Cine

The Ring (La señal) sigue asustando porque confía en el silencio y no en el susto fácil

El remake de Gore Verbinski (2002) convirtió un cuento de fantasmas japonés en modelo de terror pausado para Hollywood.
Martha O'Hara
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Suena el teléfono y una voz susurra dos palabras: «Siete días». Rachel Keller (Naomi Watts) acaba de ver una cinta de vídeo en el Shelter Mountain Inn, y desde esa llamada el reloj corre en su contra. The Ring (La señal), dirigida por Gore Verbinski, se estrenó en Estados Unidos de la mano de DreamWorks el 18 de octubre de 2002. Es un remake de la película japonesa de 1998, que a su vez partía de la novela de Koji Suzuki publicada en 1991. Recaudó 249,3 millones de dólares en todo el mundo. Y logró algo más raro: que Hollywood se pusiera a comprar terror asiático.

El guion de Ehren Kruger le da a Rachel un oficio que encaja con la historia. Es periodista en Seattle, así que cuando algo la asusta, investiga. Su sobrina Katie muere una semana después de ver la cinta, y los amigos de Katie fallecen en accidentes extraños en ese mismo momento. Ruth (Lindsay Frost), la madre de Katie, le pide a su hermana que averigüe qué pasó. La leyenda urbana se cuenta en la primera escena, en una conversación entre Katie (Amber Tamblyn) y su amiga Becca, de modo que las reglas quedan claras antes de que nadie corra peligro. Por qué existen esas reglas es lo que la película tiene que resolver después.

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El sonido merece buena parte del crédito. Horror Movie Talk sostiene que el peso de The Ring (La señal) recae en el diseño sonoro, y que gran parte del metraje es silencioso y apagado. Estoy de acuerdo. El miedo nace de lo que se oye y también de lo que se niega. La banda sonora de Hans Zimmer, con piezas como «Rachel Alone», «A Lighthouse & The Fly» o «Before You Die You See the Ring», casi nunca le dice al espectador qué sentir. Zumba bajo las escenas y deja que el silencio haga el resto. La llamada con la que termina el visionado de Rachel es el mejor ejemplo: un teléfono de habitación, un susurro, nada más. Asusta más que muchas películas con monstruo a la vista.

Watts sostiene la película. Interpreta a Rachel primero como una escéptica y después como una madre aterrada, y acierta al dejar que el escepticismo se vaya desgastando poco a poco, con cada suceso inexplicable. Por este trabajo ganó el Saturn a la mejor actriz en la 29.ª edición de los premios, y la película se llevó el de mejor película de terror. David Dorfman, como Aidan, el hijo de ocho años de Rachel, tiene que resultar inquietante y frágil a la vez; cuando el niño ve la cinta, el peligro deja de ser abstracto. Martin Henderson, en el papel de Noah, exmarido de Rachel y analista de vídeo, tiene menos material. Sirve a la trama, pero como persona apenas existe, y la película parece saberlo.

La investigación se construye como una cadena de pistas. Rachel viaja a la isla Moesko para hablar con Richard Morgan (Brian Cox), y en el ferry un caballo se arroja al mar. Descubre que Anna Morgan (Shannon Cochran), tras cuatro abortos espontáneos seguidos, adoptó a una niña llamada Samara, capaz de grabar imágenes en objetos y en la mente de las personas, y que atormentaba a sus padres y a sus caballos. Noah, mientras tanto, va al hospital psiquiátrico de Eola y encuentra el expediente de Samara, con un vídeo desaparecido que Richard vio por última vez. Un certificado de nacimiento falso, un altillo en el granero donde los Morgan aislaban a la niña del mundo, un árbol oculto tras el papel pintado que coincide con uno del hotel: cada hallazgo lleva al siguiente.

Aquí la película flaquea. El ritmo es irregular, y el viaje de Noah al hospital se siente menos como una escena que como el reparto de la siguiente pista. El andamiaje de leyenda urbana resulta conocido y algunas revelaciones llegan con un compás de retraso. El misterio se sostiene, pero de vez en cuando se les regalan a los personajes respuestas que no se han ganado, solo porque el guion necesita avanzar.

Los temas son más sólidos que la trama. En la visión del pozo, Rachel ve a Anna arrojando a Samara, que sobrevivió allí una semana. Samara no es un demonio salido de la nada: la adoptaron con papeles falsos, la encerraron en un altillo y acabaron deshaciéndose de ella. El vídeo en el que se disculpa por sus actos y explica que «no van a parar» le da una voz triste, casi suplicante. Richard insiste en que es malvada y después se electrocuta. La película pregunta qué le pasa a una niña a la que nadie quiso entender. Un artículo de Salon de 2003 leyó la película como un muestrario de paranoias contemporáneas, con el tabú del sexo prematrimonial y el infanticidio entre sus ingredientes. La lectura se estira en algunos puntos, pero el infanticidio está a la vista.

La crítica recibió la película con opiniones entre mixtas y positivas. La web de Roger Ebert recoge una reseña que la llama una película de terror singular, que no insulta la inteligencia del espectador y reserva casi todo su susto fuerte para el tramo final. Yo pondría el acento en otro sitio. The Ring (La señal) respeta al público porque confía en la lentitud y trata el miedo como algo que se acumula, no como algo que se gasta pronto.

La industria tomó nota. The Grudge llegó en 2004 y Dark Water en 2005, ambos remakes estadounidenses de terror asiático, y los dos llegaron a rebufo de la taquilla de esta película.

El tramo central se arrastra y Noah nunca llega a ser un personaje. Aun así, la película funciona. Avanza despacio y casi en voz baja, y lo que queda es la tristeza que hay bajo los sustos: al final, la niña ahogada en el pozo le importa más que el miedo que provoca.

Reparto

Fotos: The Movie Database (TMDB)

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