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Hilma: Un biopic con pinceladas de grandeza pero narrativamente vacío

Molly Se-kyung
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La escena inicial de Hilma es un lienzo en blanco, una metáfora visual que se convierte en el corazón palpitante de toda la película. Durante esos primeros segundos, mientras la cámara se acerca lentamente a la tela virgen, el espectador se pregunta si esto será todo lo que verá: un vacío artístico que el filme intenta llenar con pinceladas de historia y color. Pero entonces, como un rayo de luz dorada en un estudio oscuro, aparece Lena Olin como Hilma af Klint, y la tela cobra vida bajo sus pinceladas. Es una introducción audaz para un biopic que promete revelar a una pionera del arte abstracto olvidada por la historia, pero también es el primer indicio de los desafíos narrativos que Hilma enfrentará.

Dirigida por Lasse Hallström (Chocolat, Safe Haven), esta película se presenta como un drama histórico que abarca desde los primeros años de la artista sueca hasta el presente, mostrando cómo sus pinturas—revolucionarias para su tiempo—fueron ignoradas durante décadas. El guion intenta ser ambicioso al retratar no solo la vida personal de af Klint, sino también las circunstancias sociales, culturales y espirituales que permitieron (o impidieron) la creación de su obra. El elenco incluye a nombres como Lily Cole (Snow White and the Huntsman, The Imaginarium of Doctor Parnassus), Tom Wlaschiha (Dark, Game of Thrones), y una joven Tora Hallström en el papel de Hilma en sus años formativos.

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Donde Hilma brilla es, sin duda, en su representación visual del proceso creativo. Las secuencias que muestran a af Klint trabajando son hipnóticas: la cámara se mueve con precisión quirúrgica alrededor de los lienzos, captando el movimiento de las pinceladas como si fueran danzas rituales. Hallström utiliza planos cercanos y primeros planos extremos para enfatizar la intimidad entre la artista y su obra, una elección que refuerza el carácter espiritual de su arte. La fotografía, bañada en tonos cálidos y fríos alternados, evoca tanto la luz nórdica como los misticismos que influyeron en af Klint. Estos momentos son los más fuertes de la película, donde la dirección y la actuación de Olin se alinean para crear una experiencia casi meditativa.

Sin embargo, el mayor desafío de Hilma es su estructura narrativa. La película intenta abarcar demasiado: la vida personal de af Klint, el contexto histórico de principios del siglo XX, sus conflictos con figuras como Rudolf Steiner (interpretado por Tom Wlaschiha), y finalmente, un salto abrupto al presente para mostrar cómo su arte resuena hoy en día. Este último acto, aunque bien intencionado, se siente forzado y desequilibra el peso emocional de la película. El salto temporal desde los años iniciales del siglo XX hasta el siglo XXI no solo interrumpe el ritmo, sino que también diluye la profundidad psicológica que podría haberse explorado en más detalle.

Además, aunque Lena Olin ofrece una actuación contenida y poderosa—demostrando una vez más por qué es una de las actrices más versátiles del cine europeo—, algunos personajes secundarios quedan subdesarrollados. Wlaschiha, por ejemplo, interpreta a Steiner como un líder carismático pero algo ambiguo, lo que deja al espectador preguntándose si su papel en la vida de af Klint fue realmente significativo o simplemente un obstáculo más en su camino artístico. Otros personajes, como Mathilda (Lily Cole) y Anna Cassel (Catherine Chalk), parecen existir solo para proporcionar contexto emocional sin desarrollar una presencia propia.

El problema central de Hilma es que, aunque tiene todas las piezas necesarias para ser una gran película—una protagonista fascinante, un elenco talentoso, una dirección visualmente atractiva—, no logra ensamblarlas de manera coherente. La película quiere ser muchas cosas a la vez: un homenaje, una corrección histórica y una exploración psicológica. Pero al intentar abarcar tanto, termina siendo un collage bien intencionado pero desigual. Las escenas en las que af Klint discute sus ideas abstractas con otros artistas o espiritistas son fascinantes, pero luego se pierden en transiciones abruptas o en momentos de relleno que ralentizan el ritmo.

Otro aspecto problemático es la falta de un arco emocional claro para Hilma af Klint. Aunque vemos su evolución como artista, no sentimos su crecimiento como persona. Las decisiones que toma—como su reticencia a mostrar sus pinturas al público o su dedicación al misticismo—se presentan más como hechos históricos que como conflictos internos. Esto hace que la película carezca de ese momento de catarsis emocional que toda gran biografía necesita.

En comparación con otros biopics recientes, Hilma se queda corta en términos de narrativa y profundidad. Películas como Maudie, que explora temas similares de identidad y legado, logran crear una conexión emocional mucho más fuerte con sus personajes. Mientras tanto, Hilma se siente más como un documental dramático que como una experiencia cinematográfica inmersiva.

A pesar de estos problemas, la película tiene momentos brillantes. La actuación de Lena Olin es, sin duda, el punto más alto de Hilma. Su capacidad para transmitir la intensidad y la vulnerabilidad de af Klint es admirable, y en las escenas donde está sola frente a sus lienzos, logra crear una atmósfera casi mágica. Además, la dirección de Hallström demuestra un claro entendimiento del arte abstracto y su importancia histórica, lo que se refleja en la cuidadosa atención al detalle visual.

En última instancia, Hilma es una película necesaria para los amantes del arte y la historia cultural, pero no logra ser tan conmovedora como debería. Su mayor logro es recordar al mundo quién fue Hilma af Klint y por qué su obra merece ser estudiada y apreciada.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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