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El más allá de Kobayashi sigue siendo la cumbre insuperada del terror japonés y una deuda que los vivos aún no han saldado

Masaki Kobayashi adapta en 1964 los relatos de Lafcadio Hearn en una antología sobrenatural de rigor moral y belleza pictórica sin igual.
Martha O'Hara
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La cámara se detiene en un samurái empobrecido; en sus ojos, la desesperación de quien ya ha tomado la decisión que lo condenará. Esta imagen inicial de Kwaidan (1965), dirigida por Masaki Kobayashi, establece el tono de una película que no busca entretener, sino sumergir al espectador en un estado de inquietud sostenida.

Kobayashi adapta cuatro cuentos populares japoneses —historias de fantasmas que mezclan horror, fantasía y drama— donde el miedo es siempre consecuencia de una elección humana. Cada segmento, desde «El cabello negro» hasta el episodio del samurái y su reflejo en la taza de té, explora la codicia, la venganza y las consecuencias de romper con lo sagrado. El diseño de producción es el gran argumento visual de la película: los decorados son meticulosos, con colores saturados que recuerdan grabados antiguos, y los planos largos permiten que la atmósfera se asiente antes de que el horror intervenga.

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El segmento «El cabello negro» funciona especialmente bien gracias a su narrativa simple pero efectiva: un hombre abandona a su primera esposa por dinero, solo para descubrir demasiado tarde el coste de su traición. La actuación de Michiyo Aratama como la primera esposa es contenida pero poderosa, especialmente en los momentos finales cuando su presencia espectral se vuelve ineludible. El uso del sonido —el crujido de las hojas, el susurro del viento— refuerza la sensación de inquietud.

Sin embargo, no todo resiste igual bajo escrutinio. Con más de tres horas de duración, Kwaidan a veces cede a la autoindulgencia, especialmente en el segmento de Hoichi el músico sin orejas, donde la construcción del suspense se extiende hasta el punto de perder tensión. La película también depende demasiado de su estética visual para compensar momentos en los que la narrativa se vuelve predecible o lenta.

Aun así, la mano de Kobayashi sostiene el conjunto con firmeza. Cada segmento es una pieza cuidadosamente ensamblada, y aunque no todos alcanzan el mismo nivel de impacto, la coherencia visual y temática los mantiene unidos. La elección de trabajar con actores como Rentarō Mikuni y Misako Watanabe añade peso a las historias, aunque sus interpretaciones son a veces más funcionales que memorables.

Lo que mejor sostiene la película —más que cualquier etiqueta de influencia que se le quiera colgar— es la especificidad de cada historia. El segmento de la mujer de las nieves propone un horror más silencioso: un hombre que sobrevive a una tormenta gracias a Yuki la Doncella de la Nieve descubre que ese rescate tenía condiciones no negociadas. La vida que sigue es ya una deuda con lo sobrenatural, y Kobayashi concede al blanco y al silencio el peso dramático que en otros episodios lleva el color. «En un tazón de té», el segmento final, trabaja sobre una lógica casi metaficcional: un autor narra la historia de un samurái que ve el reflejo de otro guerrero en su taza, y la pregunta de si esa narración termina por envolver también al narrador queda sin respuesta. Es el segmento más breve y, paradójicamente, el que más tarda en olvidarse.

El reparto, aunque no siempre destacado individualmente, contribuye a la coherencia general de la película. Rentarō Mikuni, en particular, aporta una presencia sombría al segmento «El cabello negro», mientras que Kenjirō Ishiyama y Ranko Akagi añaden densidad a las dinámicas familiares del mismo episodio. La dirección de Kobayashi, con su uso del color y su capacidad para sostener largos planos sin que decaiga la tensión, se convierte en el auténtico motor de la película: no hay aquí una figura heroica, solo el peso acumulado de las decisiones equivocadas.

Habrá espectadores que pierdan la paciencia con el ritmo deliberado —esa voluntad de dejar que el silencio trabaje, de no resolver la tensión antes de que cuaje—, y el reproche tiene su lógica. Kwaidan no pertenece al horror que persigue el sobresalto: trabaja en otro registro, el de las formas antiguas que entienden lo sobrenatural como extensión lógica del mundo moral. No busca complacer a una audiencia masiva: prefiere incomodar, dejar poso, hacer que el espectador cargue con lo que ha visto una vez apagada la pantalla.

En última instancia, Kwaidan no se parece a casi nada de lo que el terror convencional ofrece. Su ritmo deliberado y su enfoque en la ambientación sobre el susto inmediato pueden frustrar a quienes buscan otro tipo de horror, pero para quien esté dispuesto a dejarse llevar, la película deja algo que no es exactamente miedo: es el poso de haber asistido a algo que no pide perdón por tomarse su tiempo.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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