Cine

El gabinete del doctor Caligari convirtió las paredes pintadas en un estado mental

Jun Satō

En la ciudad de Holstenwall no hay una sola línea recta. Las calles se inclinan, las ventanas se afilan como cuchillos y las sombras no se proyectan: están pintadas en el suelo, clavadas, sin ningún sitio adonde ir. El gabinete del doctor Caligari no muestra una mente perturbada desde fuera. La construye alrededor del espectador y cierra la puerta.

Cada superficie de la película de Robert Wiene está hecha a mano. El decorado, trazado por los pintores Hermann Warm, Walter Reimann y Walter Röhrig, no es el fondo de la historia: es su argumento. Las paredes se tuercen porque está torcido quien las narra. La imagen es el diagnóstico.

Un rostro blanco de tiza

Conrad Veidt interpreta a Cesare, el sonámbulo guardado en un gabinete y despertado solo para matar. Se desliza por un muro pintado con la espalda pegada a él, una silueta negra que cruza la herida blanca del decorado, y su interpretación es casi pura cuestión de línea y peso. El Caligari de Werner Krauss es ángulo encorvado y gafas redondas; el Francis de Friedrich Feher y la Jane de Lil Dagover son las formas humanas y blandas que la geometría intenta romper.

Nada aquí es naturalista, y ahí está la clave. Los actores se colocan como figuras de un grabado. El maquillaje esculpe los pómulos, el negro hunde los ojos y el cuerpo se vuelve una forma dibujada más dentro del plano.

La historia dentro de la historia

Un feriante llega a una verbena con un sonámbulo que, asegura, predice el futuro. Un amigo aparece asesinado de madrugada. Francis sigue el rastro hasta el doctor Caligari y hasta un manicomio, y la película parece resolverse como el desenmascaramiento de un asesino. Entonces gira: todo el relato puede ser el delirio de un paciente, y es el médico de confianza quien nos lo cuenta.

Ese marco se añadió durante la producción, contra el instinto de los guionistas Hans Janowitz y Carl Mayer, cuya desconfianza hacia la autoridad venía afilada por la Primera Guerra Mundial. Su versión señalaba al médico; la película terminada le devuelve la aureola a la autoridad. Décadas después, el crítico Siegfried Kracauer leyó esa inversión como un síntoma nacional y tituló con ella un libro entero, De Caligari a Hitler.

Por qué las paredes aguantan

Esta es la película en la que el expresionismo salió del lienzo y entró en la pantalla, y casi todo lo inquietante del cine posterior le debe algo. Las sombras bajas y afiladas desembocan en el cine negro; la idea de que un decorado puede pensar llega al terror y a admiradores que van de Alfred Hitchcock a Tim Burton. Como reseña, el veredicto es sencillo: el siglo no ha envejecido la idea, solo el celuloide.

Se estrenó en el Marmorhaus de Berlín en el invierno de 1920, producida por Decla-Bioscop bajo Erich Pommer y fotografiada por Willy Hameister, y dura algo más de setenta minutos. Las copias restauradas muestran hoy los virajes de color que aquel mundo pintado siempre estuvo destinado a llevar.

Vista una vez, la trama puede parecer una pieza de museo. Mira el encuadre y sigue por delante de nosotros, porque las paredes recuerdan.

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Robert Wiene

Robert Wiene

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