Cine

La otra Missy: el caos de Lapkus salva una comedia que no merece su protagonista

La película de Tyler Spindel (2020) es irregular y ruidosa, pero encuentra su alma donde menos lo espera.
Martha O'Hara
Añádenos en Google

Imagina la escena: David Spade dislocándose el tobillo al escapar por una ventana de baño tras una cita desastrosa. La otra Missy abre con esta imagen absurda, anunciando desde el primer plano lo que va a ser: una comedia romántica de Netflix que prioriza lo grotesco sobre lo ingenioso.

Dirigida por Tyler Spindel y producida por Happy Madison Productions, la película sigue a Tim (Spade), un ejecutivo recién soltero cuyo error de identidad lo lleva a invitar a la cita desastrosa de su pasado —Missy (Lauren Lapkus)— en lugar de la Melissa perfecta con quien creyó estar intercambiando mensajes. El conflicto central es tan predecible como su resolución: Tim se da cuenta demasiado tarde de que la «equivocada» Missy es exactamente quien debería haber querido desde el principio.

YouTube video

Donde La otra Missy acierta es en la interpretación de Lapkus. Cada escena que comparte se convierte en un torbellino de energía caótica, desde inyectar tranquilizantes sin consentimiento hasta hipnotizar al jefe de Tim (Geoff Pierson). Spade, en cambio, se mantiene fiel a su registro de décadas: la inexpresividad sarcástica funciona como contrapunto pero raramente genera impulso por sí sola. La química entre ambos es el verdadero corazón de la comedia, especialmente cuando Missy pasa de ser una fuerza disruptiva a una aliada inesperada.

Sin embargo, el guion de Chris Pappas y Kevin Barnett tropieza con sus propios clichés. La estructura sigue fórmulas predecibles: el malentendido inicial, los conflictos forzados en un retiro corporativo en Hawái, la revelación emocional final. La trama avanza sin sorpresas, dependiendo demasiado de situaciones absurdas —como Tim haciendo handstands borracho en el comedor— para generar risas en lugar de confiar en diálogos inteligentes o en el desarrollo de los personajes.

La dirección de Spindel es funcional, pero olvidable. No hay estilo visual distintivo. Las tomas son estándar y la edición sigue el ritmo esperado de cualquier comedia romántica convencional, sin un solo plano que justifique una segunda mirada. La banda sonora tampoco destaca, limitándose a rellenar los espacios entre escenas sin aportar nada memorable.

La otra Missy no es una mala película, pero tampoco logra elevarse por encima del montón de comedias románticas de Netflix. Lapkus es el faro brillante en medio de un mar de convencionalismos, y la brecha entre lo que ella entrega y lo que el guion le proporciona resulta tan evidente que acaba siendo el diagnóstico más certero de la película. La premisa tiene potencial para situaciones hilarantes —la hipnosis del jefe es un buen ejemplo—, pero el guion nunca la explota con la originalidad que requeriría.

El final, aunque predecible, funciona gracias a Lapkus. La escena en la que Tim admite sus sentimientos y se disculpa con Missy es uno de los pocos momentos en los que la película trasciende su fórmula. Lapkus transmite vulnerabilidad y genuino afecto, haciendo creíble el cambio de corazón de Tim de una manera que el guion, por sí solo, nunca habría logrado.

La recepción crítica de La otra Missy fue mayoritariamente negativa, con una puntuación que quedó muy por debajo del umbral de aprobación en el Tomatómetro de Rotten Tomatoes. Las reseñas apuntaban a la falta de originalidad y al exceso de situaciones absurdas como sus principales debilidades. Fue Lapkus quien acaparó los elogios; los críticos repararon en su capacidad para convertir en algo tridimensional a un personaje escrito con trazo grueso.

En comparación con otras comedias románticas de Netflix, La otra Missy no logra distinguirse. Películas como Set It Up o The Kissing Booth tienen premisas similares pero crean personajes más memorables y diálogos más afilados. La falta de un estilo visual propio también la hace sentir genérica, especialmente al compararla con directoras que utilizan el género para explorar territorios más ricos, como Greta Gerwig en Lady Bird.

A pesar de sus deficiencias, la película tiene momentos de genuina diversión. La escena en la que Missy hipnotiza al jefe de Tim es especialmente memorable: ilustra el giro del personaje, de fuerza disruptiva a aliada inesperada, con una precisión cómica que el resto del guion raramente alcanza. Es uno de los pocos arcos narrativos bien ejecutados de toda la película.

La actuación de David Spade, aunque familiar, no es completamente despreciable. Hay momentos en los que su química con Lapkus brilla, sobre todo en las situaciones incómodas que la película maneja mejor. Pero su personaje carece del desarrollo necesario para que su giro final hacia Missy resulte del todo convincente.

La película también toca temas de autenticidad y sobre lo que realmente buscamos en una pareja. Missy es todo lo contrario a lo que Tim inicialmente desea: caótica, impredecible, ajena a cualquier norma social. Son precisamente esas cualidades las que terminan conquistándolo. El mensaje es sencillo y no aspira a serlo de otra manera, pero funciona.

La otra Missy deja poco rastro en la memoria, y en eso es perfectamente honesta consigo misma. Lo que queda, si algo queda, es Lapkus: una actuación construida desde la especificidad y con un fondo emocional que el guion apenas aprovechó. Sin ella, no habría mucho que recordar.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

Etiquetas: , , , , ,

Añádenos en Google

Debate

Hay 0 comentarios.