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Zom 100: un zombi que redime la vida laboral»: crítica implacable pero esperanzadora.

Martin Cid

La escena inicial de Zom 100: Bucket List of the Dead es un espejo distorsionado del cubículo corporativo de Akira Tendo: paredes grises, luces fluorescentes parpadeantes y el sonido opaco de teclados que marcan la rutina de una vida sin horizonte. El director Yusuke Ishida no pierde tiempo en sumergirnos en el infierno cotidiano de su protagonista, un empleado maltratado cuya única rebelión es soñar despierto con libertad mientras su jefe le escupe órdenes absurdas. Cuando los zombis irrumpen en esta monotonía, Akira no llora: abre una cerveza al amanecer y sonríe.

Lo que funciona aquí es el equilibrio entre lo grotesco y lo humano. La animación logra que la sangre salpique con crudeza dragon ball mientras Akira prueba sushi de lujo en un restaurante saqueado, y esa dualidad —el horror campy frente a la ternura del descubrimiento— es donde la película brilla. Eiji Akaso (Akira) transmite ese contraste físico: sus hombros caídos como empleado contrastan con su postura erguida al enfrentar hordas de muertos vivientes, un recordatorio visual de que el verdadero monstruo era su jefe.

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Pero el guion tropieza cuando prioriza la comedia sobre la narrativa. La revelación del origen del virus (un complot farmacéutico) llega como una nota al pie después de 80 minutos de caos desenfadado, y aunque la animación mantiene el ritmo con secuencias de acción coreografiadas —como la persecución en el parque de atracciones—, la falta de tension dramática diluye el impacto. La banda sonora, sin embargo, acierta: el opening Song of the Dead de KANA-BOON funciona como un himno irónico para esta huida del 9 a 5.

El reparto secundario —especialmente Mai Shiraishi como la cínica Shizuka— añade capas interesantes, pero sus arcos se resuelven con diálogos expositivos en lugar de momentos visuales.

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