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The Last Mercenary: van damme se divierte como nunca

Martin Cid
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Imagina la escena: Jean-Claude Van Damme, con sus 60 años a cuestas pero aún capaz de encarnar al héroe de acción, se lanza desde lo alto de un camión en movimiento. No lleva consigo el ímpetu épico de Kickboxer ni la solemnidad de Universal Soldier, sino una sonrisa cómplice hacia la cámara que delata el tono de The Last Mercenary (2021): una comedia de acción francesa dirigida por David Charhon, que intenta reinventar al actor belga como un mercenario entrado en años pero aún letal.

La película sigue a Richard Brumère (Van Damme), conocido como «La Brume» («The Mist»), un exagente de servicios secretos francés convertido en mercenario. Tras décadas de ausencia, Brumère regresa a París cuando su hijo (Alban Ivanov) es acusado erróneamente de terrorismo por Archibald Al Mahmoud (Samir Decazza). La premisa, aunque simple, sirve como excusa para una serie de situaciones absurdas y violentas que mezclan el género de acción con la comedia slapstick. El resultado es un film dirigido a los fans de Van Damme y los nostálgicos de las películas de los 80 y 90, pero también a quienes buscan algo ligero en Netflix.

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Donde The Last Mercenary triunfa es en su tono desenfadado y autocrítico. Van Damme, lejos de tomarse a sí mismo en serio, parodia su propia imagen de estrella de acción con gags físicos que oscilan entre lo torpe y lo divertido. Su caída desde el camión, por ejemplo, es tan ridícula como entretenida: un guiño a sus acrobacias juveniles pero ejecutado con una sonrisa cómplice hacia la cámara. La escena funciona porque no intenta ser épica; es consciente de su propia absurdidad, algo que Van Damme lleva a cabo con un encanto inesperado.

La química entre él e Ivanov, el hijo torpe y cobarde, es otro punto fuerte. Sus escenas de padre e hijo—como cuando Brumère intenta enseñarle a su vástago a disparar un arma, solo para que este último se desmaye del susto—son el corazón cómico de la película. Ivanov, con su actuación exagerada y sus gestos desesperados, equilibra perfectamente la presencia serena pero letal de Van Damme. Juntos, crean momentos memorables que recuerdan a las comedias de acción clásicas, donde el humor surge de la disparidad entre los personajes.

Sin embargo, el guión de Charhon tropieza con sus propios pies. La trama avanza como un tren sin frenos: explosiones, persecuciones y giros argumentales se suceden sin pausa ni desarrollo real. El tercer acto, en particular, cae en una serie de clichés del género—el villano carismático que monologa antes de morir, el rescate en el último momento—que diluyen cualquier originalidad previa. Peor aún, la película nunca decide si es una comedia o un thriller de acción: cuando debería reírse de sí misma, se toma demasiado en serio.

Las actuaciones secundarias son funcionales pero olvidadas. Assa Sylla, como Dalila, la exmujer de Brumère, y Éric Judor, como el amigo torpe del hijo, aportan algunos momentos de humor, pero sus personajes carecen de profundidad. La dirección de Charhon es competente: los planos de acción están bien coreografiados (aunque nada innovadores), y la edición mantiene un ritmo frenético que evita que el espectador se aburra.

La música de The Last Mercenary merece una mención aparte. Aunque no sea memorable, cumple su función de acompañar las escenas de acción sin distraer al espectador. Los efectos especiales, por otro lado, son adecuados para un presupuesto modesto pero carecen del pulido de producciones más ambiciosas.

The Last Mercenary es una película para fans de Van Damme o aquellos que busquen algo ligero en Netflix. No es una obra maestra, pero tampoco pretende serlo. Su mayor logro es recordar a los espectadores por qué Van Damme fue una estrella en su momento: no solo por sus habilidades físicas, sino por su capacidad para conectar con el público. Si bien la trama y los personajes son predecibles, el humor y las actuaciones principales compensan algunas de sus deficiencias.

La película también explora temas interesantes, aunque de manera superficial. La relación entre padre e hijo es el eje central, pero se trata con una ligereza que impide un desarrollo emocional más profundo. El filme podría haber aprovechado mejor esta dinámica para ofrecer algo más sustancial, pero en su lugar opta por mantenerse dentro de los límites del género.

En comparación con otras comedias de acción recientes, The Last Mercenary se sitúa en un terreno intermedio. No alcanza la profundidad de John Wick, ni el humor absurdo de Deadpool, pero ofrece una experiencia entretenida para quienes buscan algo diferente. La dirección de Charhon es segura pero sin riesgos, lo que resulta en una película agradable pero olvidable.

The Last Mercenary no es una película esencial del año, pero cumple su función como entretenimiento ligero. Su mayor virtud es la actuación de Van Damme, que logra mantener al espectador enganchado a pesar de las deficiencias del guión y la trama.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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