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Raymond Chandler, el inglés que le enseñó a Los Ángeles a soñar en negro

Penelope H. Fritz

No había nada en la formación de Chandler que apuntara a Los Ángeles. Estudió latín y griego en el Dulwich College de Londres, estuvo a punto de convertirse en funcionario de la Armada británica, vivió como periodista menor en Londres y París. Cuando llegó a California tenía treinta años y ningún plan literario. Lo que vino después fue un accidente con consecuencias permanentes.

Durante más de una década dirigió compañías petrolíferas en el sur de California con la misma eficiencia fría con que luego describiría el mundo corrupto de sus novelas. La Gran Depresión terminó con todo eso en 1932. Chandler tenía cuarenta y cuatro años, había perdido el trabajo y, según se desprende de lo que escribió después, tampoco había lamentado demasiado la pérdida. Se sentó frente a una máquina de escribir y empezó a leer las revistas pulp que circulaban por los quioscos. Tres meses después había escrito su primer relato.

Las revistas Black Mask y Dime Detective no eran exactamente lo que Dulwich College había imaginado para él. Pero Chandler entendió algo que los otros escritores del género no terminaban de ver: la novela policiaca norteamericana, con su dureza, su cinismo y su ausencia de ilusiones, era la forma exacta para decir lo que quería decir sobre la ciudad que le había tocado vivir. Pasó cinco años aprendiendo el oficio en las publicaciones pulp, escribió alrededor de veinticinco relatos, y cuando terminó ese aprendizaje ya tenía el estilo. Lo que no tenía todavía era Philip Marlowe.

El sueño eterno, publicado en 1939, introdujo al detective que se convertiría en el arquetipo de la novela negra durante el siglo siguiente. Marlowe era culto, irónico, moralmente inflexible y completamente incapaz de enriquecerse. Recorría un Los Ángeles donde todo tenía precio excepto él mismo, y precisamente por eso nunca prosperó. La ciudad que Chandler describió en esas páginas —la arquitectura colonial española del centro, la niebla sobre el Pacífico, los hoteles baratos de las calles periféricas— era tan precisa y tan vívida que resulta difícil recordar que quien la escribía había crecido en el sur de Londres.

La contradicción que definió su carrera nunca se resolvió del todo. Chandler despreciaba Hollywood cuando llegó a escribir guiones en 1943, y Hollywood no lo apreciaba especialmente a él. Su colaboración con Billy Wilder en Double Indemnity produjo uno de los grandes guiones del cine americano —Wilder reconoció más tarde que los diálogos eran sobre todo obra de Chandler— y les valió a ambos una nominación al Oscar. La relación fue casi fatalmente difícil: Chandler encontraba a Wilder insoportable y Wilder encontraba a Chandler borracho. La película fue una obra maestra. Nada de eso resolvió quién era Chandler ni qué pensaba que estaba haciendo en esa industria.

El largo adiós, publicado en 1953, es su novela más ambiciosa y la más incómoda. Es más larga, más melancólica, menos interesada en la trama que en algo más parecido a la elegía: una meditación sobre la amistad, la pérdida y el modo en que el tiempo se lleva todo excepto el arrepentimiento. W. H. Auden escribió que leer una novela de Chandler era una experiencia estética genuina, del tipo reservado a la literatura seria. Otros críticos no estaban tan seguros, y ahí estaba el problema: demasiado literario para el mercado del género, demasiado popular para la crítica literaria. El largo adiós ganó el Premio Edgar a la Mejor Novela en 1955. No resolvió nada.

Murió en La Jolla, California, en la primavera de 1959, tres meses después de ser elegido presidente de los Mystery Writers of America. Los siete Philip Marlowe ya habían sobrevivido a todos los debates sobre dónde pertenecían. Cinco de ellos fueron llevados al cine al menos en una ocasión. Robert Altman adaptó El largo adiós en 1973 con Elliot Gould en el papel de Marlowe, en uno de los ejercicios más extraños e interesantes de traducción cinematográfica de la literatura americana. Humphrey Bogart, Robert Mitchum, James Garner y otros encarnaron al detective, y ninguno de ellos terminó de coincidir exactamente con el del libro: el hombre demasiado honesto para prosperar, que camina por una ciudad que confunde su integridad con ingenuidad.

El Los Ángeles de Chandler ya no existe. La ciudad ha sido demolida y reconstruida varias veces desde entonces. Pero la lógica moral que le dio a Marlowe —la insistencia en que existe una diferencia entre la corrupción y la honestidad incluso en una ciudad diseñada para borrar esa distinción— sigue siendo el modelo contra el que se mide toda novela policiaca escrita después.

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