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Cocaine Bear: un festín de sangre y risas sin profundidad

Martin Cid
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Imagina un oso negro de 500 libras, sus ojos inyectados en sangre, babas espumosas cayendo de su hocico mientras descuartiza a un turista en un bosque de Georgia. Esta imagen grotesca es el corazón de Cocaine Bear (2023), dirigida por Elizabeth Banks y escrita por Jimmy Warden. Inspirada en hechos reales —un oso negro que realmente consumió cocaína perdida tras el accidente aéreo de un narcotraficante en 1985—, la película es una mezcla explosiva de horror, comedia negra y thriller criminal.

El elenco es tan variopinto como la premisa: Keri Russell como Sari, una madre desesperada por encontrar a su hija desaparecida; Alden Ehrenreich y O’Shea Jackson Jr. como Eddie y Daveed, dos criminales torpes enviados por el narco Syd White (Ray Liotta); Margo Martindale como la ranger Liz, cuya presencia aporta un toque de autoridad caótica; y Brooklynn Prince como Dee Dee, la hija de Sari que se adentra en el bosque para pintar un cuadro. Cada personaje es un arquetipo: el narcotraficante arrepentido, la madre heroica, los adolescentes rebeldes. Pero aquí radica uno de los problemas fundamentales de la película: estos personajes nunca evolucionan más allá de sus funciones narrativas.

La dirección de Banks es competente pero carece del pulso distintivo que podría haber elevado Cocaine Bear por encima de su premisa absurda. Hay momentos visualmente impactantes, como cuando el oso ataca a los personajes en escenas que mezclan gore con humor negro. La secuencia del ataque al ambulatorio, por ejemplo, es un tour de force de efectos prácticos y digitales, aunque la CGI del oso a veces se siente anticuada. Banks maneja el caos con cierta habilidad, pero nunca decide si quiere ser fiel al terror o rendirse ante lo absurdo. Esta indecisión tonal diluye cualquier intento de profundidad temática.

El guión de Warden intenta abarcar demasiado: sátira social sobre el consumo de drogas, thriller criminal y comedia de enredo. Este exceso diluye cualquier intento de profundidad temática. Los personajes son arquetipos unidimensionales —el narco torpe, la madre heroica, el adolescente rebelde— sin desarrollo que los haga memorables más allá de su función en la trama. La película también pierde oportunidades para explorar temas más serios, como el impacto del tráfico de drogas en las comunidades o la relación entre humanos y naturaleza. En cambio, se conforma con chistes fáciles y violencia exagerada.

Las actuaciones son desiguales. Russell destaca como Sari, aportando una humanidad necesaria en medio del caos. Su escena final, cuando salta al agua para escapar del oso, es uno de los pocos momentos emocionalmente resonantes. Liotta, en su último papel antes de su muerte en 2022, ofrece un rendimiento sólido pero breve. Jackson Jr. y Ehrenreich, sin embargo, quedan relegados a roles secundarios que no les permiten brillar. Martindale tiene un par de escenas memorables, especialmente cuando su personaje es arrastrado por el oso, pero su arco narrativo es demasiado corto para dejar una impresión duradera.

Donde Cocaine Bear sí triunfa es en su capacidad para mantener un ritmo frenético. La película nunca se detiene, saltando de una escena de acción a otra sin pausas innecesarias. Este estilo recuerda al trabajo de directores como Sam Raimi o Peter Jackson, que también mezclan horror y comedia con resultados desiguales pero entretenidos. Sin embargo, a diferencia de Evil Dead o Braindead, Cocaine Bear carece de un tono coherente. A veces parece una parodia de las películas de terror de los 80, otras veces un thriller criminal serio.

El público objetivo es claro: fans del género que buscan una experiencia sin pretensiones. No hay profundidad psicológica ni mensajes ocultos; solo diversión sangrienta y risas fáciles. Comparada con otras películas recientes del mismo estilo, como The Menu (2022) o X (2022), Cocaine Bear palidece en originalidad y ejecución. Donde esas películas logran equilibrar humor, terror y crítica social, Cocaine Bear se queda en la superficie.

La película también pierde oportunidades para explorar temas más profundos. La premisa de un oso drogado con cocaína podría haber servido como una metáfora sobre el consumo de drogas y sus consecuencias en la sociedad. Sin embargo, Warden y Banks optan por un enfoque más superficial, priorizando las risas fáciles sobre cualquier reflexión más profunda. Esto es especialmente evidente en las escenas que involucran a los personajes criminales, cuyos arcos narrativos son tan delgados como el papel de seda.

A pesar de sus fallos, Cocaine Bear tiene momentos memorables. La secuencia del oso atacando el ambulatorio es un ejemplo perfecto de cómo la película puede ser tanto grotesca como entretenida. La CGI del oso puede no ser perfecta, pero los efectos prácticos y la dirección de Banks logran crear una escena que es a la vez aterradora y ridícula. Estos momentos, aunque escasos, son suficientes para mantener al espectador enganchado.

En definitiva, Cocaine Bear es un entretenimiento superficial que aprovecha su premisa absurda para ofrecer momentos divertidos y violentos, pero carece de la profundidad necesaria para elevarse por encima del género.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

  • Brooklynn Prince — Dee Dee
  • Christian Convery — Henry

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