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Messi alcanza a Klose como máximo goleador de los Mundiales: estructura, no solo magia

El primer triplete de Messi en una Copa del Mundo lo deja empatado con Klose en 16 goles. Una lectura táctica, no una coronación.
Kenji Nakamura

Empecemos por la aritmética, porque la tarde de Lionel Messi ante Argelia se reduce a ella con limpieza: tres goles, dieciséis en su carrera y un sitio junto al hombre que llevaba más de una década solo en lo más alto de la tabla goleadora de los Mundiales. Messi comparte ahora esa cima con Miroslav Klose. Dieciséis cada uno. Ninguno va por delante, y el matiz importa: igualó el récord, no lo superó. Es copropietario, no dueño único.

La aritmética no explica lo más interesante: por qué un futbolista de treinta y ocho años sigue siendo el jugador hacia el que se inclina toda la estructura argentina, y por qué tres goles llegaron en una sola tarde para alguien que, por la lógica fría del calendario, ya debería ser un pasajero. Fue su primer triplete en una Copa del Mundo, en la sexta y casi con seguridad última. Conviene detenerse a ver cómo lo fabricó el diseño.

Empecemos por dónde juega Messi. Lionel Scaloni no le pide perseguir el balón ni fijarse a una banda. Argentina construye con su capitán como hombre libre entre líneas, escorado a la derecha pero viviendo en el pasillo entre el mediocampo rival y la última zaga, la zona que toda defensa quiere cerrar y casi ninguna cierra. Ante Argelia esa zona quedó abierta, y el motivo fue estructural. Argentina metió efectivos en la primera fase de salida, atrajo al medio argelino a presionar y dejó una grieta a su espalda. Messi no corre hacia esa grieta. Llega a ella, tarde y sin marca, justo cuando el balón está listo.

Como sea que entraran los tres, encajan en el método más que desafiarlo. El gol de Messi en los Mundiales rara vez ha sido la carrera desde el medio campo o el tanto arrancado de la nada; ha sido llegada, el último paso a un espacio que el equipo acaba de abrir, la definición más sencilla al final del trabajo más paciente. Ante Argelia se mantuvo el patrón. Argentina tuvo el balón, sacó marcas de su posición y confió en que su jugador más veterano estaría donde terminaba la jugada. Ninguno de los tres fue un acto en solitario a contracorriente. Fueron un equipo fabricando las condiciones en las que su mejor rematador no podía fallar.

Conviene situar el número. Klose llegó a dieciséis en el Mundial de 2014, superando los quince del brasileño Ronaldo con un gol en semifinales que ha enmarcado cada persecución posterior. La marca de Ronaldo había sido la referencia del nueve puro; Klose la rebasó y luego quedó intocada como el listón que nadie parecía capaz de alcanzar. Dieciséis goles en cuatro torneos no son una racha caliente: son una segunda carrera montada sobre la primera. Messi acaba de alcanzarla. Pasó los quince de Ronaldo la misma tarde en que empató a Klose, una rareza en sí misma: dos de los tres hombres en lo más alto fueron rebasado y alcanzado en noventa minutos.

La persecución no es solo suya. Kylian Mbappé, con dos goles a Senegal, suma catorce, empatado con Gerd Müller y a dos de la cumbre, y una década más joven que el hombre al que persigue. La forma generacional del récord es clara: a Mbappé le quedan torneos y, con toda probabilidad, quedará solo en lo más alto antes de retirarse. Lo que aún no tiene es lo que Messi acaba de conseguir, que es el número. Por ahora la lista dice Klose y Messi con dieciséis, Ronaldo con quince, Mbappé y Müller con catorce: empate arriba, un segundo claro y un joven que sube.

Hay un detalle que le regaló el calendario. Su primer gol en un Mundial llegó veinte años antes, día por día, con una definición de adolescente desde el banquillo ante Serbia y Montenegro. El triplete que lo igualó a Klose cayó en la misma fecha dos décadas después. Es coincidencia, no causa, pero afina la escala de lo que se mide: no un torneo caliente, sino una presencia sostenida a lo largo de seis, de suplente a eje de un campeón del mundo.

Lo que viene es la pregunta viva, y tiene fecha. Argentina juega ante Austria el 22 de junio, y un gol más convierte a Messi en dueño único del récord, el primero en quedar solo por encima de Klose desde que Klose superó a Ronaldo. La lectura estructural dice que la ocasión llegará. Austria está ordenada y se meterá más atrás de lo que se atrevió Argelia, lo que comprime el espacio del que vive Messi; pero un rival que defiende en bloque bajo también invita justo a la posesión paciente con la que Argentina arrastra a un marcador fuera de su sitio. El equipo de Scaloni no necesita ser brillante para crear el medio segundo. Necesita ser él mismo.

Sería un error reducir la tarde a una cuenta atrás. Lo más duradero es lo que el triplete reveló sobre cómo gana Argentina. No es un equipo de contragolpe que cabalga la inspiración de un hombre en transición. Es un equipo de posesión que fabrica superioridades por dentro y confía en que su jugador más veterano esté en el sitio cuando la estructura por fin abre al rival. El récord es el titular. El sistema que lo sostiene es la historia, y es la razón por la que un futbolista de treinta y ocho años marcó tres en un partido que, en teoría, solo iba a adornar.

Messi comparte ahora lo más alto de la lista, a la par de Klose, por delante de nadie. Que termine el torneo solo allí lo decidirá lo mismo que decidió lo de Argelia: no un destello de magia salido de la nada, sino un equipo construido para volver inevitable el momento, y un rematador que lleva veinte años demostrando que seguirá en la grieta cuando llegue.

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