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«Proyecto Salvación» en Prime Video apuesta por un alienígena de látex frente a cualquier píxel

Molly Se-kyung

Un profesor de ciencias de secundaria despierta solo en una nave, atado a una camilla, con dos compañeros muertos al lado y sin recordar su propio nombre. Antes de poder asustarse siquiera, tiene que hacer algo más extraño: deducir quién es a partir de lo poco que aún sabe. Los brazos robóticos que lo han mantenido con vida recuerdan la misión; él no. Proyecto Salvación arranca en esa brecha entre un hombre y su propósito, y entiende algo desde el primer minuto: lo interesante no es el pánico, sino el trabajo. Las únicas herramientas que le quedan a Ryland Grace son las ecuaciones que sobrevivieron al coma.

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Proyecto Salvación, dirigida por Phil Lord y Christopher Miller, ya está en Prime Video.

Phil Lord y Christopher Miller dirigen una película cuya superficie es ciencia ficción dura y cuyo verdadero asunto es más pequeño y más resistente. La amenaza es enorme: un microorganismo devora el Sol y lo apaga hacia un frío que el planeta apenas tiene una generación para evitar. Pero el rigor científico es el suspense, no el destino. El destino aparece cuando Grace comprende que no es el único ahí afuera intentando salvar una estrella moribunda.

Ese alguien es Rocky, un ingeniero de otro mundo varado en la misma misión letal. La decisión más importante del filme no está en el guion, sino en el taller. Rocky es una criatura construida, animatrónica y de manipulación física, no un personaje pintado después sobre una mirada vacía. Cuando ambos arman un idioma común a base de notas de xilófono y ecuaciones en una pizarra, Gosling actúa frente a algo con peso y textura, y el contacto se lee como contacto. Un alienígena renderizado pide que el público crea en él; uno construido permite que el actor le responda.

Gosling sostiene tramos enteros en solitario y convierte lo que podía ser una clase en una interpretación del acto de pensar. Juega la competencia como una forma de esperanza: no la chulería del héroe que ya sabe, sino la paciencia del maestro que confía en que el siguiente paso se puede encontrar. La película llega además a un género acostumbrado al colapso, donde el futuro casi siempre es una advertencia, y defiende lo contrario: que el trabajo cuidadoso y una alianza improbable pueden doblegar una catástrofe. La cooperación no es un adorno del tercer acto, es el mecanismo de supervivencia.

Nada de esto es nuevo, y la película lo sabe. La competencia viene de Marte (The Martian), el primer contacto como traducción de La llegada, el sentimiento por encima de la física de Interstellar, y la amistad entre especies de E.T. con traje espacial. Owen Gleiberman, de Variety, la llamó derivativa y demasiado larga, y en sus 156 minutos la hora central repite su propio ritmo de hallazgo y tropiezo. La crítica acierta en los ingredientes y se equivoca en el énfasis: toda esa maquinaria conocida apunta a un centro que no lo es. Y por eso el salto del cine al salón ayuda en vez de empequeñecer la obra. En una pantalla enorme el espectáculo compite con la historia; en el televisor el espectáculo se aparta y el duelo a dos avanza.

Lo que vuelve a verse no es el lanzamiento, sino lo pequeño: dos seres descifrando cómo decir amigo a través de un tanque de amoníaco. Y lo que construyen no se puede conservar, porque resolver la crisis significa que cada uno irá adonde el otro no puede seguirle. La competencia compra la supervivencia, no la compañía. Dirigida por Lord y Miller a partir de un guion de Drew Goddard sobre la novela de Andy Weir, con Ryan Gosling como Ryland Grace, Sandra Hüller como Eva Stratt y James Ortiz dando cuerpo a Rocky, fue el mayor estreno de Amazon MGM y la segunda película más taquillera del año antes de llegar a casa. Ahora está en Prime Video, en alquiler o compra junto a Apple TV y Google Play, con 156 minutos de metraje. Merece la pena, y más en un segundo visionado que en el primero.

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