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*kimi: thriller fallido por su ritmo descompensado*

Martin Cid

Imagina la escena: una pantalla de ordenador llena de ventanas abiertas, el reflejo azulado iluminando el rostro de Angela Childs (Zoë Kravitz), una técnica informática con agorafobia. Es el gancho concreto de Kimi (2022), un thriller tecnológico dirigido por Steven Soderbergh, que aprovecha su experiencia en el género para explorar la paranoia digital y los peligros de la vigilancia.

La premisa es intrigante: Angela descubre evidencia de un crimen en una grabación de audio, pero al intentar reportarlo se encuentra con resistencia corporativa. La película funciona mejor cuando explora esta tensión entre el individuo y las estructuras de poder, especialmente en las escenas dentro del apartamento de Angela. Soderbergh utiliza planos cerrados y una iluminación fría para enfatizar su aislamiento, creando una atmósfera claustrofóbica que recuerda a sus trabajos más icónicos como Un golpe de suerte. La actuación de Kravitz es el núcleo emocional de la película, transmitiendo con sutileza la ansiedad y determinación de Angela. Sin embargo, cuando la trama se expande hacia un thriller de acción más convencional, pierde parte de su singularidad.

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El mayor problema de Kimi es su estructura desigual. La primera mitad es lenta pero deliberada, permitiendo que el público se sumerja en el mundo de Angela y su agorafobia. Sin embargo, la segunda mitad se precipita hacia un clímax lleno de acción que carece de la tensión psicológica anterior. Las escenas de persecución y los giros argumentales parecen sacados de otro tipo de película, uno más cercano a Red Social que al thriller existencial que Soderbergh parece querer hacer.

El reparto secundario es competente pero poco memorable, con destacables interpretaciones de Byron Bowers como el colega de Angela y Jaime Camil como un ejecutivo corporativo siniestro. Aunque la película tiene momentos brillantes —como una escena en la que Angela se enfrenta a su miedo saliendo de su apartamento—, estos no son suficientes para compensar las deficiencias narrativas.

En cuanto al género, Kimi intenta equilibrar el thriller tecnológico con el drama psicológico, pero nunca encuentra un equilibrio satisfactorio. La originalidad del concepto se ve opacada por una ejecución que, en ocasiones, parece forzada.

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