Actores

Bill Murray, el cómico que construyó una carrera entera a base de no atender el teléfono

Penelope H. Fritz

La historia que todo el mundo cuenta sobre Bill Murray es la de lo imposible que resulta meterle en una película. No tiene agente. Hay un número, llamas a ese número, dejas una descripción del proyecto y esperas. A veces durante años. A veces para que un rechazo educado llegue por una vía completamente distinta. A veces, contra toda previsión, simplemente aparece en el rodaje sin un papel firmado y se pone a trabajar. El mito ha crecido tanto que amenaza con tapar la obra, salvo por un detalle incómodo: la obra sigue ocurriendo, casi siempre está bien, y casi toda ella sostiene una idea sobre la comedia estadounidense que solo él, en el mundo, puede sostener.

Quinto de nueve hermanos de una familia católica irlandesa-americana —el padre vendía madera, la madre trabajaba en una sala de correo—, William James Murray nació una tarde de septiembre en Evanston, Illinois, y se crió unos kilómetros más al norte, junto al lago, en Wilmette. La Loyola Academy y un curso breve de premédica en la Regis University de Denver le dieron esa gravedad jesuita que más tarde haría más divertido el rostro impertérrito. Second City, en Chicago, y las clases de improvisación de Del Close, le dieron la técnica. A mediados de los setenta estaba en Nueva York haciendo el National Lampoon Radio Hour, sustituyendo a John Belushi en escena cuando Belushi se fugó a Saturday Night Live. El patrón de entrar por la puerta lateral, de llegar cuando la puerta principal ya se había cerrado, empezó pronto.

Aterrizó en Saturday Night Live en su segunda temporada —la era posterior a los Not Ready for Prime Time Players, la era que casi todo el mundo daba por liquidada hasta que él y los suyos la reactivaron—. Cuando se marchó, en 1980, ya era estrella de cine. El club de los chalados, Stripes, Los cazafantasmas: la década de los ochenta funcionó con su cara, con una ceja haciendo más trabajo que el cuerpo entero de la mayoría de actores. Después la comedia siguió escalando hacia algo más raro. Scrooged, los fantasmas atacan al jefe. ¿Qué tal, Bob? Y Atrapado en el tiempo, el bucle de Harold Ramis que demostró que la impasibilidad era un instrumento moral y no un encogimiento de hombros.

Por algún sitio cerca de Atrapado en el tiempo empezó a parpadear, detrás de las comedias, otra carrera distinta. Wes Anderson fue el primero en verla. Academia Rushmore, en 1998, recompuso al personaje. Los planos a tiralíneas de Anderson y su interés por los adultos melancólicos le dieron a Murray un registro que llevaba años esperando a usar. Cinco años más tarde Sofia Coppola escribió Lost in Translation para él —tres noches de Tokio de un hombre que sabe con exactitud lo solo que está— y la Academia le nominó al Oscar al mejor actor, los Globos de Oro se lo dieron, los BAFTA también, y el cómico se convirtió, sin discusión posible, en un actor cinematográfico de primer rango.

La colaboración con Anderson siguió alargándose: Life Aquatic, Moonrise Kingdom, El Gran Hotel Budapest, Isle of Dogs, The French Dispatch, El esquema fenicio el año pasado —diez películas en veinticinco años—. Jim Jarmusch construyó dos largometrajes a su alrededor. Sofia Coppola hizo A Very Murray Christmas y luego On the Rocks, donde su padre vividor y cantante de hotel transformaba una premisa de enredo en un ensayo sobre el encanto como forma de daño.

El personaje que funciona delante de una cámara no siempre funciona detrás. En abril de 2022 se interrumpió el rodaje de Being Mortal, el debut como director de Aziz Ansari, después de que Murray fuera acusado de comportamiento inapropiado en el set. Se pagó un acuerdo privado de seis cifras; el rodaje no se ha retomado. Murray ha hablado en público de lo que describió como un beso por encima de las mascarillas, planteado al principio como una broma desafortunada y reconocido más tarde como algo en lo que tenía que seguir pensando. Scarlett Johansson ha hablado de la tensión que ya hubo en Lost in Translation y de la reconciliación posterior. La impasibilidad que volvía punzante cada habitación incómoda fue, durante un rato, el personaje sometido a interrogatorio, y el trabajo ha tenido que hacerle sitio a esa interrogación.

La obra ha seguido moviéndose pese a todo. El amigo, junto a Naomi Watts y un gran danés, llegó en 2025 con una recepción tierna que sugería que el Murray tardío —callado, atento, dispuesto a desaparecer dentro de un plano— estaba encontrando su luz adecuada. El esquema fenicio le reunió con Anderson ese mismo año. Diamond, el thriller noir que Andy García lleva quince años escribiendo, se estrena fuera de concurso en Cannes el 19 de mayo de 2026 con un reparto que incluye a Brendan Fraser y a Dustin Hoffman. Epiphany, de Max Barbakow, le pone frente a Kristen Wiig como un excéntrico matemático y multimillonario llamado Oz Bell. The Springs, escrita por Howard Franklin y dirigida por Theodore Melfi, le tendrá como un detective retirado al que la muerte de su hermano en una residencia obliga a volver al oficio. Tres papeles, tres gravitaciones distintas, todos escritos para un hombre que podía haberlos rechazado y al que aun así le mandaron el guion.

Ha estado casado dos veces —con Margaret Kelly entre 1981 y 1996, con Jennifer Butler entre 1997 y el divorcio de 2008—, tiene seis hijos varones repartidos entre los dos matrimonios y es el padrino de la hija de Wes Anderson. Butler murió en 2021. Del resto del perímetro habla poco, y el número 1-800 sigue funcionando. A veces devuelve la llamada, a veces no, y de cualquier manera la próxima película ya se está rodando en algún sitio sin explicación previa. Diamond se estrena en Cannes la semana que viene. Epiphany viene después. La carrera que vivió de desaparecer no para de volver a aparecer.

Etiquetas: , , , , , , ,

Debate

Hay 0 comentarios.