Cine

Padre y soldado recupera lo que el cine francés prefirió olvidar durante un siglo

Liv Altman

Bakary Diallo no es el tipo de héroe que el cine ha canonizado. No es el soldado que abraza la causa, el patriota que carga hacia el enemigo con convicción. Es un padre que se alista en el ejército francés por una sola razón: su hijo de 17 años está ahí, reclutado por la fuerza, y alguien tiene que mantenerse a su lado. Padre y soldado (Tirailleurs en su título original francés) construye su argumento sobre esa distinción tan sencilla como políticamente cargada.

Mathieu Vadepied debuta como director de largometraje con una película de guerra que curiosamente no quiere ser una película de guerra. No hay heroísmo épico, no hay nación que defender. Lo que hay es una relación entre un hombre mayor y su hijo adolescente, desgastada por semanas de trincheras, lodo y órdenes de oficiales franceses que ven a los soldados senegaleses como carne prescindible. Omar Sy encarna a Bakary con una contención que resulta inusual en su carrera; el actor, conocido por papeles expansivos y cálidos, encuentra aquí un registro más austero y físicamente preciso.

Los Tirailleurs Sénégalais fueron el nombre oficial de los soldados coloniales africanos reclutados por Francia para sus guerras. Durante la Primera Guerra Mundial, unos 600.000 hombres del África subsahariana lucharon bajo bandera francesa, muchos de ellos sin haber elegido hacerlo. El cine francés ha tardado más de un siglo en hacer a uno de estos hombres el protagonista de un relato cinematográfico de primera magnitud. Esa demora es en sí misma un dato político, y Vadepied lo sabe: la película no lo proclama, pero lo demuestra con cada decisión narrativa.

Alassane Diong, en su primer papel importante, da una actuación que el tiempo podría recordar como la más difícil de la película. Thierno comienza siendo un joven aterrorizado y acaba siendo algo diferente — no exactamente un soldado, no exactamente el hijo que partió de la aldea senegalesa — y esa transformación se inscribe en el cuerpo más que en el diálogo. La película no subraya el momento del cambio porque lo que le interesa es la acumulación: lo que le hace a la relación entre padre e hijo el simple hecho de sobrevivir juntos en condiciones que no fueron diseñadas para ninguno de los dos.

La fotografía de Julien Roux establece desde el principio un contraste visual que funciona como argumento: los planos de Senegal, luminosos y específicos, contra la oscuridad funcional de las trincheras. No es espectáculo — es la diferencia entre un mundo que existe y un frente que consume. Vadepied no explota las imágenes de la guerra; las usa como contexto para las caras de los dos hombres.

Padre y soldado es una película contenida que pide paciencia. Su sección central puede sentirse lenta para quien espera el crescendo dramático habitual del género bélico. Pero lo que la película gana con esa contención es una credibilidad emocional que las versiones más grandiosas del mismo material raramente consiguen. Al lado de Indigènes (Rachid Bouchareb, 2006), que recuperó la historia de los soldados norteafricanos en la Segunda Guerra Mundial, forma un díptico del cine francés mirándose al espejo de su historia colonial. Es una mirada tardía, pero necesaria.

Dirección

Mathieu Vadepied
Photo via The Movie Database (TMDB)

Mathieu Vadepied

Fotos: The Movie Database (TMDB)

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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