del pasado compartido entre las dos mujeres, caen en lo explicativo.

El sonido también juega un papel importante. La banda sonora, minimalista y basada en percusión tradicional sudafricana, refuerza el tono opresivo de la película. Pero hay un detalle técnico que falla: en varias escenas al aire libre, los diálogos se pierden entre el ruido ambiental, como si el equipo de sonido hubiera priorizado la atmósfera sobre la claridad.

El reparto secundario —Connie Chiume, Senzo Radebe y otros— cumple sin destacar. Son personajes dibujados con trazos gruesos: el hermano violento, la madre sabia, el amigo leal. No hay matices en sus interpretaciones, lo que refuerza la sensación de que Jewel es más un manifiesto que una obra narrativa compleja.

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El tema central —la imposibilidad de reconciliación sin justicia— es relevante y urgente, pero Ugah no encuentra el equilibrio entre lo personal y lo político. Hay un momento, hacia el final, donde Botes visita la casa de Chiume y descubre fotos de su familia en el memorial: debería ser una escena devastadora, pero el plano general y la actuación contenida de Botes la convierten en un gesto más intelectual que emocional.

La película también tropieza en su tratamiento del amor queer. La relación entre las dos mujeres nunca se siente orgánica; parece más una herramienta narrativa para explorar temas históricos que un vínculo humano genuino. Hay una escena, en particular, donde se besan por primera vez: la cámara se aleja como si estuviera documentando un evento histórico, no capturando un momento íntimo.

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Jewel tiene momentos de verdadera belleza visual y honestidad política, pero su narrativa fragmentada y su falta de profundidad emocional la convierten en una experiencia desigual. Ugah demuestra talento para la dirección visual —los planos largos de los paisajes sudáfricanos son memorables— y Botes y Chiume aportan actuaciones sólidas, pero el guion no les da suficiente espacio para desarrollar sus personajes.

La película se dirige a un público específico: espectadores interesados en el cine político y comprometido, dispuestos a perdonar sus fallos narrativos por su mensaje. Pero incluso para ese público, Jewel deja preguntas sin responder. ¿Qué significa realmente la redención para Botes? ¿Cómo afecta el trauma histórico a Chiume más allá de lo obvio? Ugah no profundiza lo suficiente.

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Comparada con otras películas recientes sobre temas similares, como The Woman King, que logra equilibrar acción y drama personal, o Past Lives, que explora el amor y la identidad con sutileza, Jewel queda en un lugar intermedio.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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