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Messi y Ronaldo jugarán su sexto Mundial: nadie había resistido tanto en medio siglo

Hasta ahora ningún futbolista había disputado seis Mundiales. Dos lo harán a la vez: uno defiende la copa que ya tiene, el otro persigue la que nunca llegó.
Jack T. Taylor

Las piernas son lo primero que se va. Es el contrato que firma todo futbolista sin leerlo: el cuerpo te presta una década, quizá un poco más, y luego empieza a reclamar el préstamo con intereses. El sprint se acorta. La recuperación se alarga. Una mañana, el jugador despierta y aquello en lo que nunca tuvo que pensar es lo único en lo que piensa.

Dos futbolistas hicieron esperar al cuerpo. Lionel Messi y Cristiano Ronaldo aparecieron siendo unos chavales en el mismo verano, en Alemania, desconocidos para casi todos los que miraban, en extremos opuestos de un continente lleno de expectativas. Hoy son los únicos de aquella hornada que siguen en la foto, y los dos han sido convocados para un torneo más al que ninguno debía llegar. Nadie había jugado seis. Este verano, dos lo harán.

Messi tiene 38 años y figura entre los delanteros de Argentina desde el Inter Miami. Ronaldo tiene 41 y lleva el brazalete de Portugal. Entre los dos acumulan casi todas las cifras que merece la pena acumular, y las cifras no son lo importante. Lo importante es que sigan en la convocatoria, dos décadas después de la primera, cuando todos los que empezaron a su lado tomaron hace tiempo la salida que reparte la edad.

La marca que nadie había alcanzado

Hasta ahora el techo eran cinco. Antonio Carbajal lo logró bajo los palos de México. Rafael Márquez y Andrés Guardado fueron detrás. Lothar Matthäus lo firmó con Alemania. Cinco Mundiales era el límite de una vida internacional larga, y durante medio siglo marcó la frontera que las carreras no cruzaban. Messi y Ronaldo estaban atados a ella, quintos en la lista histórica, igual que llevan atados el uno al otro buena parte de veinte años.

Una convocatoria rompe el empate. Roberto Martínez metió a Ronaldo en una lista lusa de 27. Lionel Scaloni nombró a Messi entre sus 26. Dos seleccionadores, dos países, una frase que nadie había escrito: un sexto.

Uno ya la tiene

Messi pudo parar. Eso vuelve su presencia la más extraña de las dos. Tiene la copa. La levantó, por fin, tras una carrera entera escuchando que la única línea que le faltaba a su currículum era la única que contaba, y cuando la consiguió la historia se cerró sola. Ahí estaba la salida limpia, el último plano perfecto, y él es de los poquísimos jugadores con derecho a tomarla.

No la tomó. Vuelve un año más mayor de lo que un delantero de este nivel debería ser, a pedirle al torneo algo que nunca está obligado a darle a un campeón: una segunda ración. Un aviso muscular en el isquiotibial le puso esta primavera una mano fría encima, y su entrenador dedicó un día a desactivar el miedo. El cuerpo mandó su recordatorio. Messi lo archivó y se presentó igual.

El otro nunca la tuvo

El caso de Ronaldo corre al revés y llega a la misma puerta. Marcó en cinco Mundiales, el único que lo ha hecho, y de ninguno salió con lo que quería. Es la copa que nunca llegó, el hueco de una colección que lo tiene todo, y a los 41 vuelve hacia ella sabiendo exactamente cómo van las cuentas. Lo dijo él mismo, sin rodeos: este es el último.

Así que uno regresa con el premio y el otro a por él, y la diferencia entre ambos es todo el drama del asunto. Messi defiende una cima a la que ya subió. Ronaldo escala una que lo ha rechazado cinco veces. Ninguno necesita estar aquí. Los dos están.

Lo que de verdad cuesta

Es fácil hablar de la longevidad como si fuera un regalo que se entrega a los afortunados. Se parece más a un impuesto. Estar en una lista mundialista a los 38 o a los 41 es haber pasado años haciendo el trabajo invisible que impide que un cuerpo pida la jubilación anticipada: la dieta que no falla, el sueño protegido como un contrato, los calentamientos que se alargan según los partidos se endurecen, las pequeñas renuncias diarias que se acumulan hasta sumar una década extra. El talento se lleva los titulares. El mantenimiento compra el tiempo.

Y el juego no frena para esperarlos. Un Mundial a este nivel lo disputan chicos de 23 años con los tendones nuevos, en un verano de vuelos largos y descansos cortos, al otro lado de una temporada de club que ya vació el depósito. A los dos hombres más veteranos del campo se les pedirá encontrar, en algún sitio, el arranque que los hizo famosos, ante cámaras que repetirán el instante en que no aparezca. Esa es la apuesta de la longevidad: aguanta lo suficiente y el deporte acabará pillándote en público.

Los últimos de una generación

Lo que hacen, en realidad, es mantener abierta una puerta que debió cerrarse. Los que compartieron vestuario con ellos al principio hoy son entrenadores, comentaristas o nombres en el muro de un estadio. Una generación entera del fútbol creció, llegó a su techo y se marchó dentro del arco de estas dos carreras. Messi y Ronaldo simplemente no se fueron cuando irse era lo esperado y lo sensato, y tampoco se fueron la vez siguiente, y ahora la propia negativa se ha convertido en récord.

El torneo se abre este verano en Estados Unidos, México y Canadá, cuarenta y ocho selecciones y una final en Nueva York. Argentina arranca en Kansas City; Portugal, en Houston. Lo más probable es que uno se marche sin nada que no tuviera ya. Puede que el otro se marche con lo único que siempre le faltó. Pero la raya que cruzarán los dos es la misma, y es la más rara del fútbol: no los mejores que lo hicieron, sino los dos últimos que todavía lo hacen. El cuerpo reclamó su préstamo hace veinte años. Salen un verano más a decirle que no.

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