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Fast X: un caos sin alma

Martin Cid
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El coche se zambulle en el río Tíber, una explosión de metal y agua que domina la pantalla. Es un momento espectacular, pero también revelador: Fast X (2023), dirigida por Louis Leterrier, es una película que confunde el exceso con la profundidad. Con un presupuesto descomunal de $378 millones —el sexto más caro de la historia—, esta décima entrega de la franquicia Fast & Furious se lanza a la pantalla grande como un monstruo de acción sin frenos, pero también como una narrativa que ha perdido el rumbo.

La premisa es simple: Dom Toretto (Vin Diesel) y su familia enfrentan al vengativo Dante Reyes (Jason Momoa), hijo del antiguo antagonista Hernan Reyes. La venganza, la familia y las carreras de coches son los pilares sobre los que se construye la película. Sin embargo, lo que podría haber sido una trama emocionante y coherente se desmorona bajo el peso de un guión repleto de subtramas innecesarias y diálogos torpes.

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Leterrier, conocido por su trabajo en Clash of the Titans (2010) y The Incredible Hulk (2008), intenta imprimir su estilo visual a la franquicia, pero se ve limitado por un guion que parece haber sido escrito por comité. La película fue coescrita por Dan Mazeau y Justin Lin, quien también trabajó en varias entregas anteriores de la saga. Sin embargo, la dirección de Leterrier carece de la coherencia emocional que alguna vez hizo únicas a estas películas.

Donde Fast X acierta es en las secuencias de acción más descabelladas. La persecución en Roma, con el DM-79 sub-nautical neutron mine (un nombre que parece sacado de una convención de cómics), es técnicamente impresionante. Las coreografías de los coches, los saltos y las explosiones están bien ejecutadas, aunque carecen de la innovación visual que se espera de un presupuesto tan elevado.

Jason Momoa roba escenas con una actuación exagerada y divertida. Su personaje, Dante Reyes, es un villano caricaturesco, pero Momoa le da un carisma que hace que su presencia en pantalla sea memorable. Es uno de los pocos puntos brillantes en un elenco que, por lo demás, cumple sin destacar.

El problema principal de Fast X es su estructura narrativa. La película intenta equilibrar el humor absurdo con momentos serios, pero el resultado es un tono desconcertante. Las bromas entre Roman (Tyrese Gibson) y Tej (Ludacris) funcionan, pero chocan contra escenas como la muerte de un personaje clave que se siente más como un giro obligatorio que como un momento orgánico.

La introducción de nuevos personajes, como Tess, hija de Mr. Nobody, y el regreso de viejos conocidos, como Jakob (John Cena) y Cipher (Charlize Theron), ahogan la trama bajo capas de subtramas innecesarias. La estructura narrativa es un laberinto confuso, con saltos entre ubicaciones que nunca logran crear tensión real.

El guión está repleto de diálogos torpes y momentos emotivos forzados. La relación entre Dom y Letty (Michelle Rodriguez) se explora superficialmente, y el arco de Jakob carece de peso dramático. Incluso la música de Brian Tyler, aunque competente, no logra elevar las escenas emocionales.

Fast X es una película dirigida a los fans más acérrimos de la franquicia, aquellos que han seguido cada entrega y están dispuestos a perdonar sus defectos. Para el público casual, sin embargo, la película puede resultar abrumadora y confusa. La falta de coherencia narrativa y la sobrecarga de subtramas hacen que sea difícil seguir la trama principal.

En comparación con otras películas de la franquicia, Fast X carece del equilibrio entre acción y emoción que hizo únicas a entregas como Fast Five (2011) o Furious 7 (2015). Estas películas lograban crear un vínculo emocional con los personajes mientras mantenían una narrativa coherente. Fast X, en cambio, se pierde en su propio exceso.

La dirección de Leterrier es competente, pero carece del estilo distintivo que se espera de un director. Las coreografías de acción son impresionantes, pero la falta de innovación visual hace que las escenas se sientan repetitivas. La fotografía de Jonathan Sela es funcional, pero no logra destacar en una película que necesita desesperadamente algo más que lo básico.

El diseño de producción es otro punto fuerte de la película. Las ubicaciones exóticas, como Roma, Lisboa y Los Ángeles, añaden un elemento visual interesante. Sin embargo, incluso estos aspectos se ven eclipsados por la falta de coherencia narrativa.

En el fondo, Fast X es un ejemplo de cómo una franquicia puede volverse víctima de su propio éxito. Con un presupuesto estimado de $378 millones, es uno de los films más caros jamás realizados, pero ese dinero no se traduce en calidad narrativa o innovación visual. La película intenta ser todo para todos: una película de acción, un thriller familiar y una comedia absurda.

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