Cine

Steven Soderbergh, el director que nunca entregó la cámara a nadie más

Penelope H. Fritz

El crédito de fotografía en las películas de Steven Soderbergh dice «Peter Andrews». El de montaje, «Mary Ann Bernard». Son los nombres de su padre y de su madre, respectivamente. Soderbergh nunca ha dado una explicación del todo satisfactoria para esta práctica, salvo algo relacionado con la propiedad, con querer marcar la distancia entre el cargo que le contratan a desempeñar y las funciones que se niega a delegar. En tres décadas de dirección, no ha cedido ninguno de los dos trabajos a otra persona.

Creció en Baton Rouge, Luisiana, donde su padre era administrador en la Universidad Estatal de Luisiana. Nacido en Atlanta en 1963, empezó a rodar cortometrajes con equipos universitarios siendo adolescente, sin estudiar formalmente cine. Cuando se instaló en Hollywood a principios de sus veinte años, aprendió cómo funcionaba la maquinaria antes de decidir que no quería formar parte de su lógica.

Lo que vino después fue uno de los debuts más impactantes del cine americano. Sexo, mentiras y cintas de vídeo, que escribió en ocho días durante un viaje en coche a Los Ángeles, ganó la Palma de Oro en Cannes en 1989, convirtiéndolo en el director más joven en conseguirla en solitario. La película —sobre honestidad sexual, engaño conyugal y un hombre que graba a mujeres hablando de su vida íntima— tenía una intimidad y un rigor conceptual que la diferenciaban de todo lo que la rodeaba. Lanzó el movimiento del cine independiente americano y, con la coherencia que lo caracteriza, Soderbergh se negó a repetirla.

La década siguiente fue irregular y productiva a partes iguales. Hizo películas excéntricas que encontraron público y películas excéntricas que no, un patrón que duró lo suficiente para que la crítica lo descartara como fenómeno de un solo éxito. Con Out of Sight (1998), adaptación de una novela de Elmore Leonard con George Clooney y Jennifer Lopez, demostró que sabía aplicar su precisión al cine comercial. Dos años después lo hizo dos veces a la vez: tanto Traffic como Erin Brockovich, seule contre tous estuvieron nominadas al Óscar al mejor director en la misma ceremonia, y ganó por Traffic — el primer director desde Michael Curtiz en 1938 en recibir dos nominaciones por dos películas distintas en el mismo año.

Ocean’s Eleven (2001) se convirtió en el pico comercial de su carrera y también en la evidencia más visible de la contradicción que la atraviesa. El mismo hombre que había ganado Cannes con una película sobre psicología sexual estaba rodando uno de los entretenimientos más sofisticados de la década, con el reparto más caro que Hollywood podía reunir, y cada plano lo hacía él mismo con un seudónimo. Dirigió Ocean’s Twelve y Ocean’s Thirteen sin esfuerzo aparente, y entre las secuelas del golpe rodó Che: cuatro horas de cine sobre Ernesto Guevara que ningún estudio habría financiado sin los beneficios de Ocean’s.

La tensión en la carrera de Soderbergh nunca se ha resuelto de forma limpia. Contagio (2011), un thriller de procedimiento sobre una pandemia global, fue recibido como género competente cuando se estrenó y se convirtió en una de las películas más vistas en cualquier plataforma cuando llegó el COVID-19 nueve años después — un filme que resultó ser más documental que ficción, archivado bajo «thriller» y rescatado bajo «emergencia». Magic Mike (2012) era una comedia sobre strippers masculinos que contenía un pensamiento más riguroso sobre el trabajo, la actuación y la economía del deseo que la mayoría de las películas que aspiraban a contenido social serio. El problema de categoría lo ha acompañado siempre: la crítica no ha logrado establecer si es un autor de grandes películas o un gran autor que no siempre hace grandes películas.

En 2013, tras completar Behind the Candelabra — una película de HBO sobre los últimos años de la relación de Liberace con Scott Thorson, que ganó cinco premios Emmy — Soderbergh anunció que se retiraba del cine teatral. No estaba agotado. Dijo que estaba aburrido. Tenía 50 años. La industria lo dio por definitivo. Volvió tres años después.

El segundo acto ha sido, por cualquier medida, más prolífico que el primero. Logan Lucky (2017) fue un golpe de la clase trabajadora diseñado deliberadamente para desafiar el modelo de distribución. Unsane (2018) se rodó íntegramente con un iPhone 7 Plus. No Sudden Move (2021) reunió a Benicio del Toro, Don Cheadle y Ray Liotta en un thriller criminal ambientado en el Detroit de los años cincuenta. Black Bag (2025) — un thriller de espías con Cate Blanchett y Michael Fassbender que Soderbergh describió como una versión espionaje de Quién teme a Virginia Woolf — se estrenó en marzo de 2025. The Christophers, una comedia negra con Ian McKellen, Michaela Coel y James Corden, se presentó en el Festival de Toronto en septiembre de 2025 y fue adquirida por Neon para su estreno en salas en 2026.

A fecha de mayo de 2026, está terminando un documental sobre John Lennon construido en torno a la última entrevista que Lennon y Yoko Ono dieron juntos, con imágenes generadas por inteligencia artificial. «No veo mucha diferencia entre lo que hacen estos modelos de aprendizaje y lo que hago yo», declaró a Deadline. Un cineasta que lleva treinta años negándose a ceder la cámara ha encontrado, a los 63, una tecnología que comparte su lógica: tomas lo que existe y construyes lo que aún no está.

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