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Hitman’s Wife’s Bodyguard: una secuela vacía sin frescura ni equilibrio

Martin Cid
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El helicóptero explota sobre las aguas turquesas de Capri, Ryan Reynolds cuelga del lateral con una sonrisa burlona mientras Samuel L. Jackson le dispara desde dentro. Esta imagen absurda resume perfectamente Hitman’s Wife’s Bodyguard: un cóctel de acción exagerada y comedia disparatada que intenta repetir el éxito de su predecesora, pero se queda en un ejercicio vacío. Dirigida por Patrick Hughes —conocido más por su trabajo en telefilms que por cine de autor— y escrita por Tom O’Connor junto a los hermanos Murphy, esta secuela del 2017 apuesta por la fórmula del «más es mejor», pero sin la frescura ni el equilibrio del original.

La trama, aunque predecible, intenta añadir capas: Michael Bryce (Reynolds), guardaespaldas suspendido, se ve obligado a trabajar con Darius Kincaid (Jackson) y su esposa Sonia (Salma Hayek) para detener al villano de turno, Aristóteles Papadopoulos (Antonio Banderas). El problema no es la premisa en sí —un thriller de acción con toques cómicos puede funcionar—, sino cómo se ejecuta. Hughes elige saturar cada plano con información visual, desde explosiones hasta chistes verbales, pero lo hace sin jerarquía clara. La película parece más preocupada por mantener un ritmo frenético que por desarrollar personajes o emociones.

Donde la dirección sí funciona es en las secuencias de acción pura. El tiroteo inicial en Capri, la persecución en coche por Florencia y el enfrentamiento final son ejemplos de cómo Hughes maneja bien los set-pieces cuando se limita a filmar movimiento sin distracciones. Sin embargo, estos momentos brillantes contrastan con escenas más tranquilas que carecen de chispa. La subtrama del matrimonio Kincaid —Sonia quiere tener un hijo y Darius lidia con su pasado criminal— intenta dar profundidad al filme, pero termina siendo tan superficial como los diálogos de Reynolds. Hayek, aunque carismática, queda reducida a un estereotipo: la mujer peligrosa con explosivos en las muñecas.

El guión comete el error de confiar demasiado en chistes basados en estereotipos raciales y sexuales, algo que funcionó mejor en la primera película porque era parte del tono general. Aquí, sin embargo, estos chistes se sienten repetitivos e incluso incómodos. Reynolds y Jackson tienen química suficiente para sostener algunos momentos, pero su dinámica no evoluciona. El verdadero problema es el papel de Hayek: aunque su personaje tiene potencial —es una estafadora internacional con habilidades letales—, la película nunca explora sus motivaciones más allá de los clichés.

La inclusión de Antonio Banderas como villano es otro punto débil. Su interpretación exagerada, con un acento europeo forzado y gestos teatrales, recuerda a los malos de las películas de James Bond de los 60. Aunque puede ser divertido en pequeñas dosis, su presencia diluye cualquier tensión que la película intenta construir. Morgan Freeman aparece como el padre de Bryce, pero su papel es tan superficial que ni siquiera merece mencionarse. Es una lástima, porque Freeman tiene un talento único para añadir peso emocional a escenas ordinarias.

La dirección de arte y los efectos visuales son funcionales, pero nada memorable. Los decorados —desde la villa en Capri hasta el apartamento en Florencia— son atractivos visualmente, pero carecen de personalidad. La banda sonora, llena de canciones pop y rock antiguas, intenta añadir capas de nostalgia, pero termina sintiéndose como un collage desconectado de la trama. El mayor pecado del filme es su falta de originalidad: cada giro argumental parece sacado de una lista de clichés de películas de acción de los 80 y 90, desde el villano que monologa hasta el guardaespaldas redimido por sus protectores.

Hitman’s Wife’s Bodyguard es una película para ver en un vuelo transatlántico, no para analizar o recordar. Está dirigida a un público específico: aquellos que buscan una experiencia cinematográfica sin pretensiones, llena de acción y risas fáciles. Sin embargo, incluso para ese público, la película deja mucho que desear. La primera Hitman’s Bodyguard tenía el mérito de ser consciente de su propia absurdidad, pero esta secuela parece tomar todo en serio —y eso es un problema.

Hughes demuestra habilidad para mantener la pantalla llena de movimiento, aunque a veces sacrifica coherencia espacial por estilo. La película salta de un set-piece a otro sin construir tensión real o desarrollo de personajes. Los efectos visuales son decentes, pero nada que vaya a quedar en la memoria colectiva. La banda sonora, aunque intenta añadir capas de nostalgia, termina sintiéndose como un collage desconectado de la trama.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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