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The Devil’s Backbone: el horror más político y más difícil de sacudirse de Guillermo del Toro

Guillermo del Toro, 2001 — el orfanato de Santa Lucía sigue siendo uno de los espacios más cargados del cine de terror reciente.
Martha O'Hara
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El niño Carlos, con su maleta desgastada y mirada perdida, llega a un orfanato en medio del caos de la Guerra Civil Española. La escena inicial, con la bomba que cayó desde un avión y permanece inerte en el patio del orfanato, no es solo un alarde de efectos prácticos bien ejecutados, sino una declaración de intenciones: en The Devil’s Backbone, lo que parece fantasía gótica es, ante todo, un relato sobre los horrores muy terrenales de la guerra.

Guillermo del Toro teje esta historia con hilo de sombra y luz. La fotografía, anclada en tonos terrosos y verdes apagados, contrasta con los destellos de sangre que salpican el rostro del fantasma de Santi, creando una atmósfera sostenidamente opresiva que no cede. La bomba inerte en el patio no es solo un elemento de tensión narrativa: su presencia constante recuerda la fragilidad de la vida bajo el fuego cruzado.

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La actuación de Fernando Tielve como Carlos, en su debut cinematográfico, es sorprendentemente sólida. Logra transmitir la confusión y el miedo del personaje sin caer en lo melodramático, especialmente en la escena donde descubre el cuerpo flotando en el depósito de agua. Federico Luppi, como el doctor Casares, aporta una humanidad cálida que contrasta con la crudeza del entorno. Pero es Marisa Paredes quien roba escenas: su interpretación de Carmen, entre la fortaleza y la vulnerabilidad, es especialmente conmovedora en los momentos finales, cuando enfrenta a Jacinto (Eduardo Noriega) tras descubrir su traición.

Donde el filme falla es en su ritmo. La primera hora se siente deliberadamente lenta, casi meditativa, pero en ocasiones pierde impulso. Algunas subtramas, como la relación entre Carlos y Jaime (Íñigo Garcés), aunque bien actuadas, no siempre avanzan la trama de manera convincente. Además, el giro político del tercer acto —la revelación sobre el oro republicano— se siente un tanto forzado, como si Del Toro hubiera querido añadir una capa adicional de simbolismo sin integrarla del todo con la historia del fantasma.

El sonido cumple un papel fundamental: los susurros de Santi, las explosiones lejanas de la guerra, el eco de pasos en pasillos vacíos. Hay momentos, sin embargo, en los que la banda sonora se vuelve repetitiva, especialmente durante las escenas de mayor tensión.

The Devil’s Backbone es, ante todo, un relato sobre el trauma y la memoria. Del Toro no busca asustar con sustos baratos: su fantasía gótica articula el dolor que deja una guerra, tanto en los vivos como en los muertos. Roger Ebert destacó que la película entiende que «la mayoría de los fantasmas son tristes», no para aterrorizarnos sino para sacudirnos con la magnitud de lo que se les hizo. Ese es exactamente el registro que Del Toro sostiene de principio a fin.

La comparación con Pan’s Labyrinth, la obra posterior de Del Toro, es inevitable. Ambas exploran el trauma de la guerra desde los ojos de un niño y extraen lo sobrenatural del dolor histórico. Pero donde Pan’s Labyrinth concede al espectador cierta escapatoria en lo fantástico, aquí no la hay: el orfanato es un campo de batalla tan real como cualquier trinchera.

El filme nació de la colaboración entre Del Toro y los guionistas David Muñoz y Antonio Trashorras. La elección de 1939, los últimos días de la Guerra Civil, no es decorativa. El contexto histórico le da peso moral a cada decisión de los personajes y convierte el orfanato en un espacio donde la política republicana y el horror personal se superponen sin solución de continuidad.

Lo que diferencia a Jacinto del resto del reparto es que también él fue un huérfano de esas mismas paredes. Su crueldad no surge de la nada: creció en el mismo encierro que los niños a quienes ahora explota, y esa ironía —tan española en su amargura— le da a Eduardo Noriega margen para construir algo más complejo que la maldad llana. Es un personaje que el filme merecería haber desarrollado con mayor detenimiento.

En el fondo, The Devil’s Backbone confía en la inteligencia del espectador. No explica sus fantasmas ni suaviza su violencia. Del Toro entiende que el miedo más duradero es el que proviene de reconocer algo verdadero.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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